El otoño me pone otoñal

El otoño

Por: Alejandro Hernández y Hernández


HHace unos días inició el otoño y, tal como lo dice el título de este escrito, su llegada me pone otoñal. Entendiendo que otoñal es: melancólico, reflexivo, pensante, casi nostálgico.

Muchas cosas vienen a mi cabeza cuando, en las tardes que empiezan a ser más oscuras y más frías, me doy cuenta de circunstancias que me sorprenden. Dos muy especialmente: el pan dulce sabe cada vez más simple y las mujeres de veinte años hoy se ven mejor que las veinteañeras de mi generación.

Estoy convencido que la receta de las conchas debe habérseles perdido a los panaderos en algún punto entre el año 1990 y el de 1995; luego de esos años nunca volvieron a saber igual. La de los pambazos creo que la han preservado más o menos intacta, pero la del pan de granillo francamente la volvieron a reinventar con muy poco éxito. Aunque eso es pecata minuta si vemos que otras muchas cosas hoy son una pifia comparadas a como eran antes: los mazapanes, las obleas con cajeta, las gomitas con azúcar, los bombones, los pirulís… momento, esos ya ni siquiera existen, o, ¿alguien ha visto alguno últimamente?

Nuevas generaciones, las ilustraré. Un pirulí era una paletilla de dulce en forma de cono invertido, de caramelo macizo y que a medida que se iba chupando se le iba formando una punta filosísima, causante de atravesar uno que otro paladar infantil y ocasionar varias generaciones de adultos gangosos. En la chupada, creo yo, llevó la penitencia y su condena; misma que se hizo efectiva cuando apareció un sustituto lechoso mal llamado “Chupirul” —hoy también extinto—, cuya forma era idéntica pero no hacia punta y tampoco sabía igual.

Meditando en lo anterior me doy cuenta que he sido testigo histórico de la desaparición de muchos clásicos: las naranjas con chile, los cacahuates japoneses ahogados en su misma bolsa con limón y chile piquín, los bolillos con plátano, la torta de huevo, el Atari, el balero, los Beatles, el “vocho”, las bicicletas “Vagabundo”, los carretones de baleros, los patines de ruedas de metal, las calles que se podían recorrer a media noche… ¡Uf! El tiempo vuela y hasta los otoños ya no duran lo que duraban antes.

Hubo, recuerdo, años en los que el otoño tardó siglos en terminar. En uno en particular, del desfile del 16 de septiembre a Todos Santos hubo una eternidad de días con chipi-chip y “nortes”; fueron meses de tardes lánguidas en que un balero fue el arma para dirimir, entre mis hermanos y yo, diferencias de poder. En ese otoño eterno sucedió la noche en que una película del Santo, peleando contra decenas de momias tullidas, fue tan inquietante que no nos dejó dormir. Hoy, los otoños son tan efímeros que los comerciantes no bien acaban de guardar las banderitas del Grito, cuando ya están llenando los estantes de “hallowenes” y navidades adelantadas tres meses. El otoño está, decididamente, en extinción

Lo bueno de haber vivido ya algunas decenas de otoños es que un termina por apreciar mejor las cosas buenas de la vida: los amigos que han durado tanto como uno, los libros que se hicieron mayores de edad con nosotros, los autos que hoy en día, hay que aceptarlo, son mejores que los de antes —aunque me odien por decirlo algunos clasicistas que conozco—, el trabajo que le permite a uno vivir tranquilamente, la salud que se vuelve un bien frágil y que hay que cuidar… ah, y la apacible, inquietante e inofensiva, contemplación de las muchachas de veinte años que sonríen por todo y que creen que los calendarios nunca se deshojarán… Esperen, ¿calendarios deshojándose? ¡Ja! Se me olvidaba que el tiempo se mide ahora en “gadgtes”, en computadoras, en “tablets”… en cosas que, más temprano que tarde, serán blanco de las nostalgias —que las nostalgias nunca pasan de moda, habrán de saber— de alguien a quien el otoño, como a mí, lo ponga otoñal y melancólico.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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