La habitación de Gregorio Samsa

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Gregorio Samsa - xalapo.com

He oído, detrás de mi puerta, que soy un fenómeno, tal vez hasta antropófago, o que quizá soy sólo un pobre loco. Lo que piensen me tiene sin cuidado (pero me hace llorar a veces, ¿los insectos lloran?) Casi no salgo de mi cuarto, pero no porque no me guste salir (antes casi nunca estaba en casa), sino porque detesto esa mirada que ya percibo hasta entre quienes más me han querido. Y aun con todo, no me molestaría que entraran. No encontrarían la pulcritud del Gregorio Samsa de antes, pero sí la quietud y la soledad que antes no tenía. Además, si lo hicieran, hallarían un lugar propicio para el encuentro consigo mismo. (Mienten los que aseguran que eso se hace en monasterios o iglesias.) Hasta mi padre admitiría que eso es verdad. Otra mentira grotesca es que yo, Gregorio Samsa, soy un insecto. ¿Repetiré otra vez que sólo lo parezco por fuera? Por lo que concierne a mi encierro, alguna noche he andado por los pasillos; si antes del amanecer regresé a mi guarida, lo hice por el temor que me infundió la cara de la mucama que, presiento, me espía; me aterra su mirada alargada por las ojeras, sus ojos son los de un búho que caza escarabajos nocturnamente. Ella no sabe el secreto de mi existencia, pero sé que lo intuye y, aunque tiene prohibido entrar a mi habitación, más de una vez la he descubierto abriendo un poco mi puerta. Lo de menos es dejar que me vea, pero no puedo fiarme de su reacción; los diferentes somos un peligro, semejante al que los iguales lo son para nosotros.

    El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre cucaracha o escarabajo u hormiga pueda significar para otros hombres; como los dioses, pienso que la esencia de cualquier ser está en lo que no se ve. Desprecios insensatos o el gesto de asco en su cara no hieren mi espíritu, ahora libre de atavismos humanos. A veces lo deploro, porque las personas están condenadas a la destrucción por su intolerancia.

    Contrario a lo que se pudiera pensar, no me aburro. Semejante al ratón en el laberinto del científico, asciendo por las duelas del piso de mi cuarto hasta caer en la pared, adolorido. Me escondo detrás del canapé, en un rincón o debajo de una mesa y juego a que mi hermana me busca como cuando éramos niños. Hay dinteles desde las que me dejo caer, hasta que de mis patitas sale un líquido viscoso. Todo el día puedo fingir que duermo, con todos mis ojos cerrados y mi respiración moviendo mi coraza. (A veces me duermo realmente, a veces hay paredes y techos acolchados cuando he abierto los ojos.) Pero lo que realmente me gusta es pensar en que soy el otro Gregorio Samsa. Finjo que viene el gerente a buscarme y yo le hago pasar. Con gran boato le digo: Ahora discutamos esos pedidos y embarques… o Ya verá cómo puedo caminar por la pared. Cuando me doy cuenta de lo que he dicho me río como de un mal chiste; él no, sólo me mira.

    No sólo hago eso, también he tenido tiempo para aquilatar mi habitación. Todas las paredes son la misma pared y cualquier lugar es otro lugar, todo depende cuántas vueltas dé por ellas. No hay casi muebles, una cama, un bol con agua, una escudilla con desperdicios; son cuatro paredes (y son un círculo) los muebles, cama, bol con agua, y, en el centro, la escudilla de comida podrida; este es el mundo. Sin embargo, gracias a mi nueva habilidad he trepado a la ventana y he visto la calle, y a lo lejos el tren. Esa máquina que viaja lejos, y que al final regresa al mismo lugar del que partió como las paredes de mi habitación, y he entendido lo que nunca entendí cuando iba a sus lomos (los caminos son infinitos). Todo está muchas veces repetido, pero dos cosas hay que parecen estar una sola vez: arriba, el suelo; abajo, el nuevo Gregorio Samsa. Quizá yo he inventado todo, hasta al antiguo Gregorio Samsa, pero ya no me acuerdo.

    Cada sábado entra en la habitación un hombre de bata blanca para que yo le diga que tiene razón cuando me explica lo que debo sentir. Oigo sus pasos o su voz en el principio de las escaleras y me arrastro a la puerta para esperarlo. La formalidad dura pocos minutos. El entra, me mira (atrás de él, mi madre llorosa y mi hermana entristecida me miran también), saca unos aparatos extraños y me toca con ellos. Yo lo miro ocho veces repetido. Cada uno es diferente; pero un día distinguí, de entre todos, a uno que profetizó, a las dos mujeres detrás suyo sin pudor porque que yo lo oyera, que el día de mi regreso está cerca. Desde entonces no me duele la oscuridad, porque sé que ya vengo en camino y la puerta de mi recámara se abrirá y saldré a tomar trenes y a documentar embarques. Si las pisadas de mis pies fueran lo suficientemente firmes, alcanzarían sus vibraciones a llegar a mis patitas y a mi vientre, yo percibiría mis propios pasos. Ojalá que cuando yo sea yo no me olvide de mí mismo ahora. ¿Cómo será mi regreso?, me pregunto. ¿Será imperceptible? ¿Será tal vez una posesión dolorosa? ¿O será que amaneceré un día siendo yo y ya no siendo yo?

    El sol de la mañana entró hiriendo la penumbra de la habitación. En el centro, una escudilla con podredumbre encubría, con su hedor, otra corrupción irrespirable.

— ¿Lo puedes creer? —Dijo el hombre de bata blanca dirigiéndose a Gregorio Samsa y tocando apenas, con la punta de su pie, un monstruoso caparazón vacío—. Era verdad.

 

Variación de un cuento de Borges

Alejandro Hernández y Hernández

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