Homus manifestantis

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Manifestaciones en Xalapa - xalapo.com

MANIFESTACIONES EN XALAPA


Mi ciudad, a fuerza de padecer lo mismo uno, y otro, y otro día, ya sabe conjugar en todos los modos y todos los tiempos el verbo manifestar. Yo me manifiesto, tú te manifiestas, él se… nosotros nos manifestamos y todos, los que no tienen otra manera de hacerse oír, se manifiestan.

Lo mismo da que el motivo sea una justa petición social o un desacuerdo casi “entre cuates” de un sindicato, una dependencia o una empresa; el chiste es manifestarse. El caso es apoderarse un momento de la democrática palestra política que es la Plaza Lerdo, encarar a un funcionario que, anónimo, verá (riéndose tal vez) detrás de los cristales de las ventanas a quién le grita asumiendo el papel de peticionario de las causas populares —justas o no, posibles o imposibles de cumplir— y que espera, optimista —o coludido—, la respuesta del cuasi todopoderoso que lo observa.

¿Y sirve de algo manifestarse?, ¿ejerce esta medida una verdadera presión sobre quien tiene la solución? La respuesta parece perderse, por el razonamiento que de ella misma se hace, en los ecos de los que gritan a media plaza, pero transfigurada en otra pregunta casi insondable: ¿Quién sabe?

Todos los días cientos —cuando no, miles— de personas, se manifiestan en las calles del centro de nuestra ciudad —capital de nuestro Estado, por desgracia— para demandar soluciones a la más variada gama de problemas.

Todos los días, las piedras de la Catedral Metropolitana y el Palacio de Gobierno —únicos testigos inamovibles de la necesidad de justicia que los veracruzanos tienen— guardan (si es que es verdad que las piedras guardan las energías del pasado dentro de sí) los lamentos y peticiones de miles de paisanos que exigen lo que, por justicia creen, les pertenece.

Son tantos los que lo hacen, tantas las veces que lo han hecho y tantas las ocasiones en que no ha servido de nada hacerlo, que las manifestaciones —y los manifestantes— han pasado ya a ser parte del cotidiano paisaje urbano.

Y ya no conmueven a los que los ven —si acaso alguno, contemplado como individuo y no como parte del colectivo que protesta, que de tan flaco y desamparado parece a punto del desmayo—. Sus causas ya no captan las simpatías de nadie pues todos, empeñados en sobrevivir en un mundo irónicamente lleno de gente, pero obligados a cumplir empresas en solitario, vamos por la vida mirando sólo la zanahoria que cuelga de un hilo enfrente de nuestros ojos.

Los manifestantes son ya parte del ruido sordo que la ciudad misma produce y un obstáculo, que se tiene que sortear del modo más rápido y eficiente, para llegar a donde está lo que “verdaderamente” importa, por tanto no crean empatía en la ciudadanía a la que le entorpecen sus cotidianas actividades.

Y aunque tal vez antes sirvieron porque fueron la voz colectiva de las anónimas, pero justas peticiones sociales, y fueron, también, inéditas e inesperadas, hoy ya no. Ahora sólo son una muestra de la incapacidad de un gobierno insensible, que en sus entramados burocráticos es incapaz de solucionar lo que por ley, y mandato cívico, tiene que solucionar.

Hoy sólo sirven, y en eso estriba su casi inútil permanencia, como un recurso —barato— para evidenciar, ya no al sistema mismo, sino al político o funcionario que lo representa.

Una manifestación de protesta, en el mejor de los casos, será la mano que cambiará el fusible que no deja funcionar correctamente el régimen, pero que no corregirá al régimen mismo, por muy corrompido que éste parezca.

Un manifestante es, entonces, sólo la muchedumbre sin rostro, el chillido sin voz y, en el fondo, la gritada esperanza de que su presencia y su enojo cambiaran —materializado en un terreno, una despensa o una beca— su endeble destino. Siempre y cuando, eso sí, la fe que en ello se tenga no esté comprada con una torta y un refresco.

¿Manifestarse o no manifestarse? He ahí el dilema.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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