¡A la mierda!

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“Como corolario de un congreso, pospuesto cientos de años gracias a que la humanidad desarrolló la insípida tendencia a creer más en la ciencia y mucho menos en la magia, la Confederación Internacional de Genios de Lámparas y de Deseos Cumplidos por Fúrculas de Pollo (CIGELADECUFUPO) acordó lo siguiente:

Que cada año, en algún lugar del mundo escogido aleatoriamente, un genio tripulando una Lámpara Maravillosa y con la finalidad de mantener el estatus del gremio, le concedería a un mortal un deseo. Uno solo porque así —por experiencias pasadas con humanos poco escrupulosos— se evitarían conductas tiránicas por  parte del peticionario.

Que el deseo tendría que salir de lo más profundo del corazón del mortal que lo pidiera. Que no mediaría relación alguna entre el genio y el humano solicitante (por aquello de la incredulidad imperante, para evitar ser confundido con algún ser extraterrestre cósmico, para evadir la subsecuente esclavitud del genio que estuviese cumpliendo su misión y para no entrar en discusiones morales acerca de lo deseado).

Que una vez concedido el deseo, el genio transitaría, sin averiguar las consecuencias de lo concedido, al universo paralelo de los genios. (Ubicado, a saber, en la cuarta capa rocosa de la corteza terrestre llamada: Horizonte D.)

Este acuerdo entró en vigor un día luminoso de abril del año 2000 de la era cristiana y ha servido para hacer realidad diversos anhelos humanos: la conjuración del Y2K, pedido por un tal Bill Gates; la caída de las Torres Gemelas, deseo expreso de un terrorista —de New Jersey—; siete campeonatos de motociclismo GP para un jovencillo llamado Valentino Rossi; la presidencia de los EE. UU., pedida fervientemente por un afroamericano de segunda generación; y algunos, menos trascendentes pero bastante extraños: un helado de fresa tibio, un pene monumental —que los colegios de médicos incluyeron en el catalogo de enfermedades inexplicables—; u otros, inocentísimos, como un arcoíris de caramelo y una tarde de lluvia que acabó inundando Londres.”

— ¿Qué te pareció papá? —Dijo el niño a su padre, cerrando el libro que acaba de leer y fijando sus ojos, como platos, en su cara.

El hombre se acomodó molesto en la banca del parque —al que llevaba al chico cada sábado, como salida fácil y barata para cumplir con “su deber de padre”, después del divorcio con la madre del pequeño— y suspiró como suspiraba cuando ella, proclive a los pensamientos fantásticos —que el niño debía haber heredado— le contaba de unas hadas que habitaban los campos de su tierra natal.

— Patrañas para vender mamotretos como ése; los genios no existen. Eres como tu madre, siempre fantaseando y pensando tonterías… ¿Cómo te fue en los exámenes?

— Más o menos papá… pero, no me cambies el tema, ¿qué tú no crees en esas cosas?

— ¡Maldita sea Carlos! Ya tienes casi once años, deja de pensar en fantasías estúpidas…

El niño guardó el libro en su mochila conteniendo las lágrimas y volteó a otro lado para que su padre no se diera cuenta. No funcionó.

— ¡Ah, y ahora te vas a poner a llorar… mariquita!

— ¡No soy ningún mariquita papá… no me digas así!

El hombre —ignorando a la gente que ya se daba cuenta de la discusión— lo miró casi con desprecio —con un casi odio inconsciente que había ido acumulando en los doce años que vivió con la madre del niño, que germinó el mismo día que él nació mirando al mundo con unos ojos verdes que nunca, nadie en su familia ni en la de ella, según lo que sabía, había poseído, y que se acrecentó cuando fue demandado por negarse a mantenerlo— y le dijo en un susurro de silbido de serpiente —Claro que sí eres un mariquita… ¡Maricón!… ¡Maricón y estúpido!

El chico se levantó decidido a correr de regreso a su casa, pero no lo pudo hacer porque las lágrimas le impidieron ver la salida del parque, y una esfera de luz que descendía, en ese momento, detrás de él. —El padre sí la vio pero, sorprendido, no atinó a decir nada—. El niño se dio la vuelta y atravesó una figura impalpable que salió de la esfera que, ya posada en tierra, tomó forma de lámpara antigua.

— ¡A la mierda papá, quiero que te vayas a la mierda! —Gritó el niño y luego, al fin, se fue corriendo.

Al otro día la Comisión de Saneamiento reportó, a la policía local, el hallazgo del cadáver de un hombre en la red de drenaje de la ciudad.

 

Hernán Dumás

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