El otoño y la melancolía

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Mi ciudad, impredecible con el clima, veleidosa como mujer enamorada, ve pasar desde hace unas semana días nublados, en los cuales corre un airecillo manso, pero frío y perpetuo, de ese que quién sabe por qué le gusta tanto a algunos xalapeños, que se ha instalado sin pedir permiso y barre sus calles, a veces tan abandonadas en esos menesteres por el Ayuntamiento. El otoño llegó haciendo caer, sin violencia, las hojas de los árboles… y una que otra lágrima.

Y es que aunque muchos ya andan celebrando, en pleno, la Navidad, época muy ligada al invierno, aún estamos en otoño, al menos hasta el veintiuno de diciembre en estas latitudes y según se sabe.

El otoño es una estación propicia para divorcios, partidas irremediables y adioses sin retorno. Es el escenario ideal para que un dramaturgo pueda recrear el más triste de los funerales —un ataúd cubierto de rosas blancas, un reverendo diciendo con voz pausada un sentido obituario, hojas cayendo de los árboles y siendo arrastradas por el viento; un cielo gris, una esposa triste como una fuente sin agua, etcétera—.

La melancolía otoñal es cierta como el otoño mismo y más común de lo que la gente cree. Un gran número de empresas reportan ausencias laborales de sus empleados, a causa de depresiones y bajos estados de ánimo; incluso estados patológicos como gripes, y otras afecciones, se acentúan por la inmunodepresión causada por este cambio estacional.

¿Y de verdad, ver caer las hojas de los arboles, el cielo nublado o el viento silbando por debajo de las puertas son capaces de provocar depresión? En realidad no.

Los especialistas dicen que lo que causa estos descontroles anímicos es una menor cantidad de luz solar. Al acortarse los días y alargarse las noches, las funciones del organismo se ven alteradas y, en algunas personas, desencadena una baja sensible en sus estados de ánimo, tanto así que la tasa de suicidios aumenta por estas fechas, algo que debería de preocuparnos mucho, pues como decía mi abuelo, todo tiene remedio, menos la muerte.

Si usted es de los que se deprime en el otoño y durante el invierno no lo calienta ni el sol, literalmente, tome vitaminas, frecuente a sus amistades, haga ejercicio, visite a sus familiares que no ve desde hace mucho, lea un buen libro, oiga música, aunque no de Arjona porque eso sí impele al suicidio de manera violenta; manténgase ocupado, siéntase vivo, vaya al cine o haga algo que le guste y verá que el otoño no es tan triste como parece.

Porque como les pasa a algunos xalapeños irredentos, los cuales sonríen como bobitos cuando ven caer el chipi chipi, o cuando sienten en sus caras el escozor del viento frio del norte, en esta temporada también se puede ser feliz, porque sirve para caminar de la mano con alguien, gozando de los zapatos mojados y las narices frías, o para irse tropezando por las calzadas que aún nos quedan mientras se trata de adivinar en dónde poner el pie porque la neblina cubre toda la ciudad; o para irse a sentar a un café a ver pasar las horas como a quién no le corre la vida, que de cuando en cuando le viene bien al cuerpo y al alma.

Y es que no todo es tan malo como parece; fíjese nomás, durante el otoño y parte del invierno en nuestra región es temporada de duraznos, de mandarinas y de manzanas, de esas criollas, chiquitas, un tanto ácidas pero de sabor único. El café sabe más rico, los suéteres se reconcilian con nosotros, o nosotros con ellos, y las abuelas, algunas tardes, hacen buñuelos que reconfortan el estomago… y el alma.

No todo en la vida es tan malo, ni tan gris y ni tan triste como nos lo parece a veces.

Alejandro Hernández Hernández

Comentarios y sugerencias: motardxal@gmail.com

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