Escuelas pobres, alumnos pobres y viceversa

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Mi ciudad es un polo educativo más por tradición que por excelencia. Es decir, no que no haya escuelas excelentes, sino que aunque hay muchas, éstas no significan el tan ansiado desarrollo cultural y educativo que proporciona mejores condiciones de vida para los alumnos.

En recientes días se llevó a cabo la preinscripción de los niños, que cursarán el primer año de kínder y primaria en todas las escuelas oficiales durante el próximo ciclo escolar, y algo que me llamó la atención fue ver cómo muchos padres de familia hicieron campamento, desde varios días antes, afuera de algunas escuelas para obtener lugar para sus hijos en ellas. Al investigar un poco descubrí que algunos de ellos no vivían cerca de los planteles escolares a los que querían que sus hijos entraran, sin embargo, el hecho de quererlos inscribir ahí no obedecía a que cerca de sus domicilios no hubiera escuelas, sino a que ellos presumían que el nivel de esas escuelas no era el adecuado. Uno aquí podría sospechar de que tal cosa no es cierta; es decir, todas las escuelas oficiales usan el mismo programa educativo, todos los maestros, se supone, trabajan con el mismo sistema y, por tanto, la educación debería de ser la misma en todos lados. Las estadísticas y recientes estudios les dan la razón a los padres de familia. El lugar, el entorno social y el nivel económico de la colonia en donde esté asentada la escuela, es determinante en su nivel educativo.

Esto sucede porque la escuela no es del todo el elemento de cambio que debería ser, porque no ha acabado de influir en el cambio de mentalidad social que se necesita. Hoy, los niños son los que llevan su realidad a la escuela y no la escuela su realidad a los alumnos.

En EE. UU. se aplican ya programas para que los niños de los barrios más pobres puedan estudiar en escuelas de barrios ricos. El estudio de la “Century Foundation”, divulgado durante un foro en Washington, sugirió que estrategias como las que utiliza el Condado de Montgomery, en Maryland —que implementó dar cabida a niños pobres en escuelas de barrios ricos—, están dando resultados prometedores y sirven de ejemplo para otros distritos aquejados de un bajo rendimiento educativo.

¿Es entonces, la educación, una cuestión de situación geográfica y/o económica? No del todo, sin embargo, los niños pobres que pueden estudiar en una escuela en un barrio con mejor situación económica que el suyo, descubren otra realidad y tratan de adaptarse mejor a ella, lo cual se traduce en aspirar a una mejor calidad de vida. Esto porque, probablemente, el entorno social de esos lugares también tiene un mejor nivel educativo, hábitos alimenticios más sanos y prácticas higiénicas mejores.

Para reforzar esta tesis me remito a la prueba SERCE, auspiciada en América Latina por el Banco Interamericano de Desarrollo, la cual dice que la relación entre el nivel socioeconómico de los estudiantes y el puntaje en la prueba de lectura de tercer grado es positiva y estadísticamente significativa. Los estudiantes pertenecientes a familias con mejor situación socioeconómica tienden a obtener mayores puntajes. A los resultados de esta prueba uno puede, sin el menor resquicio, agregarle los resultados de otras evaluaciones oficiales, aquí en México, y obtener conclusiones similares: los alumnos de escuelas pobres tienen resultados inferiores que los de las escuelas asentadas en lugares con mayores recursos económicos.

Así entonces, aunque en los sistemas educativos los estudiantes no están aislados sino que están agrupados en escuelas, una parte de las diferencias en el rendimiento en las pruebas puede estar  asociada exclusivamente a las características de los estudiantes —individuales y familiares—, mientras que otra parte puede ser atribuible a las características de las escuelas donde estudian.

Esto explica por qué en Xalapa las personas prefieren que sus hijos estudien en determinadas escuelas, aun y cuando les queden lejos del área donde viven. La cuestión no es, como se ha creído siempre, una cuestión de elitismo, sino un asunto de mejores oportunidades de desarrollo intelectual para los menores.

La solución gubernamental pareciera ser, entonces, que se destinen mayores recursos para equiparar las escuelas en un contexto de igualdad. Es más, quizá algo que ayudaría en gran manera a acabar con el rezago educativo sería implementar programas de intercambio en donde los alumnos de zonas marginadas y/o rurales —la Reserva Territorial o San Andrés Tlalnehuayocan, por ejemplo— pudieran cursar sus estudios en escuelas ubicadas en barrios de condiciones económicas más elevadas, en barrios residenciales o en el centro de Xalapa. Quizá eso serviría mejor para combatir la marginación y el subdesarrollo educativo que los programas de becas del gobierno, por decir algo.

Alejandro Hernández y Hernández

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