Don Porfirio

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A veces hay que “desembuchar” para poder comenzar a saber qué es lo que queremos decir. Tenemos un mensaje en la cabeza, mensaje que quiere salir por donde sea, la boca, los dedos, el culo. Va más allá de nosotros. Es una idea que no parte de uno, simplemente es plantada por algo más y germinada dentro uno mismo hasta el momento en que no tiene más opción que salir, gritarse, escribirse con sentimiento, etc. Y una vez que sale sólo puede conmover al mundo o morir.

Pero como todo lo creado por “dios”, las ideas son pasajeras. Hoy existen y nos conmueven y al otro día no son más que papel para envolver el pescado, o limpiar la caca del perro.

Recuerdo cuando solía ser niño y dedicaba mis tardes a crear pequeños dibujos o garabatos en general. Se los mostraba a mis padres y abuelos con orgullo. Eran recibidos, admirados, considerados, y algunos incluso dignos de ser conservados. Años más tarde, cuando llegaban las limpiezas de casa, uno se sentaba con un cubre bocas (por aquello de la alergia al polvo) y se disponía a mover cajas llenas de papeles, que casi siempre terminaban como “hojas de reciclaje” o simplemente eran entregadas a la basura. Más de una vez me tocó ver mis anteriores obras de arte ser desechadas como cualquier otro pedazo de papel.

Con el tiempo uno va aprendiendo a no ser tan sentido, tan sensible, tan sintón.

Ahora me veo del otro lado, uno busca ocupar el menor espacio posible con cosas irrelevantes. Se dedica a mantener un departamento limpio, a ser “aseado”, pulcro.A tener un librero organizado, un closet en forma y “como debe ser”. De lo contrario caemos en el caos de lo alternativo, a ser exageradamente tolerante del desorden, del caos. Bien lo decía don Porfirio: Orden y progreso.

Don Porfirio era el tendero de la esquina (digo, para evitar malas interpretaciones), tenía un cuchitril por changarro pero nos encantaba. Al entrar una persona a su negocio no cabía otra alma. Solía vender lo que todo tendero respetable vende: bebidas refrescantes en envases de vidrio retornable, una selección completamente tóxica de dulces, panes, postres, antojos, botanas procesadas, botanas locales, etc.

Pero el gran atractivo era el par de máquinas de videojuegos que tenían cautivo al público joven, y el teléfono público que hacía lo mismo con el público un poco más maduro.

 

Leyendo esto que escribo de pronto me siento como si hubiera crecido en los años 50’s (si los cincuentas hubieran incluido videojuegos). Pero la verdad es que así era. Don Porfirio era el rayo de luz y progreso de nuestra pequeña unidad habitacional.

Es extraño ahora pasar por su casa y darnos cuenta de la pequeñez de las cosas, de lo insignificante que es al mundo, de lo irrelevante que es para la vida.

Sin embargo, ese hombre nos cambió la existencia a más de una generación y, ahora que escribo estas letras debo agradecerle por todo lo que hizo por nosotros, incluso sin darse cuenta.

Ayer me enteré de la muerte de dos grandes personas en mi vida, una fue Daniel Rabinovich (a quien le dedicaré un artículo en los días por venir), y otra fue don Porfirio. Descansen en paz.

 

P.S. Así acaban los artículos a veces, sin aviso, sin gran conclusión, sin sensación de final, pero ¿qué les puedo decir? A veces así es la vida.

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