Doctorado honoris cortar y pegar

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Doctorado honoris cortar y pegar

Por Alejandro Hernández y Hernández


En la actualidad hay un montón de bichos en peligro de extinción. Bichos pequeños, bichitos pues, y bichos grandes, tan grandes como un rinoceronte blanco. La modernidad —disfrazada de payaso— se los está cargando poco a poco. El mundo salvaje es más proclive a ver desaparecer especies, pues éstas lo que tienen de salvajes lo tienen de frágiles y cualquier pequeña variación en su entorno las condena a la desaparición. El mundo no tan salvaje, el de las personas, dando un giro de 180 grados en el tema, es testigo también de la desaparición de ciertos especímenes bastante familiares para todos.

Centrémonos por hoy en el ámbito estudiantil y analicemos las sub especies que hemos perdido y por las cuales ninguna asociación protectora se ha preocupado.

El ratón de biblioteca. Ese pálido estudiante al que la luz del sol no le pegaba nunca, por estar metido de cabeza en volúmenes escritos enormes, es una especie que ya sólo se puede ver en fósiles encontrados en algunas estanterías antiguas. La enciclopedia Encarta, dicen, fue el primer depredador que casi lo exterminó, le siguió la Wikipedia y el buscador de Google lo acabó de sepultar.

El matadito. Muy parecido al anterior, este ser se diferenciaba de aquél por no comprender nada de lo que leía y, por tanto, compensaba su discapacidad haciendo tareas interminables y trabajos escolares elaboradísimos. Los expertos dicen que su extinción se debió, irónicamente, a ciertos programas de estudios demasiado exigentes, los cuales centraban su efectividad en la elaboración de tareas, tareas y más tareas. Los mataditos, ante tan descomunal carga de trabajo, optaron por dejar de hacer tareas y mejor estudiar para los exámenes extraordinarios. La ventaja era obvia: tareas, cinco puntos, examen ordinario, cinco puntos, total diez. Examen extraordinario si se estudiaba duro: diez. Por puras matemáticas el matadito estaba condenado a desaparecer.

Las chicas que abrazaban sus libros. Estas chicas, románticos íconos de tiempos idos, caminaban, rumbo a sus escuelas, por las calles y plazas públicas con aire ensoñador abrazando sus libros. Su pelo, casi siempre peinado en una núbil coleta, se movía suavemente al tiempo que andaban sobre sus zapatitos de piso, arrancando suspiros a los señores jubilados que leían periódicos en las bancas de los parques. Las laptops, las “tablets” y las memorias USB, las exterminaron.

El licenciado en fotocopias. Apenas antecesor de los que han hecho su doctorado en “cortar y pegar”, este espécimen vio pasar sus mejores días cargando cientos de hojas de papel manchado de toner; en ellas, a falta de libros, estudiaba y, no en pocas ocasiones, hasta las encuadernaba para presentarlas, auspiciado por maestros “barcototes”, como tarea o trabajo de fin de cursos. Su mayor logro histórico fue haber reciclado todas esas fotocopias como combustible para el boiler.

El chico del portafolio. Este tipo de estudiante, bastante común en la década de los ochentas, usaba para transportar sus cuadernos y libros un portafolio de plástico. El artilugio era genial para ser usado como deslizador en el pavimento, siempre y cuando uno no fuera el dueño. Recuerdo en especial a uno de éstos sujetos con quien cursé la secundaria; el susodicho guardaba en él, confiado en la inviolabilidad de su cerradura con llave, su desayuno (casi siempre pan con nata y mermelada de fresa). Lo único que él no sabía es que todos esos portafolios habrían con la misma llave y yo tenía una. El fin de éstos personajes estuvo precedido por un montón de dueños de portafolios de plástico, avergonzados de cargar con una cosa bastante insegura y maltratada porque sus condiscípulos los ocupaban para deslizarse en las banquetas. Yo hasta saltaba escaleras con aquel en el que mi compañero guardaba sus tortas de nata cual antiguo “skater”.

Y así como los anteriores hay muchos otros seres ya extintos, por ejemplo: el estudiante cartero con mochila de cuero; el militar, que usaba mochilas de “Casa Guerret”; el hippie, con sus libros en un morral; el estudiante paracaidista, con mochila de nylon, etcétera. Ellos ahora son parte de la historia; unos desaparecieron y otros, con más capacidad de adaptación, han evolucionado, inexorablemente, en una clase nueva de estudiante que, aun antes de alcanzar cualquier tipo de grado académico, obtiene por meritos propios su doctorado Honoris Cortar y Pegar llegando, incluso, a la presidencia de la República. Cosas contemporáneas veredes.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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