Lo innecesariamente necesario

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Lo innecesariamente necesario

Por Alejandro Hernández


Alguna vez a una mujer, inconscientemente joven, le oí decir: “es que yo no soy nada sin mi teléfono celular”. Eso me llevó a hacer dos reflexiones; la primera sólo me sirvió para reafirmar algo que ya sabía: la susodicha tenía una autoestima miserable. La segunda, sin embargo, me llevó a pensar en muchas cosas más, de las cuales se derivó la columna de hoy.

Partiendo del sentimiento que hizo exclamar a mi conocida “es que yo no soy nada sin mi teléfono celular” —frase que muchos, con tres celulares en la cintura, han dicho alguna vez—, podemos concluir que en este mundo del consumismo galopante las necesidades creadas han pasado a tener categoría de imprescindibles. Hace apenas veinte años teníamos la vida resuelta con un teléfono de disco en casa y uno de “veintes” en la esquina de nuestra calle, hoy, cuando nuestro celular no tiene señal —o saldo, que es lo más habitual—, nos sentimos desprotegidos y casi desnudos.

Olivetti Lettera - xalapo.comEs muy cierto que algunos recursos a los que hoy podemos acceder son de gran ayuda para realizar mejor nuestro trabajo o para entretenernos; el Internet, la telefonía celular misma, la televisión por cable o satélite —con más y mejores opciones que la enajenante oferta de la televisión gratuita—, las comunicaciones vía satélite, etcétera; son herramientas valiosísimas que nos ayudan a vivir mejor y a ser más productivos, sin embargo, contrario a lo que muchos piensan, incluyendo a la que inspiró esta reflexión, bien podríamos prescindir de ellas y nadie se moriría —está bien, ok, no incluyamos aquí las llamadas por urgencias médicas—.

Hace veinte años si uno quería comunicarse con alguien agarraba uno sus dos patotas —así me decía mi madre cuando me mandaba a alguna parte a la que yo no quería ir: “agarras tus dos patotas y me vas a traer esto o aquello”—, las ponía en movimiento e iba a buscarlo; hoy, en cambio, si uno le llama a su celular y éste lo tiene apagado, o no nos contesta, damos por hecho que, una de dos, ya se murió o se fue del país. Los estudiantes de hoy ya no conciben el sistema pedagógico sin el Internet; si el profe de biología les encarga una investigación acerca de los hongos, por ejemplo, nomás le dan al buscador “hongos”, y “bajan” archivos interminables los cuales, con el socorrido y alcahuete “copiar y pegar”, entregan, en horas, trabajos que yo en mis tiempos hubiera tardado semanas en completar; la diferencia aquí es que lo que ellos imprimen con tanta facilidad ni siquiera lo leen y yo me lo tenía que aprender de a blanquillito —de a huevito, pues— porque todo trabajo escolar, hasta antes de 1985, sólo podía transcribirse en una máquina de escribir Olivetti Letera 32. La gente ya no camina porque tiene auto, ya no lee porque tiene televisión, ya no guisa —no con esa dedicación que aporta, además de calorías, un poco de amor— porque hay alimentos precongelados, precocidos, prehorneados y, quizá existan ya, premasticados, que nomás se meten al horno de microondas y se sirven.

Fonógrafo portatil 1950 - xalapo.comEstamos rodeados de publicidad que impele a comprar por comprar, que estigmatiza a quien no trae el producto de moda, la camisa del momento o el aparatejo —gadgets les dicen ahora— más moderno, como un ser execrable y retrogrado. No tener lo innecesario no es cool, no vestir pantalones de marca es parecer pordiosero —aun y cuando el pantalón de marca parezca, por tantos agujeros y desgarraduras, sacado de la basura—; no calzar tenis “padrísimos” con logotipos famosos es impensable en estos tiempos en que, muchos, gritan voz en cuello cosas tan tontas como la que dijo aquella que exclamó “es que yo no soy nada si no tengo…” etcétera.

Un poco de mesura nos vendría bien a todos y le vendría bien a la naturaleza —en su triste afán de tener por tener un porcentaje mínimo de la población mundial consume la mayoría de los recursos naturales del planeta—. Y un poco de reflexión nos haría parecer menos tontos.

Un teléfono celular que reciba mensajes, transmita y reciba voz, sin MP3, MP4, MP federal y todas esas mugres que ni se ocupan; una computadora que procese textos e imágenes —sin los 12 megas en RAM que todos anhelan, que no vamos a calcular el tamaño del acelerador de partículas—; un auto pequeño que no consuma mucha gasolina, ropa de algodón que huela a limpio, una casa acogedora por la que no tengamos que vendernos con un banco por treinta años, una despensa con cosas nutritivas y sin conservadores; una planta natural a la cual regar todos los días, y una vida tranquila en la que no tengamos deudas impagables por comprar cosas innecesariamente necesarias, es todo lo que nos hace falta. Un hombre feliz, ya lo dijo alguien alguna vez, es aquel que necesita menos cosas para vivir.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com


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