Donato Trompas o el arte de vivir desinformado

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DONALD TRUMP


Dan las tres de la mañana y el sueño no me llega. En cambio tengo una serie de pecaminosos pensamientos llamados opiniones. Si algo he aprendido a base de madrazos es que las opiniones no nacen, se hacen.

Uno viene a este mundo limpiecito, bueno, cubierto de esa baba que producen las madres cuando tienen bebés. Pero en un sentido metafórico uno viene limpio y pulcro, y es trabajo de nuestros padres y demás personas cercanas echarnos a perder una acción a la vez.

Esto me recuerda las lecciones de mi tía en mi primera infancia. Pobre mujer, llena de buenas intenciones me arruinó un poco la vida con el uso correcto de los cubiertos, la manera correcta de sentarse en la mesa, de cómo debe expresarse y dirigirse un señorito ante los demás, etc. O mi padre, que con sus ausencias me enseñó mejor que nadie el valor de la compañía, del silencio y de tener una buena cabellera.

Aunque me desvío es con propósito, hablaba yo de las opiniones, ese vómito mental que inevitablemente nos viene por mucho que nos esforcemos con meditación, ejercicio, distracciones, uso recreativo de drogas legales, sexo, etc.

Siempre tendremos alguna opinión de al menos un tema. Después de todo, es la base de nuestra sociedad: el intercambio de ideas, el diálogo, fijar metas, lograr objetivos, planear, trazar, seguir, concretar y todos esos términos que nos va filtrando el entorno para dar sentido a nuestras vidas.

El problema llega cuando uno de repente se queda vacío. Cuando el cuerpo rechaza el discurso, el Plan Maestro. Cuando uno despierta y se da cuenta que no sólo está en desacuerdo con la manada, sino que no tiene nada que aportar, que no llega a las conclusiones esperadas (ya sean aprobatorias o contrarias al sistema), cuando uno simplemente se queda en blanco. Ahí es cuando los choques vienen, cuando el conflicto es mayor y casi siempre se queda en punto muerto, para desgracia o fortuna de ambos.

Como buenos mexicanos que somos (la mayoría que leemos esto), somos el semillero de ideas de nuestros vecinos güeros, pues si ellos se tiran uno a nosotros nos llega la peste. Si les sobra comida nos la venden a precio de oro y como “se ve chida” pues no nos queda más remedio que comprarla a meses sin intereses. Poco a poco se han convertido en el país de la sobre-producción, y nosotros junto con ellos en una amalgama de sobre-consumo.

Mas no desesperen, llego al fin a mi punto principal. La desinformación. Tal parece que la comedia política en nuestro triste y sin embargo entretenido país no nos basta, por lo que (como en casi todo lo demás) miramos al norte, porque al sur y al rededor guácala… Y ahí es donde encontramos a nuestro personaje favorito, a nuestro Hitler con peluquín dorado, a nuestro antihéroe republicano, a nuestro gladiador de la democracia, el capitalismo y la gente blanca. Es una píldora que nos han estado dorando por algún tiempo y sin embargo seguimos tomando como buenos zombies que somos, porque como en Roma: pan y verga circo.

No diré nada más de este pseudo-hombre honorable personaje pero por favor, ocupen su tiempo en mejores cosas. En datos, no en información equívoca, opiniones huecas, declaraciones sin pies ni cabeza, ni aquellos luminosos y brillantes artículos que nos ponen en la cara.

Vean, lean, oigan con buen criterio cosas que valgan su tiempo. No se dejen llevar por lo que la manada dice, lo que el pastor pregona, lo que nos presentan como la verdad, pues siempre habrá algo que realmente merezca ser leído. En resumen, quiéranse un poquito y no coman cualquier cheto tirado en el camino.

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