El mayordomo

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En un féretro, demasiado caro para un sirviente, reposan los restos del mayordomo de la mansión W; su rostro, por delicadeza, permanece cubierto. La funeraria luce desierta, el difunto no tenía más que un hermano en Londres; no llegó. En un sillón, su expatrón, casi solo, mira fijamente el perfil debajo del blanco paño.

El telenoticiero, ayer, dio la noticia: “Exmayordomo de la familia W se quita la vida en la mansión en la que trabajaba”.

Un reportero dijo durante la transmisión: “Entrevistado al llegar a la funeraria, el señor W se negó a dar comentarios; la policía de la ciudad, incondicional al magnate, omitió también cualquier declaración. Los motivos que orillaron al viejo sirviente a quitarse la vida quedarán, como tantas otras cosas en esa familia, en el misterio. El mayordomo había servido a la familia W durante toda su vida. Se dice que su despido, ocurrido hace una semana, lo sumió en una profunda depresión. Ayer, el sirviente habría burlado los sistemas de alarma para poder introducirse en la biblioteca y disparase en la sien. Se supo de una carta póstuma pero no se reveló su contenido.”

La tarde no es menos fría y gris que cualquier otra en esa ciudad sombría, el ataúd del mayordomo desciende lentamente. Un murmullo, apenas audible, escapa de los labios del único que lo despide. Dice: Perdóname querido amigo…

El magnate, mientras las paladas de tierra caen, abatido ve pasar imágenes sueltas en su mente: Su sirviente, fuerte y casi joven, manejando un trascabo dentro de una cueva, muchos metros abajo de los sótanos de su mansión; o acondicionando luces, antenas y monitores;  o limpiando una armadura extraña, o curándole una herida en un costado… Y, enfrente del escritorio en la biblioteca, recibiendo de sus manos, con incredulidad, un cheque de liquidación… Y hace unos días, arrastrando lentamente sus maletas hacia el portón de su mansión.

Finalmente, la imagen de él mismo, a su lado, tratando inútilmente de reanimarlo.

La última palada cae sordamente sobre su corazón, luego, indiferente sobre la tumba. Casi de noche sube a su auto y deja el panteón. Dentro de su mansión, enorme, sola como una caverna, a la luz triste del fuego de la chimenea vuelve a leer la carta póstuma de su mayordomo.

Señor W:

Serví a su padre fielmente y cumplí mi promesa de velar por usted lo más que me fue posible. Ahora, en este amargo momento, lo que más deseo es saber qué error pude cometer para que me despidiera. He especulado mucho y he concluido que usted ya sabía que podría poner en peligro su identidad; no pude evitarlo, muchos sospechan algo pero nadie, por mi boca, ha sabido nada que ponga en riesgo su misión.

Ayer, quizá ya no le importará saberlo, dos tipos me siguieron hasta el hotel, uno me ató y el otro me inyectó algo; me preguntaron si yo trabajaba para B; a pesar de los golpes contesté que no. El administrador del hotel llamó a la policía y se fueron. Me amenazaron con volver. Como no sé si podré resistir otro interrogatorio he decidido quitarme la vida para proteger su secreto. Adiós.

Con estimación: Alfred

—Querido Alfred… por eso te despedí… sólo así nuestro secreto superaría la droga de la verdad… perdóname… te ofuscaste… Una vez pasado el peligro te iba a pedir que regresaras…

Un murciélago de luz apareció en el cielo, W se dirigió a un librero y desapareció como una sombra atrás de él.

B, llorando, cruza la ciudad en un vehículo oscuro, fantasmal.

Hernán Dumás

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