El arte de dar las malas noticias

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Cuando era chamaco, y precisaba de dar una mala noticia a mi madre, inventé una técnica que hasta la fecha no sé ni para qué la usaba si nunca funcionó. Consistía en ordenarle una acción (yo creo que por eso no funcionaba, porque mi madre nunca ha permitido que le ordenen nada) antes de darle la mala noticia propiamente dicha.

Es decir, si la mala noticia era una baja calificación yo empezaba ordenándole “Má… no te vayas a enojar pero… mira” (aquí yo mostraba mi boleta); ella, por supuesto, hacía caso omiso a mi orden y pasábamos directamente al punto de “¿Para eso me mato trabajando?, ¿para eso te mando a la escuela? ¡Holgazán!”, etcétera.

Lo mismo pasaba con cristales rotos, garrotazos dados al perro de la vecina y las demás vicisitudes que pudieron haber pasado en la vida del impúber individuo que era yo entonces. Y aunque cambiaba la orden previa dependiendo la mala noticia a comunicar, “Má… si te dice doña Cuquita que su perro no puede caminar porque yo… ¡No le creas!”; “Oye Má, mantente calmada; accidentalmente le di una pedrada al ventanal del vecino pero… ¡No te agites que te fermentas! Sólo fue en una esquinita… aunque él muy abusivo insiste en que se lo pagues completo…”, siempre fue inútil.

Ya en mi adultez he descubierto que muchas personas ocupan la misma técnica con idénticos resultados (lo que me ha devuelto la tranquilidad, expresada en esa frase popular que dice “Mal de muchos, consuelo de tontos”) y de la cual les daré algunos ejemplos:

“¡Agárrese de la pared licenciado! Qué bueno que me trajo a tiempo su coche; sólo fueron las bielas y medio motor… ah sí… y doce mil pesos”: Frase dicha por el Tuercas; mecánico que sólo iba a revisar un ruidito en el amortiguador trasero.

“Mírale el lado positivo mi amor. Si este vestido lo hubiera comprado en plena temporada habrías pagado casi el doble”: Razonamiento de una esposa para justificar una compra.

Lo que pasa que en este mundo nadie quiere dar las malas noticias como son. Por eso los voceros de gobierno tienen cara de dueño de funeraria; aunque siempre, en ese ámbito, se puede disfrazar la mala noticia de buena fe sin quedar como un desgraciado. “Mexicanos, tengo la obligación de informar que hemos pagado la deuda externa en su totalidad. Y aunque si bien es cierto que esto significa desocupar el país en treinta días hábiles a partir de esta fecha, también debemos tomar en cuenta que siempre es mejor empezar una nueva nación sin compromisos económicos…”: Lo único que le falta a nuestro presidente decirnos.

Otra manera de dar una mala noticia es hacer una pregunta cuya respuesta sea la mala noticia en sí. “¿Por qué será que desde ayer que saqué el coche el gato no se mueve y está como tristecito?” Reflexión en voz alta de un hijo al que se le ha prestado el auto.

Está también el recurso de minimizar las cosas para que la mala noticia no infarte a nadie. “No papá, no engordé, sucede que estoy un poquitito embarazada”. O como dicen los doctores refiriéndose a un paciente “Está muy grave, pero estable. No amanece”.

Aunque en este mundo hay quienes las sueltan como van, sin importarles si el que las va a oír morirá de una apoplejía, o volteará el mundo de cabeza, al enterarse de las cosas de golpe y porrazo. Un ejemplo de esto lo viví la semana pasada cuando tuve que pasar a comprar leche antes de llegar a casa.

No sé por qué no capté cierta agitación inusual cuando entré, para esto, a una tienda de las llamadas de conveniencia y me dirigí al estante de los lácteos.

Mi preocupación empezó cuando oí a una de las empleadas decir al teléfono “¿Policía? ¡Nos están robando!”. Inmediatamente me puse a la defensiva y sopesé la situación: dos empleadas, una flaca de lentes que bajaba apuradamente la cortina de metal, otra gorda, la que hablaba por teléfono y daba la dirección de la tienda; un señor con unos condones en la mano (de aspecto lascivo pero no peligroso) que pedía se los cobraran y un viejito, con un paraguas cerrado, solicitando también que le cobraran no sé qué cosa mientras exhibía, delante de los ojos de la cajera, un billete de cincuenta; yo, con dos cajas de leche en la mano, y todos, sin una posible salida para huir. No vi pistolas, ni cuchillos y la gorda mujer del teléfono mantenía una calma sorprendente.

Llegaron dos camionetas con cinco policías gordinflones cada una, los cuales entraron (cuando la flaca volvió a subir la cortina) en actitud de soltar, a la primera provocación, media carga de sus Máuseres; ocho motociclistas en la misma actitud que los otros y tres autos patrulla con las sirenas abiertas, las torretas prendidas y dos elementos humanos por unidad. La gorda los recibió como debe haber recibido Moctezuma a Cortés (con miedo pero con dignidad) y les explico que el que las quería robar era el viejito del paraguas.

Los policías se le abalanzaron preguntándole cosas, todos al mismo tiempo. Él, enmudecido, sólo atinó a sacar del paraguas cerrado un frasco de mermelada de fresa, que había metido ahí en lo que sacaba el billete con el que intentaba pagar.

Comprendiendo la situación el comandante de los policías empezó a mover la cabeza de lado a lado y otro policía, fuera de sí, regañó a la gorda por hacer llamadas tan alarmistas. Los otros veintidós elementos y como cuarenta curiosos en la calle reían y yo, con dos cajas de LaLa Light apretadas contra mi pecho, observaba todo desde la acera de enfrente (a donde me escabullí —sin que nadie se diera cuenta— cuando entraron en estampida los heroicos policías).

Por cierto, este escrito es el único modo que encontré para darle la mala noticia a la gorda de que me salí sin pagar la leche. Espero, si lo lee, que entienda que fui obligado por las circunstancias.

Alejandro Hernández Hdez.

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