Concebido

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Concebido

Por: Monserrat Torres


Una noche llegó el miedo a acurrucarse en mi vientre y lo abracé. Era una certeza que abarcaba apenas una diminuta parte de mí. Aquella madrugada no dormí ni las siguientes. Era julio y el sol lo incendiaba todo aun en penumbra.

Al amanecer, el viento soplaba cálido como el aliento de quien tiene fiebre, la arena que lo cubría todo no dejaba avanzar las primeras horas del día. Salí a caminar, a lo lejos las nubes se bordaban de finos hilos dorados, y a cada paso yo continuaba con mayor rapidez que terminé por echarme a correr, como si en cada zancada me desgajase de mi cuerpo. Al cabo de un rato y agotada de lo que habría parecido una persecución, me senté sobre las rocas. Una ola que rompía alcanzó a mojar mis pies, mis rodillas y mi vientre, sentí de pronto cómo el mar se lo llevaba todo. Se lo llevó todo, menos a ti. Tu compañía nunca me hizo sentir tan sola como en aquel verano.

Sobre carretera el sopor era insoportable, esta vez no eran las ondas calurosas ni siquiera el tráfago de la semana, sino el hastío de una vida. De regreso a casa la sensación de lejanía iba en aumento, cuando al fin llegué me sentí extraña, ajena, intrusa en mi propio cuerpo. El miedo había echado raíz y comenzaba a invadirlo todo. La noche cayó encima como la tierra a los muertos y en la habitación vacía se escuchaba el reloj marcando cualquier hora. Me eché a dormir, pero sabía que al abrir los ojos el vértigo no se habría ido; habría hecho su morada sobre mí.

Cada mañana vomitaba la incertidumbre y el coraje que se habían acumulado el día anterior, pero la angustia volvía a abultarse y cada vez era más evidente también para los demás. Aprendí entonces a reconocer el asco y la lástima, la gente te mira según la repulsión o compasión que le provoques. Aún recuerdo su rostro y sus ojos todavía me miran tristes, se cierran, lloran, se abren y nunca vuelve a mirarme igual.

Pasaron semanas y en mi cuerpo cenutrio ya no había espacio, el fruto se había arrellanado en mis entrañas, bajo mi piel podía verlo devorándome. Detrás de la puerta cerrada y entre las sábanas ya no había refugio, a veces podía librar el ruido de la multitud de allá afuera, pero la de aquí adentro también tenía voz y en mis oídos cualquier sonido era insoportable. Estaba cansada y necesitaba arrancarlo. El segundero clavado en la pared no marcó la hora.

Salí a caminar, esta vez la resignación me había alcanzado, no había motivos para correr. Estaba muy oscuro ―como casi siempre―, algunas lámparas apenas alcanzaban a iluminar el camino, el pavimento seco se humedecía del rocío de las hojas y flores recién caídas, pero los transeúntes no habrían dejado ni sus huellas. Todos se habían ido, la noche era fría y el viento entumecía mis mejillas, el vaivén de las ramas inundaba de aromas la avenida y los árboles llenaban y adornaban cualquier vacío del lúgubre lugar. Detuve el paso y me eché a llorar.

Regresé tarde a casa, me arrastré hasta la cama, con las rodillas casi en la barbilla recordé que un día fui consciente de mi existencia y me enfrenté por primera vez al miedo: estaba yo y lo demás, sola en una realidad bosquejada apenas por unas cuantas palabras, a la intemperie de este mundo que se me impuso al nacer. Escuché las manecillas del reloj dar muchas vueltas y me quedé dormida.

Todas mis decisiones me habrían conducido hasta aquí, había tomado la más importante: no opuso resistencia, ya no estaba más en mí. Me recuerdo a solas y rodeada de paredes blancas, las manos y las sienes empapadas de sudor frío, la respiración agitada aun con el oxígeno que cubría mi nariz y boca, el cuerpo inmóvil por el dolor, los brazos y pies apoyados en una superficie fría. Llegó alguien, cerré los ojos, rechiné los dientes, apreté los puños, sentí la herida entre las piernas: un par de manos lo arrancaron de raíz. Eran las cinco de la mañana y ni aun a la luz del alba el tiempo se detuvo.

A paso pausado y con el cuerpo hinchado volví a mi hogar. El hueco que quedó en mi vientre no era más grande que el vacío que dejó la soledad, pero la soledad que sentía no era culpa de quien ya no estaba ni responsabilidad de quien me hacía compañía. Me recosté sobre la cama, en el jardín los botones del rosal se abrieron con las primeras gotas de lluvia que comenzaron a caer, era marzo, olí el perfume dulce que pronto se impregnó en la casa. Erguí el cuerpo, observé la hora, me levanté liviana y repetí en mi mente: <<El momento preciso en que sucede la concepción, la hora exacta en la que desde entonces “eres”>>.

La noche había caído encima como cobijo y, en medio del silencio abismal, tu respiración pausada era arrullo. Asome la cara por la ventana, la calle brillaba con una luminosidad plateada, había dejado de llover. Levanté la mirada, la luz de la luna llena resplandeció en mi rostro; cuando lo noté, el miedo se había desvanecido.

Te contemplé con el amor que solía mirarme mi madre antes de ti, susurré a tu oído: <<Ser es ser concebido y nacer es ser amado >>.

Monserrat Torres

Comentarios: moonlipan@gmail.com / @TorresMoon


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