Cuando hay que poner límites.

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El gobierno es especialista en eso, llevan siglos diciéndonos qué, cuándo, dónde no ser. Nuestros padres parece que viven para ello. Cuántas veces durante nuestra infancia nos limitaron. Existe una buena razón, solían decir, así como papá gobierno. Es para nuestro bien, decían. No queremos que te lastimes, que te pongas en peligro, decían.

Este espíritu paternal es innato en algunas personas, a veces no se manifiesta sino hasta cuando nos encontramos con responsabilidades, es decir, cuando el deber llama. Pero así como el deber llama a algunos, la libertad, el rechazo a la responsabilidad, la aventura, el camino, lo que sea para evadir una “vida adulta” llama a otros. Este caso lo veo cada vez más a mi alrededor. Jóvenes adultos que al llegar a la “la edad de las responsabilidades”, se brincan el camino, se libreran de las ataduras y deciden, de una u otra forma, dejarlo todo. Mandar al mundo a la mierda y ser ellos mismos, sin responderle a nadie más que a ellos mismos.

Desde aquellos hermosos años 60’s (o 70’s en México) en que la sociedad occidental tuvo un hipo que le costó una generación de hippies (o buscadores de la libertad, la paz y el amor universal), ha ido creciendo esa rama alternativa de vida. A pesar de las represiones ocasionales, los intentos de suprimir el supuesto caos, pues, mala hierba nunca muere. Y para ser sincero no estoy seguro cuál es la mala hierba en este escenario, por un lado tenemos un sistema represor que quiere moldearnos a lo que se supone debemos ser, por otro lado tenemos un contra sistema sin márgenes ni rechazos ante la individualidad, la expresión de uno mismo. Pero que a su vez propone de manera muy sutil algunas pautas que se ha de seguir si se quiere formar parte de ellos. Entonces, ¿dónde queda esa ausencia de juicio? ¿esa tolerancia universal?

Dice el proverbio que somos los arquitectos de nuestra propia desgracia, sin embargo, quienes nos han educado seguramente influyen un poco. Otro poco influye la santísima televisón, que en pequeñas dosis y sin darnos cuenta nos va llenando de basura la sesera. Nos dice cómo vivir y a quiénes condenar. Nos va dando de manera amigable (como quien da una papilla a un infante) la guía diaria para comportarnos, vestir, hablar… ¡Vaya! hasta nos va diciendo en qué pensar y con horario; porque no vaya a ser que se nos pase el último episiodo de Breaking Bad, Walking dead, Game of Thrones, o la Rosa de Guadalupe. Que a final de cuentas vienen a ser lo mismo (con el respeto que se merecen algunas de las brillantes mentes involucradas en éstas producciones).

Los libros son la clave, reza últimamente la secretaría de educación, claro que hay de libros a libros. No es lo mismo el libro vaquero que las memorias de don Porfirio o el buen libro. Irónicamente hoy se pueden observar anuncios con estrellas de tv promoviendo la lectura, ¡vaya pedazo de cinismo que se tragan! Aunque debemos admitir que vivimos en un país donde el promedio de lectura está por los suelos (en el mejor de los casos), yo dudo mucho que la respuesta al gran problema de ser humano se encuentre en algunos trozos de papel. Tal vez a otros menores como aprender a redactar (cosa que le hace buena falta a su servidor) sí se logren resolver.

Casi siempre menos es más. Acuérdense que: menos burros… Más olotes.

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