El arte de salirse por la tangente

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Salirse por la tangente - xalapo.com

Cómo vivir en Xalapa


Un compañerito se burla de Pepito Coca y le dice:

—Con cambiar una letra tu nombre sería Pepito Caca.

Éste, queriendo desquitarse, le pregunta cómo se llama.

—José Julián Barrenechea López.

Pepito Coca piensa un poco, luego se ríe al grado de la micción.

—De qué te ríes —pregunta desconcertado el otro—.

—Es que —le responde Pepito—, si cambias todas las letras

tu nombre sería Pendejo Hijo de la Chingada.


Mi ciudad acaba de pasar por un encarnizado proceso electoral, en el cual se oyeron todo tipo de discursos, desde los muy entendibles, como aquel que rezaba: Te voy a meter a la cárcel, pinche gordo, (o algo así); hasta aquellos que no decían nada, aunque los que los pronunciaban tardaran horas y horas hablando.

En la vida hay tres maneras de decir las cosas: decentemente, peladamente —como quien dice: al pito, pito, y al coño, coño—, y como lo hacen los políticos, es decir: saliéndose por la tangente. Con las dos primeras uno ya sabe a qué atenerse, no tienen ningún engaño oculto, y aunque la segunda puede ofender castos oídos siempre se agradecerá la forma por sobre los modos. En cambio con el discurso de los políticos a uno siempre le quedará la duda si lo que le están diciendo es bueno o malo, sobre todo si cuando se lo dicen a uno están sonriendo. Pongamos por caso el de un padre que, con la familia reunida en la sala de la casa, tiene que comunicarles que lo acaban de correr del trabajo y que no podrán salir de vacaciones como él lo había prometido. Un hombre decente dirá: “Familia, me han despedido y tendremos que ahorrar en algunas cosas, las vacaciones las dejaremos para un mejor momento”; un peladazo quizá dirá: “Mi #$%&/”# jefe me acaba de correr, así que olvídense de las %&$/#&% vacaciones.” Concisas, ambas declaraciones no revisten mensajes velados, son lo que son y nada más. En cambio un político, en una situación semejante, diría algo así: “Las difíciles circunstancias económicas por las que estamos atravesando, que no son culpa mía sino de las comprometidas relaciones obrero patronales, que, sin embargo, nos conducirán a un futuro lleno de expectativas —ver si va a haber pa´ tragar mañana, por ejemplo—, me obligan a implementar medidas de austeridad inéditas y a recortar los gastos superfluos; pero no se alarmen, esta crisis ni nos beneficia ni nos perjudica sino todo lo contrario.” ¡Qué demonios! No dijo nada y dijo mucho, no reconoció responsabilidad alguna y dejó a la audiencia con un sentimiento de culpa y con cara de “¿what?” por no haberle entendido nada —iba a poner ni madres pero me arrepentí—.

Cuando un político quiere decir alguna cosa lo primero que hace es pedirle a sus escribientes de discursos que, diga lo que diga lo que le vayan a escribir, que no se le entienda nada —no, al menos, lo que se supone debería entendérsele desde la primera línea—. Cuando Felipe Calderón Hinojosa —que “haiga sido como haiga sido” ganó las elecciones del 2006— dio sus primeros discursos, dijo lo siguiente: “No ignoro la complejidad del momento político que vivimos ni nuestras diferencias, pero estoy convencido de que hoy debemos poner punto final a nuestros desencuentros y a partir de ahí, iniciar una nueva etapa que tenga como único objetivo anteponer el interés nacional por encima de nuestras diferencias.” Traducido, al cristiano mexicano tardío, con que hubiera dicho: “Ya mejor lávense y a lo que sigue”, todo mundo le hubiera entendido. Nos hubiéramos ahorrado la tinta con la que se escribió y el papel en que se hizo su retórico panegírico —el pinche alegato que leyó, pues—.

Así, entonces, puedo concluir que los políticos nomás emplean la retórica para engañar a los ciudadanos. Manosean la teoría política y la historia, abusan de la falta de memoria del electorado y a final de cuentas nos dicen, en abigarrados discursos ininteligibles, sólo lo que a ellos se les antoja o les conviene. Sin embargo, cuando se ponen sinceros y espontáneos uno quisiera que mejor regresaran a su deslucida fatuidad. Yo en lo personal preferiría que no dijeran babosadas tan directas, como estas que leerán a continuación. Mil veces aguantaría una soporífera y demagógica oratoria de cuatro horas y no estas joyas invaluables de la elocuencia política mexicana.

“Antes de dormir… habemos otros que hacemos el amor al levantarnos, lo que se acostumbra llamar ‘el mañanero’, pero cuando te levantas ya no está la pareja porque se fue a llevar a los niños a la escuela.” Félix Salgado Macedonio, hablando del horario de verano. “Yo cojo diario… y veme.” Xóchitl Gálvez Ruíz, comisionada para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. “El chiste no es orinar sino hacer espuma.” Leonardo Rodríguez Alcaine. “Ya nos saquearon no nos volverán a saquear.” José López Portillo. “Honestidad: trabajar un chingo y ser poco pendejo.” Vicente Fox. “No hablo inglés, además para eso va a haber traductores, además me da tiempo pa’ pensar.” Andrés Manuel López Obrador.

¿Cuándo será que dejaremos de oír esta clase de cosas? Cuando, asumiendo nuestro papel en la democracia del país, entendamos lo que dijo Voltaire, refiriéndose a los políticos: “A vos os corresponde destruir al infame político que convierte al crimen en virtud. La palabra político significaba, en su origen primitivo, ciudadano; y hoy, gracias a nuestra perversidad, ha llegado a significar el que engaña a los ciudadanos. Devolvedle, Señores, su antiguo significado.”

 Alejandro Hernández y Hernández

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