El “*Biker Master”

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(De la serie de entrevistas, Como mejor actor de reparto, hechas a personajes xalapeños en 2005).

¿Cuántas personas pueden darse el lujo de decir que su vida, literalmente, va sobre ruedas? don Raúl Tapia Pérez es uno de esos pocos afortunados, tiene 75 años, una vitalidad envidiable y desde muy niño anda trepado en una moto.

Nació en esta ciudad, un 29 de marzo de 1930; solo cursó hasta el bachillerato, no por falta de recursos, sino por exceso de inquietud. Fue, como buen rebelde sin causa al estilo de James Dean, una bala perdida.

Su juventud, resumida en tres palabras sería: parrandas, mujeres y motos. A los diez años ya andaba subido en las motocicletas de sus amigos, en ellas aprendió a caerse y como buen jinete, a levantarse, sacudirse el polvo y treparse nuevamente. Dicen que cada persona tiene el destino ya escrito desde antes de nacer, esta máxima se aplica muy bien en don Raúl. A los trece años un amigo suyo, que había comprado una motocicleta Harley, a la que le había arrancado los cables de las bujías y el distribuidor pues se había caído en ella y no quería saber nada del motociclismo, se la vendió en 1000 pesos de aquella época. Él, con el amor que solo un motociclista le puede tener a un aparato de estos, la sacó del gallinero en donde estaba arrumbada, la limpió, la puso a punto y se trazó un buen plan para poder pagar los abonos, pues el amigo se la había dado a crédito. De ese tiempo guarda gratos recuerdos; refiere con emoción que, aún sin dominar plenamente la máquina, hizo un viaje a la ciudad de México con su padre como pasajero. Las carreteras eran pésimas, no existía, desde luego, la autopista México-Puebla y la moto no tenia suspensión trasera. Su papá llegó orinando sangre debido al golpeteo del camino, sin embargo, no se dejó arredrar por ese pequeño detalle y muchas otras veces fue su fiel compañero de andanzas.

El primer amor nunca se olvida y si se pierde inesperadamente mucho menos, don Raúl tuvo, con todo el dolor de su corazón, que deshacerse de su Harley por una razón de bastante peso; como se casó a los 16 años, la vida de familia le requirió su necesario aporte económico y hubo que solventar gastos imprevistos — ¡Hasta le lloré! —Me dice entre risas.

Por su vida desfilaron otras motos, que fueron llegando casi al mismo tiempo que los hijos. Fue dueño de una Triumph, motocicleta inglesa de mucho renombre; de una BCA y hasta una Northon tuvo; al tiempo tuvo cuatro hijos, dos mujeres y dos hombres, todos aprendieron a andar en moto, incluyendo a las niñas, casi desde los cuatro años. En ellos, el estudio si caló hondo. —Todos son profesionistas, —me dice con orgullo— al tiempo que me enseña una foto de una de sus hijas, que es doctora, manejando una Harley de 1500 centímetros cúbicos de cilindraje.

Ha recorrido, en moto por supuesto, una gran parte de la República; casi siempre anduvo acompañado de su esposa que, me refiere, aún embarazada se subía con él. Sin que haya necesidad que me lo diga, sé que agradece secretamente a la compañera de su vida su incondicional complicidad para con su afición. Desde luego que la vida familiar lo hizo sentar cabeza, fundó un taller de herrería que sostuvo con decoro a toda la familia y sirvió para solventar los estudios, las circunstancias de la vida diaria y las andanzas en la moto. Cuando los hijos se establecieron como Dios manda, y sabiendo de esa afición que domina y embriaga, se hicieron una entre todos y le regalaron una motocicleta Harley, modelo 2002, de 1450 centímetros cúbicos, cuando le entregaron el manual, casi casi le dieron la bendición para que se echara a rodar por los caminos sin preocupaciones.

A mi pregunta de qué cosa es lo que siente cuando anda rodando en su moto, los ojos de don Raúl se llenan de emoción y sin dudar ni un segundo me contesta: poder y libertad. Cree, sin temor a equivocarse, que lo que él siente es lo que experimentan las águilas cuando vuelan.

Contrario a los manuales no escritos del motociclismo, que dicen que nunca se debe viajar sólo, él no tiene empacho en emprender travesías sin rumbo fijo; únicamente se dispensa la atención de ir haciendo llamadas telefónicas a sus hijos, por lo pueblos y ciudades por las que va pasando, y no han sido pocas las veces que alguno de ellos lo tenga que alcanzar a dónde esté, con tal de que no haga el viaje de regreso sólo. En voz baja me confiesa que ve mal y que en la noche de plano no distingue nada.

Ya libre del micrófono y de la rigidez de la entrevista, emocionado, me refiere una historia que tiene un trasfondo de chanza familiar, dice que los pelícanos, de tanto zambullirse en el mar en busca de alimento, se van quedando ciegos por el repetido golpeteo contra el agua al final de su vida, cuando ya no ven nada acaban por estrellarse contra las rocas en una especie de suicidio. Él bromea con sus hijos y les dice que cuando ya no distinga nada, terminará un día estrellándose con un camión en la carretera, en una suerte parecida a las de estas aves; sus hijos, temiendo una desgracia y como para suavizar la situación le piden, en son de broma, que si lo va a hacer así que piense en la moto primero, pues sería una lastima echar a perder una maquina tan bonita. Humor negro entre motociclistas, al fin y al cabo.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios y sugerencias: motardxal@gmail.com

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