Don Juan, el jardinero

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De una serie de entrevistas, realizadas a personas

comunes en Xalapa Ver., en el año 2005

Cada quince o cada veinte días lo veo arreglar mis jardineras. Con un azadón, casi tan cansado como él, quita la hierba que con una necedad admirable nace por entre las uniones del asfalto de la calle y del concreto de la banqueta (o de lo que queda de él).

Don Juan García es jardinero de oficio, por convicción y porque no le quedó de otra en la vida. Desde que lo conozco siempre he creído que tiene todos los años del mundo encima, los surcos en su cara, las manchas en la piel de sus manos y la curvatura de su espalda me lo confirman; se mueve con dificultad y muchas veces, después de verlo agacharse para cortar el césped, he pensado que ya no se va a poder enderezar. Milagrosamente siempre lo logra.

La historia de su vida es un cuento repetido hasta el cansancio, es el mismo argumento de todos los que han emigrado del campo a las ciudades en busca de un mejor panorama. Por supuesto que dudo mucho que arreglar las jardineras de las banquetas sea el mejor panorama que alguien pueda tener, pero a Don Juan le gusta lo que hace.

Le pregunto qué en dónde aprendió lo que sabe de jardinería y se me queda mirando como quien ve a alguien que ha dicho algo muy tonto, se sonríe y con educación me dice que casi desde antes de empezar a caminar ya cultivaba la tierra. Me refiere que en la parcela que les daba de comer a él y a toda su familia se sembraba de todo, maíz, fríjol, algunas hortalizas, que había duraznos criollos y hasta unas manzanas descoloridas, chiquitas pero muy dulces cosechaban. Pregunta contestada, pensé para mis adentros, mientras trataba de formarme una imagen mental de ese viejito cuando era niño. No pude.

— Y ahora, ¿no tiene usted que trabajar? —Me dice don Juan— cuando le pregunto cuántos hijos tiene, lo que indica que ya lo incomodé. Le contesto que todavía no tengo que salir y que me gustaría platicar un rato con él, me vuelve a ver como a un bicho raro, se encoge de hombros, sigue trabajando y educadamente me vuelve a contestar que tuvo cuatro y, como adivinando cuál será la pregunta que sigue, me dice que uno ya murió, en un accidente, que a otros dos tiene mucho tiempo que no ve pues se fueron a Estados Unidos, que ocasionalmente le mandan un poco de dinero y le escriben una carta que su esposa le tiene que leer, pues él no sabe; me dice que la más pequeña es una hija y hace una mueca indefinible a mi cuestionamiento de dónde está. —Por ahí ha de andar. Y comprendo que no debo preguntar más de ese tema.

Le hablo del clima y de otras cosas para hacerle olvidar el mal recuerdo y de mejor humor me dice que todos los días sale a trabajar a las siete de la mañana. Me cuenta que dispensa los días lluviosos, los domingos y el día de San Juan, porque es la fiesta de su pueblo. Le pregunto dónde está su pueblo y me mira una vez más con extrañeza. — ¿No lo conoce?

—Y mueve la cabeza de un lado a otro— pues ahí por el rumbo de Perote. Me doy cuenta que en la simpleza de su mundo solo existen tres lados, éste que conforma la ciudad donde vive, otro, el pueblo donde nació, y uno más, que está muy lejos, que se llama Estados Unidos, y que es donde sus hijos viven.

Un ficus que adorna mi banqueta tomó forma de árbol otra vez y, como si estuviera orgulloso de ya no parecer una señora despeinada, suelta un suave aroma de hierba recién cortada; el pasto, a casquete corto, parece una alfombra, bueno, un tapete, son jardineras pequeñas. Las manos de Don Juan son como las de la naturaleza, están hechas de lo mismo que ella, de tiempo, de paciencia, de una sabiduría básica que no se puede aprender porque, de tan simple, resulta difícil de entender.

Con la naturalidad de la lluvia y con un toque maestro da por terminada su labor. Le pago los setenta y cinco pesos que pactamos, lo miro recoger sus cosas con la calma que sólo pueden tener los sabios y cuando acaba se despide de mí con cortesía, luego echa a andar despacito y se pierde entre las calles.

Miro mi arbolillo recién podado otra vez e imagino mi pedazo de jardinera como si fuera la pieza de un gran rompecabezas que, junto con otras jardineras de la ciudad, don Juan va armando en un monumental jardín que le recuerda, quizá, un poco al campo donde nació; me río de mis tonterías y mientras subo las escaleras de mi casa sigo imaginando las manos de don Juan transformadas en las manos de Dios, jugando a armar el Edén otra vez.

Alejandro Hernández y Hernández

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