Esas mujeres

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Esas Mujeres - xalapo.com

De ésas ha habido muchas en mi vida, de esas mujeres —sin discriminación—. En su momento todas han llegado cuando más he necesitado de ellas; a todas he querido y no todas me han querido a mí —no al menos como yo quería que me quisieran— o cuando menos, me han respetado como yo a ellas.

Algunas cuando llegan son amables y hasta condescendientes; otras son remolonas y malmodientas; otras sólo vienen a lo que vienen y se van sin una sonrisa y, a veces, hasta sin avisar. He tenido de todas las edades (nunca demasiado jóvenes, jamás demasiado viejas) y cada una fue historia viva en mi vida. Siempre vienen cargadas de esperanzas, de expectativas muy altas para lo que yo he podido ofrecerles. Y no que no quiera darles lo que me piden, sólo que a veces la sociedad es muy escrupulosa en lo que algunas personas merecen de otras y, alguna vez, cuando he sido demasiado generoso, mis amistades me han recriminado mi desprendimiento.

—A algunas mujeres ni todo el amor ni todo el dinero… —me han dicho, mirándome con ojos rencorosos— ¡Cómo si alguno estuviera dispuesto a pagar lo que yo, tacaños hipócritas!

Y la expectación que siempre me ha causado la llegada de otra más me ha hecho olvidar, indebidamente, otros desengaños; he dejado de lado entonces: hurtos —desde las pocas monedas y los billetes tiesos de veinte que dejo, para mis tiempos de “vacas flacas” (a media quincena) en una azucarera vacía; dos cadenas de oro (que pagaba, en aquel entonces, en abonos) y hasta un french poodle con el que también, alguna cargó una vez, un septiembre borrascoso—;  malos modos —Yo sé que para eso me alquilo, pero de ahí a que le levante hasta los calzones mojados del baño… ¡nanay! —Me ha reconvenido alguna vez, una ingrata de ésas; y abusos, porque miren que tomarse mis cervezas el viernes, antes de largarse y no recoger los envases siquiera es un abuso, aquí y en China.

Ya de que se instalen a sus anchas —una vez que se sienten seguras de mi confianza—, se adueñen del televisor y sintonicen en él sus telenovelas cursis; o que infecten mi aparato reproductor —de sonido— con sus discos “piratas” de música, ¿grupera? (¿se toca a la grupa de un caballo, o qué?); le caigan a mi reserva de galletitas de chocolate —las que guardo en caso de depresión—; o que esculquen entre mis bóxers de manga ancha —los que sólo uso para dormir— buscando no sé qué ocultas señales de mi comportamiento sexual, mejor ni hablamos.

Todas lo hacen, ya me he acostumbrado; todas son irreverentes y metiches, todas se sienten dueñas y señoras de una casa que no es de ellas —y no, porque ninguna ha entendido que aunque sólo acabáramos juntos por conveniencia, yo no tendría corazón para pedirles que se fueran; y no, con la falta que hacen en mi vida—, pero a la que acabarán, tarde o temprano, dominando y dirigiendo.

¿Y qué les importa lo que mi pareja diga? Ellas, aceptando lo que yo sé que por derecho les tengo que dar, no deberían de entrar en controversias baladíes. “Es que su mujer (siempre lo remarcan, echándomelo en cara, con ese acento entre campirano y suburbial que todas tienen) esto o aquello”; “es que por todo me mira feo”, “es que se enojó porque usé de su crema” y así por el estilo, como si no hubiesen sabido a lo que venían; como si no estuviera marcado en su destino, por ser lo que son, el tener que compartir, con ella y conmigo —o con otra y otro… u otros— el mismo techo y otras cosas.

En fin, la vida es así, ya debería estar acostumbrado a sus desaires, ya no deberían de extrañarme sus ingratitudes.

Por eso en esta hora aciaga empiezo a escribir esto, al tiempo que reflexiono en lo que pasó con la última: “La que se fue” —que es como la llamaría José Alfredo (Jiménez, el compositor). Y mientras lo emborrono en las hojas de una libreta que encontré por ahí —creo que es el recetario de mi última mujer; ¡qué ironía!, en el libro de una mujer yo escribiendo de otra—, que es la única manera de exorcizar el sentimiento que me invade oigo un bolero, creo que de los hermanos Martínez Gil (mi vecina—una cincuentona melancólica— ya puso su tocadiscos a todo volumen otra vez; creo que peleó con el marido de nuevo) y sus notas flotan en el aire hasta mis oídos: “…Chacha, mi chacha linda…mi linda muchacha”… y más me acuerdo. ¡Sea por Dios!

Volteo al fregadero y un montón de platos grasientos se burlan de mi desgracia, veo el reloj y me doy cuenta que ya casi es hora de la comida y no hay una olla humeante en la estufa… como cuando ella estaba.

Miro la puerta de la cocina y me parece estarla viendo —con su caja de jabón Roma, amarradita con mecate de ixtle, su suéter verde chillón y sus pelos tiesos. Y hasta parece que la estoy oyendo decir, con su voz tipluda y su hablar como cantadito, aquellas palabras, las mismas que me tienen en este desconsuelo —Pus es que la mera verdad siñor, yo ya no me hallo; págueme usted mi semana y con su permisito…

Tenía todo, le di todo lo que pidió, hasta una televisión para ella sola; nunca la obligue a hacer nada que no quisiera; bueno… alguna vez que fue necesario sí… cuando lo del descuido ése que… ya ni acordarse es bueno. Total, una mancha en una camisa es sólo una mancha pero… había que quitársela y, ¡chingaos… era su obligación!

¿Por eso se iría? ¡Qué sentida!

¡Maldita sea! ¿Por qué no nací inglés? Los mayordomos deben de ser menos temperamentales que las criadas… “Chacha, mi chacha linda…”.

 

Alejandro Hernández Hdez.

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