Conversaciones planas

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Conversaciones planas


En Xalapa, se dice, habita gente culta que se desayuna oyendo música de Mahler; que lee cuatro libros anuales por encima de la media nacional, que debate en los cafés temas densos que resolverían, si se llevaran a la vía de la práctica, los grandes problemas del país. Esto, desde luego, es nomás pura demagogia porque la realidad es muy diferente. Lo anterior se puede demostrar por la clase de diálogos que se escuchan en todos lados y que, por mucha retórica con que se les aderece, no pasan de ser tan inanes y soporíferos como informes de gobierno. Estas charlas, citando al gran maestro Ibargüengoitia, se denominan conversaciones planas. Es decir, son aburridas, nomás las entienden los que las llevan a cabo y sólo sirven para gastar saliva, o para salir del paso socialmente en una reunión en dónde uno no conoce a nadie. He aquí algunos ejemplos:

— Qué calorcito, ¿verdad?…

— Si, y ni parecía…

— No, hombre, si aquí en Xalapa tenemos las cuatro estaciones en un día…

— Eso es lo malo, uno nunca sabe si salir con chamarra o con bermudas…

— Qué fastidio ¿No cree?…

— Y parece que va a llover, ¿verdad?…

— Si, y ni parecía…

Esta plática se repite “N” número de veces y se da, sin cambios importantes, entre deportistas, estudiantes, amas de casa o ejecutantes de la orquesta sinfónica. Veamos otra; ésta sí, sólo usada entre políticos u oficinistas “grillos”:

— Qué, ¿ya viste a “aquél”?…

— Sí, pero estaba con “ya sabes quién” y nomás me dijo que te buscara a ti, que tú ya sabías…

— Sale, pero que no vea “aquél otro” que estás hablando conmigo, porque sino “quien tú sabes” se va a pandear… si te pregunta le dices que te mandó el de arriba, que ya sabe…

— Cómo crees; si yo ya sé que “aquéllos” y “éste” no se tragan… si nomás están viendo a quién… ¿Qué me calculas tan maje?…

— Sale pues, así quedamos… abusadillo…

¿En qué demonios quedaron? Sólo ellos saben, pero este tipo de conversaciones han salvado a la Patria innumerables veces, ¿de qué?, pues de lo que “aquéllos” saben y ni usted ni yo podemos siquiera imaginar. Otro ejemplo, xalapeñísimo, de conversación plana es el siguiente y se desarrolla cuando se va a tocar a la casa de alguien que no se conoce:

— ¿Quién es? —Responde a los toquidos una voz chillona, entre ladridos de perro, desde adentro y sin abrir el zaguán.

— Yo, ¿Está el señor (aquí se dice el nombre) Pérez?

— ¿Quién es yo? — responde otra vez la voz chillona.

— Fulanito de Tal, ¿Está Pérez?

— ¿Para qué asunto lo necesita?

— Traigo una notificación de embargo.

— Ah… Pues fíjese que no está.

— ¿Y cuándo regresa?

— No sé, porque a ese tal Pérez aquí ni lo conocemos.

Si lo que ha llevado a alguien a esa casa hubiera sido la entrega de una tanda, seguramente Pérez sí estaría o sí viviría ahí.

Y así durante horas, o hasta que alguno de los dos se dé cuenta que esa conversación no los llevará a ninguna parte.

Están también las conversaciones de funeral, en donde las frases comunes son de sobra conocidas y casi rituales; están los clásicos: “Lo siento mucho…”, “Tan bueno que era…”, “Por fin descansó ¡Tanto que sufrió!…”, etcétera; y por supuesto, la del tarado distraído que llega y le dice a la viuda: “Felicidades, muchos días de estos…”

Y qué tal esta, entre dos hermanas que no se habían visto en días y que hablaban del padre difunto:

— ¡Ay mi papá, tan buena gente que era!

— ¡Tan católico y tan devoto!

— ¡Sí… y tanto que le gustaban los chiles rellenos de picadillo!

¿Para qué mencionar los chiles rellenos? Pues nomás para hacer plática, creo yo.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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