La condición necesaria para la paz es estar condiciones de iniciar una guerra

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La paz entre hombres que viven juntos no es un estado de naturaleza; el estado de naturaleza es más bien la guerra, es decir, un estado en donde, aunque las hostilidades hayan sido rotas, existe la constante amenaza de romperlas.

Immanuel Kant, La paz perpetua.

The chain of retaliation will be what truly binds this world together!

— Skull Face


Recapitulemos: entre estado y pueblo existe siempre –y probablemente seguirá existiendo– una relación vertical. El estado gobierna y el pueblo es gobernado. Quienes gobiernan, deben administrar, clasificar y controlar todos los recursos (naturales, económicos y humanos) a su disposición. Esta administración y control se rige por parámetros que los gobernantes se han construido acerca de qué es lo mejor para el pueblo, lo sepa o no, lo quiera o no.

Este «lo mejor para el pueblo» que se gesta al interior de cada gobernante, es una idea abstracta que refleja más sus afinidades personales y de clase que las numerosas demandas, muchas veces contradictorias, de quienes lo eligieron mediante el voto.

La ideología democrática tiene la delicadeza de admitir que no es perfecta. Ni lo son los proyectos de gobierno de los programas organizados en partidos políticos: aspiraciones y proyectos de una clase social privilegiada, líderes arribistas que anhelan que la revolución les haga justicia y, las menos de las veces pero quizá las más peligrosas, los ideales personales de hombres y mujeres con mejores intenciones que ideas. Para equilibrar el tablero político, la democracia creó el poder Legislativo, cuya función es hacer eco de las voces de distintos sectores de la población. Así, la voluntad popular quedaría «doblemente representada» en la farsa democrática.

Tales son las letras chiquitas del pacto social, mito recurrente en los discursos de nuestras democracias representativas, que puede deja de ser la peor de las imposiciones para convertirse en las reglas de un juego que debemos dominar para comprender que cualquier medio de protesta, especialmente la violencia, está lejos de ser el crimen autofágico que nos quieren hacer creer los ideólogos de la paz.

Aunque del pueblo puede emanar el Estado, este no es un espejo prístino en el que se refleja su voluntad, su ética o sus aspiraciones sino que, por el contrario, se convierte en una fuerza antagonista que emplea la violencia como divisa para proteger su legitimidad.

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Divisa es una palabra clave que hay que entender en el sentido más literal que nos sea posible, pues para que la vida social se desarrolle de una manera más o menos estable, es necesario que todas las fuerzas de todos los sectores de la sociedad encuentren un punto de equilibrio y para esto es necesario que cada quien negocie con lo que tenga: algunos con dinero y una ley que los respalde, otros con su influencia –para incidir en decisiones gubernamentales– y otros –los que no tienen nada con que negociar– con la violencia.

Para muchos, acostumbrados al canto de los teoristas de la democracia que insisten en el diálogo y el entendimiento, la idea del equilibrio de fuerzas políticas a través de la violencia suena escandalosa. Sin embargo, ha probado su validez en más ocasiones que las pintas ingeniosas, los círculos de oración y las peticiones en Change.org.

¿Qué hace que un cártel no invada súbitamente el territorio de otro?, ¿por qué razón alguien titubea antes de confrontar a quien lo injuria?, ¿por qué las corporaciones policiacas lo piensan dos veces al confrontar a un hombre armado pero no así a un grupo de ancianos que protestan pacíficamente en una plaza, exigiendo el pago de una pensión que en muchos casos significa la vida misma? La respuesta, esta vez, va más allá de la cobardía: se trata de la consciencia de que un decisión mal calculada va a desatar una situación que podrían no estar preparados ni dispuestos a afrontar.

Pocas veces esto ha sido tan claro como durante ese periodo tan ambiguo y frágil que fue la Guerra Fría: cuando Estados Unidos se hizo de una triada estratégica conformada por aeronaves capaces de transportar bombas nucleares, bases en tierra con la capacidad de lanzar misiles balísticos intercontinentales y submarinos nucleares armados con misiles atómicos. Estas armas estaban listas para ser usadas, aunque no se contemplara hacerlo.

Si la Rusia Soviética hubiese dirigido un ataque contra Estados Unidos, primero debía estar a la par en fuerza nuclear; segundo, debía escoger entre lanzar un ataque directo a territorio estadounidense o atacar un elemento de la triada estratégica –pues hubiera sido imposible hacerse cargo de los tres simultáneamente–; tercero, si territorio norteamericano o cualquier elemento de la triada estratégica hubiera sido atacado, los restantes se activarían, desencadenando una hecatombe nuclear que si bien no hubiera garantizado la victoria norteamericana, sí aseguraría dos cosas: la destrucción total del enemigo o, en el peor de los casos, la destrucción total de ambas potencias.

Bajo estas condiciones, sólo es posible una situación racional: tablas. Es decir, nadie gana. El tablero de juego permanece inmóvil, generando así las condiciones mínimas para el diálogo. Los artífices de esta teoría (Kissinger, Perry, Shultz y Nunn) la llamaron «la teoría de la disuasión».

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¿Por qué fue necesario llegar a este punto para que los líderes soviéticos y estadounidenses mantuvieran una relación cuando menos civilizada entre sí? O, aún más importante: ¿cómo fue posible este entendimiento a pesar de la desconfianza y competencia entre estos regímenes que aspiraban a conquistar el mundo? Fácil: el temor a la violencia se impone siempre sobre las diferencias; la promesa de violencia es el mantel en la mesa de diálogo. ¿Qué habría pasado si en la carrera armamentística alguna de las dos potencias hubiera quedado en el rezago? Uno se hubiera impuesto totalmente sobre el otro porque es bien sabido que en la guerra como en el juego uno se lanza con todo solamente cuando su ventaja es absoluta.

La primera objeción a la aplicación doméstica de la teoría de la disuasión es que esta doctrina no explica el mundo ni la tensión de sus relaciones políticas sino que debe su aparición a situaciones especiales, a estados de excepción en los que la amenaza, además de constante, es extranjera. La segunda, que defenderían sólo los ingenuos y los imbéciles, es que la posibilidad de un conflicto inminente no existe ya porque, afortunadamente, vivimos tiempos de paz y entendimiento, en tiempos de consenso democrático.

A la primera objeción, es necesario contestar de la forma más puntual posible: sin la Guerra Fría es imposible entender los postulados de la teoría de la disuasión. Pero ello no implica que esta teoría sea imposible de extrapolar a otros campos y otros tiempos. Así lo han hecho economistas, matemáticos y artistas de la estafa mediante la teoría de juegos. En abstracto y con algunas modificaciones en su lenguaje técnico, la teoría de la disuasión es aplicable a cualquier situación en la que la fuerza media entre las relaciones, como la que existe entre regentes y gobernados.

La supuesta extrapolación de un terruño discursivo a otro, nos la podemos ahorrar aclarando que, lo que funciona en la guerra, funciona en la política, pues una es la continuación de la otra (o, mejor dicho, la misma cosa con otros medios).

La política es guerra. Para el análisis y la acción es necesario partir de este axioma. ¿Qué otra conclusión podría seguirse después de demostrar que tanto el contrato social como los regímenes democráticos no son otra cosa que el resultado de la conquista ideológica de una clase sobre otra? Por mucho que lo parezca, esta conquista no es tan definitiva, ni tan trágica como se nos antoja a los dramáticos, pues la resistencia, que aparece en donde el poder se ejerce, hace que el lugar del vencido determine sus armas de batalla ¿Desde qué otro punto empezar a tejer y destejer nuestra crítica en un mundo en el que cada conquista política se hace siempre en detrimento del otro?

Basta con ver lo que ocurre alrededor de fenómenos de los que participamos todos o casi todos como, por ejemplo, el trabajo, en donde cada victoria laboral es una derrota patronal y viceversa. En estas condiciones de desigualdad pareciera que es imposible mejorar la productividad sin sacrificar la pensión, las vacaciones o la vida misma del trabajador. De la misma manera, pareciera que la estabilidad mental en el trabajo es inversamente proporcional a la productividad. Esta situación se plantea constantemente en cada territorio de la vida social bajo varias formas: ley contra libertad, seguridad contra privacidad, derechos contra privilegios, ustedes contra nosotros, los más contra los menos, una clase contra la otra.

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Sólo hay una vía hacia la justicia social, sólo hay una manera en la que los de bajo nos haremos entender y es la misma que evitará que el Estado no ordene, por ejemplo, golpear a ancianos que exigen el pago de su pensión o estudiantes hartos del acoso policiaco: que sepan que no tienen ya el monopolio sobre el uso de la fuerza.

Josué Castillo

Twitter: @tuvozesuneco

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