El aburrimiento me aburre

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El aburrimiento me aburre

Aburrirse en el momento

adecuado es signo de inteligencia.

Clifton Fadiman


La palabra aburrido no aparece en la Biblia ni en el Quijote —casi estoy seguro, pero si alguien la encuentra en alguna de los dos me avisa—, por lo cual deduzco que una de dos, el aburrimiento antes se llamaba meditación, o, es una cosa relativamente moderna.

Pero, ¿qué es el aburrimiento?, ¿un sentimiento? Quizá sí pero puede que no; uno puede estar triste o contento y estar, de todos modos, aburrido. ¿Una sensación? Tal vez sí, pero puede que no, pues el frío o el calor son sensaciones que tapándose o destapándose se quitan, no así el aburrimiento porque sea que uno esté frio o caliente una vez que lo siente no es fácil desaburrirse.aburrimiento - xalapo.com

Mi más lejano recuerdo del aburrimiento es una tarde de verano con un sopor soso e interminable en la que, en una televisión pequeña, en blanco y negro aún, Raúl Velasco conducía un programa llamado “México, Magia y Encuentro”; el más cercano: una ponencia de un intelectual local que presume, sin fundamento, de erudito. En ambos casos, por aburrimiento, pensé en la muerte —en la de Raúl Velasco, en la del ponente, o en la mía si las dos primeras no ocurrían antes—.

¿Es, entonces, el aburrimiento una sensación fatalista? Observado desde el punto de vista de los existencialistas quizá sí. Dice Andrew Anthony: “el primo intelectual más reciente del aburrimiento situacional, el ‘aburrimiento existencial’, llega al mismísimo centro de la modernidad posterior a la Ilustración (el verbo ‘aburrir’ no llegó a algunas lenguas hasta la segunda mitad del siglo XVIII). Este aburrimiento se refiere al desaliento indolente que resulta de la muerte de Dios, la búsqueda romántica de significados personales y el encuentro metafísico con la nada, sobre el cual legiones de escritores de Flaubert a Ballard han vertido baldados de tinta.” Esto no deja de tener un cierto grado de verdad, sin embargo, también un mucho de aburrido, por lo cual mejor lo dejaremos como una simple nota al calce acerca del tema.

El aburrimiento es una plaga que lo invade todo cuando menos lo espera uno, ni siquiera es verdad eso de que una terapia ocupacional es lo mejor para acabar con él. Esperar que la primera mano de pintura se seque es lo más aburrido del bricolaje —casi tanto como lijar antes de aplicarla—; esperar que llegue alguien con quien nos hemos citado lo es en una actividad social —algo que uno hace para no estar aburrido, por cierto—; barajar las cartas en una partida de póquer, hacer la “sopa” en una de domino, o acomodar las bolas de billar en la mesa, son cosas aburridas como las que más y, sin embargo, son intrínsecas a actividades recreativas, lo cual resulta una verdadera contradicción.

El aburrimiento parece ser un mal de nuestro tiempo, una circunstancia, dicen algunos, de la clase pudiente y ociosa; aunque la verdad no coincido con ellos, pues he conocido gente pobre —y noble y respetable, para que no me tilden de clasista— aburridísima y aburridora como una tapia.

Las encuestas que se han hecho al respecto, aburridas como todas las encuestas, dicen que la gente de nuestros días se aburre un promedio de seis horas por semana. No me extrañaría que fueran más; la vida moderna está llena de situaciones predisponentes al aburrimiento: esperar en los aeropuertos, hacer trámites burocráticos —el epítome de todo los aburrimientos del mundo—, trotar para estar en forma, manejar en las calles de Xalapa, el noticiero de Ramses Yunes, los teóricos de la conspiración, los apocalípticos mayas, los payasitos de los camiones —es más entretenida una sentencia judicial que ellos—, el “Hoy no Circula” de los taxis, las cinco manifestaciones diarias en la Plaza Lerdo, el programa de los niños chefs, las canciones de Arjona, los pleitos de mi vecina y su concubino alcohólico, etcétera.

Según una definición, no me acuerdo de quién, el aburrimiento es un tipo de reclusión. En su delgado pero esencial volumen Filosofía del tedio, Lars Svendsen escribe: “El aburrimiento siempre incluye la conciencia de estar atrapado, en una situación en particular o en el mundo como totalidad”. Entender esta frase inmediatamente me remitió a la final del futbol mexicano —que veo cada seis meses por compromiso con mis amigos—, en donde todos gritan, sufren y festejan mientras yo, terrible anarquista —y aburrido antisocial—, no le puedo encontrar el chiste a andar corriendo en pantalones cortos detrás de una pelotita.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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