En bola

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El mexicano promedio es un ser chaparrito, medio apaleado por la vida que, en su memoria colectiva, tiene claro que en el pasado ha sido despojado y tratará, por eso mismo, de que no le vuelva a pasar. Es por eso que cuando un camión pasa los que estén en la parada aguardando por él se subirán todos aunque no quepan; no vaya a ser que nunca vuelva a pasar otro. Esto es una reminiscencia de cuando los tlaxcaltecas traicionaron a los aztecas aliándose con Cortés; pues los historiadores han puntualizado que si las etnias nativas hubiesen estado unidas, otro gallo nos cantara. Esto, con el tiempo, nos ha dejado la mala manía de que todo hay que hacerlo en bola.

“Juanito, ve por las tortillas”: gritará la madre al niño que juega con sus hermanitos en la calle. “Pero que me acompañe Pedro”, le contestará el chamaco. “Pedrito, acompaña a tu hermano por las tortillas”, recapitulará la madre. “Sí, pero que nos acompañe Chucho”. Y así hasta que se acaben los hermanos, o las tortillas en la tortillería.

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Niños montoneros by [ la qk ] (Cristina Merchán)

En bola es más divertido; puede uno ir platicando o jugando al bote pateado y si al primero se le pierde el dinero, es más fácil repartir la culpa entre todos. “El Chucho y el Pedro tuvieron la culpa porque me venían haciendo calzón chino, má”, dirá el posible acusado. En bola se le pueden tirar piedras al perro de la vecina y no sentirse culpable; en bola es más cómodo enfrentar a la pandilla de la otra calle sin sentirse cobarde si lo corretean a uno. La bola lo encubre todo, lo permite todo; es la aquiescencia del anonimato que borra la conciencia particular y la envuelve en la colectiva que, siempre, es más permisiva, más alcahueta y más solapadora. Ejemplo más ilustrativo no pudo poner el poeta español (ser conquistados por un pueblo proclive al montonerismo también influyó en lo mismo que les cuento) Lope de Vega: “… ¿Quién mató al comendador? Responden todos a una: ¡Fuente ovejuna señor!”. Y a ver, ¿háganles algo?

Uno solo no puede echar la clásica “bolita” (juego de origen desconocido que consiste en, entre muchos, sacarle pujidos, gases y el bolo alimenticio, a un “dude” echándosele encima), es más, solo ni sería bien visto gritarlo, todos lo verían a uno como si estuviera loco; en bola, en cambio, la “bolita” es un éxito social. Para todos, menos para el que está abajo oliendo las flatulencias, las propias y las que escapan de los aplastantes. Y si eso lo entienden bien los niños, cuando crezcan tendrán la coartada perfecta para hacer cualquier cosa sin sentirse mal, siempre y cuando, desde luego, sea en bola.

Es esta costumbre multitudinaria de hacer las cosas la que nos ha llevado al fracaso como país. Veamos por qué. Si uno camina, digamos por Enríquez al mediodía, y tira uno el papel envoltorio de una paleta de grosella, podrá sentir cierta culpa por hacerlo, pero si voltea alrededor y se da cuenta que hay cientos de no sólo envolturas de paletas de grosella, sino olotes, bolsas de “fitfurrais”, botellas de plástico, cáscaras de frutas diversas y papeles varios, entonces el sentimiento se disipará mágicamente ante la disculpa que todo lo justifica: Si todos lo hacen ¿yo por qué no? Esto en el caso de tirar basura que, aunque casi inocente, desencadenará otras actitudes que van desde pasarse un semáforo en rojo porque todos se lo pasan, hasta la de saquear las arcas de la nación, en el caso de llegar a una posición en la que pueda hacerse.

En bola - xalapo.comY si somos tan buenos haciendo todo en montón, ¿por qué no progresamos en montón también? Pues porque todo mundo está convencido de que cualquier cosa que sea positiva, y moralmente aceptable, si se hace en bola seguramente traerá consecuencias funestas para los participantes, ahí tienen a los Niños Héroes, a los Mártires de Rio Blanco, a los estudiantes del “68”, a las delegaciones mexicanas en las Olimpiadas, que nunca ganan; etcétera.

Así pues, si las pandillas tienen tanto éxito en nuestros barrios es porque pertenecer a una implica hacer todo como guajolotes —en bola—; si todos se pasan el reglamento de Tránsito por el arco del triunfo, por ejemplo, y si a todos nos vale sombrilla todo es porque andar y hacer las cosas en bola se justifica y se disculpa con el grito poco valiente, pero mexicanísimo, que dice: ¡No somos machos, pero somos muchos!

Aparte de concluir que en bola los mexicanos somos más valientes, o más convenencieros, también me he dado cuenta que en bola somos más marranos; rasgo descubierto en estas recientes fiestas guadalupanas, pues por donde los creyentes pasaron ni el pasto volverá a nacer de tanta basura que dejaron.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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