La vendedora de luz

0
19

De la serie de entrevistas: Como mejor actor de reparto,

llevadas a cabo en el año 2005 en la ciudad de Xalapa.

Actualmente María del Pilar lleva a cabo su actividad

en el cruce de Murillo Vidal y el Circuito Presidentes

Ya es parte del paisaje, se mueve con dificultad, camina en círculos sin fin en un tramo del camellón de la avenida Américas, exactamente en donde hace esquina con la avenida Miguel Alemán; se llama María del Pilar Colonna, tiene 55 años, todos los pesares del mundo y vende cerillos para sobrevivir.

Su historia es como la de muchos paisanos que emigran a las grandes ciudades persiguiendo un sueño. Llegó a esta ciudad hace 20 años con su esposo. En una “combi” vendían ropa; la compraban en la ciudad de México y la revendían en varios lugares de la región. No sé si les iba bien o mal, doña Pilar es parca para hablar, todo su mundo parece girar alrededor de un pedazo de tubería que tiene que comprar, y de una zanja que tiene que hacer frente a su casa, pues van a pavimentar su calle y todos los vecinos tienen que cambiar sus instalaciones hidráulicas. ¡Es que no quiero que me dejen sin agua! —Me dice casi con desesperación—, si no hay ventas, ¿cómo le voy a hacer?

Me mira y en el fondo de sus ojos color miel solo se refleja la desesperanza. La invito a que nos sentemos en el quicio de un restaurante, ella accede recelosa. Bajo la sombra de un toldo con un anuncio de cerveza acomoda sus muletas; su pierna izquierda luce un vendaje mugroso, y una férula ortopédica le ayuda de mal modo a caminar. Sin mostrarme la menor confianza me contesta con una fría amabilidad que tiene tres hijos, dos mujeres, que la abandonaron a su suerte y que ni siquiera saben que convalece de una fractura múltiple, producto de una caída, y un varón que padece una enfermedad limitante que no le permite trabajar.

 Doña Pilar vive en el doce de la calle Xallapam, en la colonia Moctezuma, una de tantas colonias de la reserva territorial, justamente en una calle a la que la urbanización le hizo justicia y que, irónicamente, a ella la pone en una situación crítica, pues con sus modestos ingresos no puede solventar los gastos de una nueva instalación hidráulica.

En un camión que le cobra tres pesos llega todos los días a su área de trabajo. En una ajada bolsa de plástico de un supermercado transporta toda su mercancía: cinco o siete cajas de cerillos de madera y unas cuanta cajitas de chicles, en otra bolsita trae una receta de un medicamento que le sirve para controlarle la esquizofrenia paranoica que padece; cuando miro con curiosidad la caja vacía me dice, con desconsuelo, que aun le falta mucho para completar lo que cuesta la medicina. Me refiere que cuando no se lo toma todo le produce miedo, que llega a trabajar y que el ruido de los autos y los camiones le provocan una excitación nerviosa muy fuerte, entonces tiene que regresar a su casa y acostarse en un lugar oscuro para tratar de calmarse un poco.

Doña Pilar quedó viuda hace algunos años; en un trágico accidente su marido murió horriblemente prensado contra su propio vehículo, luego de que éste fuera impactado por detrás por un camión. El pobre hombre revisaba una falla mecánica y nada pudo hacer para evitarlo. No me dijo cuándo, ni cómo, se vio orillada a vender en las calles, sin embargo todos los días sale a buscarse la vida, mantiene a su hijo y le paga con grandes sacrificios sus estudios, me apunta que el muchacho está en un telebachillerato, que todavía debe la inscripción y que le hacen falta varios libros.

Doña Pilar recibe alguna ayuda de Caritas (Institución religiosa de beneficencia pública) sin embargo todo se va en medicinas y consultas.

Cuando insisto en preguntar por sus familiares sus ojos se pierden entre los autos y la gente que indiferente ni siquiera nos mira.

Es raro, en la calle todos somos como sombras, como meros fantasmas; en el transcurso de los minutos que he estado aquí sentado he visto pasar muchos conocidos en sus autos y ninguno ha reparado en que estoy platicando con doña Pilar en el quicio de un restaurante, es como si yo pasara a ser parte de la población habitual de la calle, no de los que pasan por ella, sino de los que viven en ella.

Al fin, esta mujer sudorosa y de andar difícil parece salir de su letargo; dice que una de sus hijas se fue a Los Mochis, Sinaloa, y que la otra está en Aguascalientes, que hace siete años no sabe de ellas. Me señala que tiene varios medios hermanos en la región de Los Tuxtlas, que son gente acomodada pero que, por viejos problemas familiares, no guarda una buena relación con ellos. Impaciente, doña Pilar me pregunta si tardaré mucho todavía, le contesto que no, seguro de que ya no hablara más. Se levanta apoyándose en mi hombro y se vuelve a sumergir en el mar de ruido de la calle, en el humo de los autos, en el sol del mediodía que cae a plomo sobre el pavimento y en la indiferencia de los automovilistas. Mientras le tomo unas fotografías a lo lejos, se da cuenta y se voltea hacia mí, alza una mano en señal de saludo, y por fin, me regala una sonrisa.

Ésta es pues, otra historia urbana; una más de soledad, de abandono, de carencias y de lucha diaria. Una fábula que lleva implícita una ironía cruel, pues ésta mujer, desde el fondo del pozo oscuro que es su vida, para sobrevivir vende pedacitos de luz.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios