La soledad

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…Después de la alegría viene la soledad
después de la plenitud viene la soledad
después del amor viene la soledad…
Mario Benedetti

La soledad es un misterio. Es ambigua e inexplicable como mujer en su menarquía, como la regla del fuera de lugar en el futbol o como discurso de político. No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Sentirse solo es mirar un atardecer y experimentar una terrible desazón; estar solo, en cambio, mirando el mismo atardecer puede ser una experiencia de meditación y encuentro con uno mismo reconfortante.

Los especialistas en cosas de la mente lo explican así: “Tres características definen la soledad: es el resultado de relaciones sociales deficientes, constituye una experiencia subjetiva ya que uno puede estar solo sin sentirse solo o sentirse solo cuando se halla en grupo; y, por último, resulta desagradable y puede llegar a generar angustia.”

La soledad patológica parece ser una cosa de neuróticos. Los que se sienten incapaces de establecer relaciones afectivas eficaces se piensan socialmente indeseados; la mayoría de las veces se muestran convencidos de que no resultan agradables para los demás ni dignos de ser queridos, por eso rechazan cualquier tipo de amigos potenciales en el afán de protegerse a sí mismos de un posible rechazo. Los solitarios por decisión se aíslan para meditar, para sentirse alejados del “ruido social”, para crear —literatos, pintores, etcétera, lo cual no deja tampoco de tener un cierto grado de neurosis—, para planificar o por el simple gusto de estar solos.

La época actual es un tiempo proclive a la soledad, una soledad por demás paradójica, pues nunca como ahora hubo tanta gente viviendo junta, ni tantas maneras y modos de comunicarse. Esta soledad moderna es la que nos ha hecho buscar el virtual acompañamiento que dan cosas como las redes sociales y los medios como el Internet. Gente sola, rodeada de más gente sola, “acompañada” de otros solitarios igualmente rodeados de más solitarios. Otro factor de las relaciones modernas, el miedo, contribuye también al aislamiento social. No son estos tiempos los mejores para establecer seguras relaciones sociales. Es lamentable admitirlo pero ya no sólo nuestros sentimientos peligran si nos animamos a entablar algún tipo de afecto con gente desconocida.

Aun así, creo, la soledad debe ser buscada en ocasiones como una forma diagnóstica de nuestra propia madurez emocional. Es decir, querer estar acompañado sólo por no poder manejar nuestra propia vida, o por sentirnos “seguros” —apoyados— ante el mundo, es tan lamentable como asegurar que se sabe nadar pero sin quitarse el chaleco salvavidas nunca. A eso se le llama dependencia y cualquier tipo de ella siempre resultará negativo.

La soledad debe ser una situación inevitable pero que hemos de convertir en algo transitorio y no forzosamente traumático. Todos deberíamos tener de cuando en cuando un poco de bendita soledad; momentos hermosos de reflexión, tiempos  sagrados para poder conocernos a fondo y para encontrarnos sinceramente con nuestra propio yo.

Hay un tiempo para comunicarnos y estar con los demás, tiempo que no siempre sabemos medir y que a veces alargamos indefinida, aburrida y terriblemente, y otro, que es un tiempo sacro de maravillosa soledad, que sirve para establecer contacto con lo más elevado y luminoso de nosotros mismos.

Sólo cuando en la más legítima de las soledades, la que uno busca sabiamente, nos hemos encontrado a nosotros mismos, es que podemos convertirnos en una buena compañía para otros; si no, sólo vamos a ser una soledad buscando a otra para, tristemente, terminar, ambas, más solas que antes.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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