Día de Muertos

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Día de Muertos; Como vivir en Xalapa

Mi ciudad, tradicional como es, se apresta ya a celebrar la temporada de Todos Santos.

El Día de Muertos era una celebración mexicana de origen prehispánico, que servía para honrar a los ya fallecidos los primeros dos días de noviembre y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos.

Aunque ciertamente ya no se festeja con la parafernalia de otros tiempos, pues la modernidad y las circunstancias cambian cualquier tradición, como parte de un proceso natural en la evolución de cualquier cultura, todavía es posible ver en comercios y mercados los elementos típicos que se requieren para llevar a cabo tan singular festividad.

Uno encuentra los ramos de cempasúchil —de aroma no muy agradable pero que tienen, dicen las consejas antiguas, la virtud de traspasar los planos metafísicos entre los mundos de vivos y muertos— llenando, de ese amarillo naranja tan particular, las florerías.

Las hojas para tamales, de muchas formas, colores y fines, se ven en los mercados, dispuestas para ser llenadas de masas de maíz, diversas y especializadas, pues sólo quien sepa de tamales — ¿“tamalólogo” se le dirá? — sabrá que un tamal ranchero —de masa pre-cocida— nunca podrá tener un envoltorio de hoja seca de maíz, y uno de elote nunca sabrá rico si para comerlo hay que despojarlo de hojas de plátano; y así, con todas las otras variedades, pues un humilde “xoco”, que no sabe de rellenos pretenciosos —pero que es el único de su especie que puede acompañar, con dignidad, a un mole linajudo e insigne— sólo admitirá ser contenido por hojas de patla.

El pan para esos días se cuece aparte —literalmente—, pues las conchas, las chilindrinas, los cocoles y los bolillos, ceden cordiales sus estantes a los “muertos” bañados de ajonjolí, que los panaderos de antes llamaban “pan enchilado”, a las tortas de huevo —un pan redondo con figuras de huesitos encima—, amarillas por dentro, manifestando el color de la yema, según, y de tamaños que van desde los que servirían para una merienda ligera hasta los que, evidentemente, necesitarán de dos tazas o más de chocolate; y también, para el pan de granillo o de manteca, que en su consistencia lleva el pecado y la penitencia, pues siempre precisará de algún líquido para acompañarlo, lo que invariablemente lo convertirá en el pan de “para después, nomás que me coma otro tamalito”.

En las cocinas —en las que todavía se puedan encontrar cazuelas de barro— los preparativos empiezan días antes, pues “los muertos chicos” tienen que encontrar sus dulces preferidos ya preparados.

Y se apilan entonces, en los altares, los platos de “manjar” —que es una especie de natilla de leche y harina de arroz con pasas—; los jamoncillos —de gallinita, manzana y toda figura que se pueda moldear con pasta de semilla de calabaza— salidos de manos beatíficas y monacales; los dulces de coco, de piña y de guayaba; mandarinas, calabazas en tacha y por supuesto, las infaltables calaveras de azúcar o chocolate. En estos días de ofrendas no son pocos los que, habiendo hallado la cocinera alguna golosina de éstas, pellizcada o desaparecida, juren haber visto una figura fantasmal —como de niño, declararán— probando cosas. Lo que nunca pueden explicar es cómo fue que los labios se les llenaron de “manjar” y moronitas de azúcar.

A los muertos de respeto se les ofrendan cigarros, aguardiente, pulque y, si el difunto era “de la alta”, un tequila regular; sin faltar por supuesto —sino para qué tanto aperitivo—, lo que más le gustó en vida: mole, tamales y pan.

Esos días son de ir al panteón, pues como corresponde a la gente decente, habrá que honrar la memoria de quienes nos quisieron, nos engendraron y a los que nos distinguieron con su amistad o, cuando menos, para cultivar la esperanza de que cuando nos toque ser los convidados principales en los altares —si es que alguien todavía los pone—, haya quién se acuerde de nosotros.

Alejandro Hernández y Hernández

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