El hombre del carrito

0
126

De la serie de entrevistas, Como mejor actor de reparto, realizadas a personajes xalapeños en 2005

Que lejanos parecen estar los tiempos en que Xalapa era una ciudad pequeña, con ese aire provinciano que se podía palpar en el olor del pan cocido en hornos de leña, en los arrieros que bajaban del Cofre de Perote con sus mulas cargadas de carbón, en sus tres rutas de camiones urbanos pintados de amarillo y rojo, y en los ojos sinceros de los marchantes que vendían hortalizas cultivadas por el rumbo del Seminario Mayor.

Pareciera que a esa ciudad se la comieron el urbanismo, la globalización, la contaminación y tantas otras cosas de la vida moderna, sin embargo, hay costumbres y personajes representativos de un pasado vivo que se niegan a desaparecer. Tal es el caso de este humilde vendedor de camotes, que es nuestro personaje de hoy.

Se llama Magdaleno Melchor Montiel, nació en Tenextepec, Ver., tiene 46 años y no se acuerda en qué día nació; no sabe leer ni escribir, nunca fue a la escuela y su mayor orgullo es haber construido con sus propias manos su carrito de metal. Desde muy chico, casi desde que tiene memoria, tuvo que trabajar; primero en el campo, al lado de sus padres, sembrando maíz, fríjol, haba y lo poco que la árida tierra de su región se dejaba arrebatar.

Después, cuando la parcela se volvió muy chica para repartir sus frutos entre él y sus hermanos, se ganó la vida como ayudante de albañil, con los ojos brillantes me dice que llegó a ser “oficial de albañilería”. Tal vez, y esto solo es una suposición mía basada en mi muy falible psicología, don Magdaleno es una de esas raras almas solitarias a las que les es difícil la compañía. Dice que no le gusta tener roces con nadie y con los peones que contrataba siempre tenía problemas, por eso mejor dejó la albañilería.

Me cuenta que después se empleó un buen tiempo como soldador en una balconería, dice que no le iba tan mal, pero su patrón era un hombre mayor y cuando falleció su familia cerró el taller y él quedó desempleado.

En busca de mejores oportunidades se vino para Xalapa, trató de emplearse haciendo lo que sabía, pero la ciudad es dura para quien no sabe dominarla y después de andar dando tumbos de un lado a otro, alguien le dijo que por qué no vendía camotes empujando un carrito de metal.

Al principio don Magdaleno trabajaba para un señor que era el propietario de varios carritos. Así fue que conoció el oficio, aprendió a darle el punto exacto a los camotes y se acostumbro al agudo sonido del silbato de vapor que siempre, a lo lejos, anuncia su paso.

Luego, con su muy sencilla iniciativa empresarial, compró su primer carrito para independizarse, mismo que le vendió un sobrino que ya conocía el negocio. Todos los días, llueva o truene, don Magdaleno sale a las dos de la tarde, ya tiene sus rutas hechas, una para cada día de la semana. Cuando le pregunté cuánto camina a diario me dijo, como para que me diera una idea, que cada tres meses le tiene que comprar llantas nuevas al carrito, disimuladamente me fijé en la llantas y me pude dar cuenta que son de hule macizo y la verdad, esta duro acabárselas, por lo que concluí que en realidad sí es mucho el camino andado. Entre risas don Magdaleno me dijo que si es cierto eso de que cuando uno se va a morir tiene que desandar sus pasos, entonces él va durar mucho tiempo vivo, pues para volver a recorrer todo lo que ha caminado se necesita mucho tiempo y un buen par de zapatos.

Su esposa y sus dos hijos residen aún en Tenextepec, los ve cada fin de semana que puede y orgulloso me confiesa que sus chamacos sí estudian, uno cursa la secundaria y el otro un bachillerato técnico. Don Magdaleno vive sólo en un humilde cuartito de la colonia Progreso, ahí ha acondicionado su bodega, en donde almacena tarimas de madera que compra en trece pesos cada una, después las desarma para usarlas de combustible en la cocción de los camotes y plátanos que vende. Cada viernes acude al tianguis de la avenida Encanto y escoge los racimos de plátano macho más amarillos; me dice, con aire de experto, que si no están bien maduros saben mal y de plano ni se cocen.

Realmente no le pide mucho a la vida, haciendo lo que hace se siente bien y lo único que le preocupa un poco es que los inspectores del Ayuntamiento no lo dejan trabajar en las calles del centro, por eso se tiene que ir a las colonias. Que si el pudiera decirle algo al gobernador o al alcalde, lo único que les pediría es que lo dejen trabajar en paz, que él no molesta a nadie.

Don Magdaleno de pronto, como aburrido de mis preguntas, se quita el micrófono de la grabadora, me cobra otra vez el plátano asado que ya me había cobrado antes de la entrevista, y que me sirvió de pretexto para platicar con él, mira hacía el cielo que amenaza lluvia y se despide con premura. Yo me quedo un buen tiempo mirando cómo se pierde entre los autos y la gente; un rato después, cuando voy subiendo las escaleras de mi casa, a lo lejos, como salido de una película vieja o de una radionovela,  alcanzo a oír el silbato de vapor de su carrito y se me ocurre una tontería: quizá para alguien, en algún lugar, ese silbido sea como el rugido de un dragón y anuncie otra cosa, algo muy diferente a un camote asado.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios y sugerencias: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios