La Calle Real

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La Calle Real


Mi ciudad tiene una calle principal que se llama igual que como se apellida: Enríquez; y nunca me hubiera imaginado que estar parado en sus aceras pudiera ser tan interesante.

Calle Real - xalapo.comSus democráticas banquetas de cantera, que antes fueron de mármol macheteado, más antes aun de cemento y, cuando fue calle Real, fueron de piedra calzada, se brindan prodigas al caminante. El humor y el presupuesto del alcalde en turno determinarán por donde andarán xalapeños y visitantes, a los cuales, sin embargo, parece tenerles sin cuidado en qué suelo pisan o pasan. Empero, los vaivenes de las caderas de las mujeres xalapeñas sí acusan recibo y cambian de ritmo obedeciendo al piso que pisan. Sus tacones y suelas suenan según el suelo que recorren; si es plano como ahora sus zapateos serán orgullosos, si es desigual, como en tiempos idos, serán cabizbajos y cautos para ver por dónde pisan y para no reposar en donde pasan las partes en que se posan. Igual que las mujeres xalapeñas la Calle Real es una provinciana voluble; para demostrarlo exhibe, aun siendo la misma calle, de un lado cinco cuadras y del otro nada más dos. En la parte que tiene más esquinas —pero no más metros— aparadores petulantes ostentan la última moda de quién sabe dónde; esto en las propias entrañas de un centro histórico rancio y tradicional que, como para no perder los modos con las modas, se refrenda a sí mismo con unos callejones que no han crecido ni un centímetro en cien años, con una catedral que no es lo que dice que es porque no cumple con el requisito esencial de tener, al menos, dos torres, tal y como lo manda la ordenanza papal, y con una plaza cívica que desobedeció a Fernando VII porque no cumple con su instrucción de: “…ser rectangular y con dos tantos de largo por lo que tenga de ancho”. En el lado de enfrente, sin grandes aspavientos, la otra mitad contiene un parque, un palacio, un pasaje, una plaza y un personaje popular: Juanote.

Enríquez - xalapo.comEn ese espacio, y en cuarenta minutos de observación vi lo que otros ojos, menos imprudentes, estoy seguro no han visto nunca.

Observé adustos funcionarios que caminaban encima de pedestales inventados e intangibles que sólo ellos veían; vi una rubia que desaparecía y aparecía, mágicamente, detrás de las cortinas de humo de los autobuses; niños remolcados por sus madres, veinte muchachas de dieciséis años que llenaron el aire de mocedades mientras pasaron enfrente de mi vida, sonriendo por todo y con todos; miré, también, catorce oficinistas en fila india arrastrando los píes; varios empleados con camisetas de logotipos petulantes y sin gracia; tres extranjeros sajones vestidos de jamaicanos; dos limosneras indígenas sentadas una enfrente de la otra, pero cada una en una acera y, como en un espejo, levantando la mano al mismo tiempo. Vi modernas ejecutivas cargando carteras enormes y bolsas con comida; empleados bancarios sudorosos, cinco fresquísimos boleros, cuatro vendedoras de lotería “para hoy” y una chica flaca en ropa deportiva, devorando una torta enorme sin arrepentimiento.

Enríquez - xalapo.comMil personas pasaron para un lado y para el otro, casi mimetizadas unas con otras, pero con diferentes brillos en las miradas. Vi, también, dos jóvenes andróginos y de ojos azulísimos, casi angélicos, que miraron curiosos mi curiosidad. Conocí a un tipo ebrio de licor —y de otros estimulantes— que se me acercó, aun en la bruma de su adicción cortésmente educado, para cambiarme un peso por dos, o más, sólo si yo quería desde luego. Observé en un lado de la calle gente esperando el autobús con la misma mirada de ilusión de quien espera el último tren; en el otro cinco personajes de alguna tribu urbana vestidos a la usanza cheyenne, o al menos eso me pareció; en una esquina una marimba, en la otra una estatua viviente; cerca de una columna un burócrata aburrido, atrás de él un estudiante divertidísimo y junto a éste una adolescente mirándolo con ojos de amor; un perro sin dueño, un dueño sin perro, una florista, dos carteros, un ciclista sin bici, dos policías… todo el mundo.

Y todo eso que vi, se los juro, pasa todos los días en Enríquez, nomás que a veces de atrás para adelante… o viceversa.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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