Gótica

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Gótica

Su piel de cirio de altar dejaba, a la luz del sol —que evidentemente le molestaba—, entrever los hilillos azules de las venas de sus brazos. Sus ojos eran negros, igual que su ropa, sus mitones de piel y sus uñas de muerta.

Siempre me he sentido atraído por mujeres que parecen enfermas: cuando niño, mi primera novia tenía unas misteriosas ojeras color violeta; la maestra me aclaró, después, que estaba anémica. En la secundaria anduve con una chica que no conseguía sostener las calcetas del uniforme en sus flacas pantorrillas y, en la preparatoria, mis amigos me decían el sepulturero; a mi novia de ese entonces le decían la difunta, era tan transparente y frágil como esta que ahora se encontraba sentada frente a mi mesa.

Parecía, no con ortodoxia, un miembro de esas tribus urbanas que sufren con la luz del sol y se maquillan con una máscara blancuzca para parecer vampiros. Era, digámoslo con palabras elegantes, una mujer de misteriosa belleza.

Las mesas del Café Cali, en el Callejón del Diamante, están tan juntas una de la otra que uno puede leer el periódico del comensal de enfrente, casi sin molestarlo. Ella leía la portada y la cuarta de forros del mío desvergonzadamente. Yo, para sorber mi expreso antes que se enfriara —y para satisfacer mi curiosidad, lo admito— bajaba el diario y aprovechaba para ver sus flacos brazos —que ella entrecruzaba sobre la mesa mientras me observaba, sosteniendo mi mal disimulada mirada—; acabé por sonreírle con amabilidad. Ella sólo me miró, como debe mirar alguien que está a las puertas del cielo… o del infierno y me dijo, a bocajarro:

Me prestas tu periódico —no como pregunta, sino como una orden perentoria disfrazada de fría urbanidad.

Claro —le contesté, y no me importó que todavía no lo acabara de leer— toma. Y le extendí la sección que sostenía en la mano.

No, lo necesito todo.

Le pasé el periódico completo y me quedé como idiota mirando cómo lo leía hasta que los cafés, el que tenía enfrente, y otros dos que pedí después, se terminaron. Ella, sosteniendo delicadamente las hojas con sus manos huesudas lo leyó como si fuera propio —pude ver que se detuvo largamente en los obituarios— y, una vez que terminó, lo dobló cuidadosamente hasta que quedó como cuando lo compré. Sacó de su bolso unas monedas, las depositó en la mesa, se levantó y con un aire de dama antigua inclinó su cabeza y me dio las gracias con los ojos; después echó a andar por entre los puestos de artesanías del callejón. Ni siquiera se tomó la molestia de darme el periódico en la mano.

Yo me levanté para seguirla, para reclamarle su mala educación, para pedirle su teléfono, para invitarla a comer o, si me lo pedía, para acompañarla a su cripta y recostarla en su ataúd.

La alcance cuando ya el ruido de la vendimia y los clientes de los cafés no eran más que un murmullo.

Oye, espera… —le dije entrecortadamente, pues caminó hacia la calle de Juárez y el callejón, para llegar a ella, subía. Volteó, se detuvo y me miró entrecerrando los ojos a la luminosidad, que acostumbran a tener las tardes largas de agosto aquí en mi ciudad. — ¿Te puedo acompañar? —Le pregunté a mansalva.

¿A dónde? —Me contestó.

A donde tú me ordenes… —le dije intencionadamente, pero casi me arrepentí cuando vi un brillo opaco en sus ojos de virgen de retablo.

Está bien, ¿traes auto?

Sí, está a unas calles.

Caminamos hasta él con diferentes sentimientos; ella, creo, con curiosidad y yo, con miedo.

Me dijo, una vez en el coche, que la llevara frente al panteón de la calle 5 de Febrero —que no recibe muertos desde el año 1975 y que está casi en ruinas—, su semblante se había vuelto triste y sus ojos reflejaban un gran pesar. La palidez de su rostro se había acentuado y yo, en silencio, me reclamaba mis atrevimientos estúpidos.

El tránsito era lento, pero sólo pude, durante los veinte minutos que hicimos para llegar, preguntarle su nombre. María Encarnación —me dijo— y me dio la mano en un “alto” de un semáforo. No me preguntó el mío.

Cuando llegamos a la entrada del panteón me pidió que me detuviera, el sol ya empezaba a ocultarse (temí que se desvaneciera delante de mis ojos… o que me arrastrara con ella a su tumba, lo admito).

Llegamos al fin… aquí es —me dijo apretando los labios en una rara mueca— te agradezco mucho haberme traído, aunque creo que te aburrí, no siempre soy así, pero es que algo me angustia.

Le iba a decir que se bajara ya, que me perdonara el atrevimiento y que, en realidad, no hablaba en serio cuando le dije que la llevaría a donde me ordenara pero un ruido extraño —igual que cuando alguien hace una trompetilla salivosa— me lo impidió.

¡Dios! —Exclamó nerviosa y apenada— voy tarde ya… padezco celiaquía desde niña y las harinas me provocan gases… tú comprenderás… qué pena, adiós… mil disculpas…

Se bajó apresuradamente dejando una estela irrespirable, dio vuelta por enfrente de mi auto y despareció por la puerta de cristal de un edificio azul —en la calle opuesta al panteón—. Afuera había una placa que decía: Dr. Fulanito de Tal, Gastroenterólogo.

No la he vuelto a ver y a veces, alguna tarde soleada de agosto, me acuerdo de ella; más aún si veo la manchita parduzca que quedó en el asiento de mi auto y que resistió, incluso, el cloro directo.

Alejandro Hernández Hdez., agosto de 2009. Xalapa Veracruz, México

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