Frases célebres

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Cómo vivir en Xalapa

Frases célebres

Por Alejandro Hernández


Mi ciudad está llena de gente que para todo dice una frase célebre. Por eso he escrito hoy acerca del tema.

“Sólo sé, que no sé nada”; con esta célebre frase, se resume la más grande muestra de humildad científica o la más inteligente respuesta para ocultar que, en realidad, el que la dice no sabe nada. Como ésa hay miles de sentencias que han quedado en la memoria colectiva porque las expuso alguno que era inteligente o que tenía alguna virtud y que de vez en cuando los ilustrados —o los que quieren parecerlo, aunque no lo sean— sacan a relucir en reuniones y charlas de café.

El éxito social, incluso, estriba en aprenderse de memoria seis de éstas máximas y quién las dijo. Desde luego, también hay que tener el tino de “echarlas al ruedo”, pues nunca será bien visto que en una reunión familiar alguno, emulando al gran corzo, proponga un brindis diciendo: “Soldados, recordad que, desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”. Sobre todo si la reunión es por el cumpleaños de la suegra.

Muchos utilizan frases que aprendieron por ahí y repiten como mandamientos inventados por ellos. Pongamos por caso el siguiente: llega un chamaco con la trompa sangrante y los cachetes irritados porque le pegó el vecinito (que por cierto, tiene un papá que es boxeador profesional) a quejarse amargamente con su progenitor. Éste, valorando que con un poco de hielo la hinchazón pasará, pero sobre todo que la razón puede más que la fuerza de un bruto (el papá boxeador del vecinillo), perdón, que la fuerza bruta —y que la cara es más valiosa que la dignidad—, cuando el niño le acaba de contar que el bravuconcito lo dejó así por haberle él quitado su pelota, casi amoroso le dice, “hijo, recuerda esto que te voy a decir y no lo olvides nunca: el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y tantas veces lo oirá que, de grande, cuando pase enfrente de un busto del Benemérito reconocerá, con lágrimas en los ojos, que Juárez y su papá pensaban igual.

Sin embargo, hay otras frases igual de célebres, pero no por ello inteligentes, que todos hemos dicho. La escena es la siguiente: va por la calle un matrimonio, digamos de diez o doce años de casados, caminan juntos pero no revueltos, es decir: no tomados de la mano, no abrazados, etcétera (de todos es sabido que con los años se empieza a acusar cierto desapego). De repente la señora resbala —cosa extraordinaria en estas banquetas xalapeñas tan parejitas— y cae dramáticamente haciendo un ruido extraño —como de pantalón de mecánico azotado en el lavadero—; el marido, antes de levantarla, haciendo un sobrehumano esfuerzo para no reírse, dirá la frase ideal para este tipo de sucesos: ¡Pero vieja! ¿Te caíste?

Y como ésa, mil. Si alguien pierde su cartera, las llaves o alguna joya muy preciada; lo primero que se le dice, después de que nos lo comunica es: ¡No me digas! ¿En dónde?

Y si estos dos ejemplos, lejos de ser una muestra de lo que son las frases célebres, tristemente célebres, cabe agregar, parecen más una ofensa al sentido común, la que sigue no sólo lo ofende, sino que lo aniquila a base de pura estulticia.

Sale alguien de la oficina, se encamina a la parada del autobús y, de repente, con esa benevolencia que el clima xalapeño tiene, se le deja caer encima un remanente del diluvio universal, que además de mojarle (ala, costillar y rabadilla) le predispone a salir corriendo como loco (de niño pensaba que uno debía correr, cuando llovía, para mojarse mejor; después me explicaron que se hace para no mojarse, lo que nunca me dijeron es para dónde hay que hacerlo, porque de todos modos, corriendo o caminando, siempre me mojo igual); ya en la puerta de su casa, mientras se exprime los calcetines y la corbata en la entrada, sale a abrirle la esposa. Habiendo ésta constatado su humedecido estado (mediante exploración táctil y escrutinio visual) y, poniendo la misma cara que debió haber puesto Poncio Pilatos, cuando le platicaron lo de la ascensión del Altísimo, le dice: ¡Mi vida! ¿Te mojaste?

Lo malo no es la pregunta sino la respuesta, porque aún pudiendo contestar con la más célebre de las frases de un mexicano —la mentada de madre—, todavía le explica cómo es que se mojó.

 

Alejandro Hernández Hernández

motardxal@gmail.com

[alert type=alert-white ]Evidentemente, la frase de la imagen, nunca fue dicha por el Alcalde de Xalapa. Declaramos[/alert]


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