El político, la especie

Mi ciudad, centro político del Estado, está llena de políticos. Y son tantos que he pensado que los científicos bien podrían catalogarlos como especie.

Los políticos son organismos vivos, no todos muy vivos pero todos tragan, que han desarrollado un instinto de supervivencia extraordinario. Han llevado el mimetismo a su grado más alto y hay días en que pueden ser de un color y días de otro. Como el camaleón, se adaptan a su entorno y convierten el color de su piel al de la bandera o las siglas que los cobijen.

Son especialmente belicosos y territoriales pero, gracias a un instinto de supervivencia que los llevará, como las cucarachas, a sobrevivir al exterminio nuclear, pueden demostrar respeto e, incluso, sometimiento ante otros de su misma especie pero de más rango dentro de la manada. En el reino animal esto pasa a menudo, sólo que la diferencia entre los animales y los políticos es que los animales son por naturaleza honestos y los políticos no.

Son capaces, estos individuos, de esperar sexenios —sus vidas no se miden en años, sino en sexenios o periodos— por la venganza y el revanchismo.

Pocas veces uno de ellos se aparta de los suyos pero, en casos extremos, es capaz de cambiar sus características raciales para unirse a otra especie y, ya corporeizado en ella, atacar ferozmente a su antigua progenie. El político es una especie que mantiene su estatus increíblemente polarizado, puede ser el más leal de los súbditos, pero también, el más cruel de los tiranos con los suyos cuando llega al poder.

El leif motiv de un político es la sobrevivencia de él mismo por encima de quien sea y de lo que sea; y aunque obedece a un cúmulo de rituales y parafernalias que le dan identidad como especie, fácilmente puede olvidarse de ellos si una presa nueva, otro territorio o un botín, parecen buenos o si prometen durar mucho tiempo.

Los investigadores no se ponen de acuerdo qué desata los mecanismos de transmutación entre los políticos, puede ser una especie de intuición natural que los hace prever cuándo el territorio o los recursos son demasiado pequeños para una población especialmente numerosa, o para saber cuándo uno de ellos se convirtió en un peligro para sus semejantes y sus intereses.

Otra cosa que causa sorpresa entre quienes los estudian es cómo, una especie tan belicosa al interior de sus organizaciones, ha podido sobrevivir a sí misma. Las luchas por el poder son sanguinarias y los que mantienen el liderazgo de las manadas pocas veces lo abandonan sin dar pelea, es más, algunos mueren en el intento por obtenerlo y otros tantos por defenderlo.

Aunque muchos estudiosos dan por hecho que esta especie no se parece a otras que existen en nuestro mundo, se han encontrado similitudes con algunas. Enumeremos: Las hienas, al igual que éstas, el político caza en manada, acosan a la presa hasta el desfallecimiento y luego se la comen hasta los huesos; lamentablemente en las peleas por alimentarse muchos de ellos salen heridos y/o resentidos por la repartición.

Los lobos; igual que en las manadas de éstos, entre los políticos hay un líder. Éste manipula a la manada y la impele a conseguir lo que él quiere —casi siempre más poder, más territorios, más dinero, etcétera—; si el líder es hábil repartirá de lo que consigan entre los miembros de cierta jerarquía, si no lo es, éstos serán sus principales detractores y conspirarán en su contra. Si no logran derrocarlo se irán con otra manada que los acoja o, en el peor de los casos, formarán la suya propia.

Los borregos; los políticos son entes gregarios que no pueden sobrevivir sin otros individuos, por lo mismo formarán rebaños inmensos que obedecerán al sonido de un cencerro, no importa que el que lo porte los guie a un desfiladero o a un prado de verdes pastos.

¿Hay que ser un investigador muy preclaro para saber todo esto? No, por supuesto, tan sólo se requiere de un poco de observación y de malicia para tratar de entender a una especie fuera de serie. Voraz y terrible, como un virus. Sobre todo en estos días de agitación política.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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