Las actividades extraescolares

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Hace unos meses, un día, serían como las cuatro y media de la tarde, me encontré en la calle a un amigo; andaba con esa cara que pone uno cuando está haciendo tiempo —“haciendo tiempo”… ¿y qué comió antes, relojes? —, se notaba aburrido. Cuando le pregunté qué le pasaba me dijo que estaba esperando a que saliera su hija, de siete años, de la escuela. — ¿Está en el turno vespertino? —le pregunté—. No —me contestó— está en la mañana, sólo que un día a la semana se queda hasta las cinco de la tarde porque tiene clase de teatro.

Me despedí de él y mientras me alejaba me fui pensando en cuánto han cambiado las actividades escolares desde que transité por la educación básica. Es decir, yo llegaba a las ocho de la mañana a la escuela, salía a la una de la tarde y no volvía a saber de otra actividad escolar —u obligación extraescolar— que no fuera la tarea, y eso, si es que me acordaba que tenía. Hoy en día, en cambio, los niños entran a las ocho de la mañana, salen a las dos de la tarde, llegan a su casa y comen con prisa, se levantan de la mesa casi masticando y se ponen a hacer la tarea, apenas acaban tienen que alistarse para ir a clases de inglés, de taekwondo, de guitarra, de gimnasia, de natación o, como la hija de mi amigo, de teatro. ¿Qué vida es esa? ¡Pobres niños! Por eso ahora padecen enfermedades de adultos, pues viven estresados por tanta obligación.

Es como que si a usted o a mí, después de una jornada de diez o doce horas en el trabajo —quién crea que las jornadas laborales sólo duran ochos horas es porque es diputado— todavía nos pusieran a tomar clases de repostería, o de carpintería o de cualquier otra “ería”.

Será, acaso, que esto me causa grima porque me remito a las pocas actividades extras que tenía en mi infancia o será, tal vez, que como antes todo tenía un provincianismo romántico no precisábamos de tanta obligación. Los niños, en las tardes, jugábamos a la piedra cargada en la calle y ya.

Sólo allá de cuándo en cuándo, un maestro con iniciativa —que son los peores, porque ésta siempre obedece a un sadismo pedagógico frustrado— nos ponía una actividad extraescolar, que en aquel entonces se llamaba: “trabajo”. “Es que tengo que ir a hacer un trabajo”, decía uno cuando pedía permiso a su madre para salir de casa—.

Luego uno se veía en un parque con sus “compañeros de equipo” y todos, pero todos, llegaban tarde —antes no había celulares para llamarlos y saber si ya mero llegaban o para apurarlos—. Casi siempre en la primera cita no se concretaba maldita cosa; en la segunda, ya con el tiempo encima, se optaba por reunirse en una biblioteca —como no había Internet uno iba a leer y copiar todo de un libro—, si todo salía bien cada uno copiaba algo del tema y luego lo pasaba a máquina —Lettera 32 de Olivetti—, se juntaba lo de cada quien en un folder —con un broche “BACO” pues eran raras las engargoladoras— y se entregaba al otro día. Si todo salía mal, corrían a todos de la biblioteca por escandalosos y nadie entregaba nada.

Recuerdo, con especial interés, un “trabajo” de la secundaria. Había que, en equipos de seis, anestesiar un pollo, abrirlo y, luego de ver cómo le latía el corazón y se le inflaban los bofes, asesinarlo en la mesa de operaciones —el lavadero de la casa de alguien del equipo. Una vez muerto el infeliz había que hervirlo, después quitarle toda la carne para, al final y en el colmo de la perversión, pegar uno a uno todos los huesos para hacerlo parecer un fósil de museo. Esta actividad valía cinco puntos para el fin de semestre de biología y servía para aprender los secretos de la vida… de la vida de un pollo. Nuestro equipo, la pura escoria del Segundo “F”, turno matutino, hubo de necesitar, para esos cinco puntos, tres pollos, un muslo, un ala y un huacal.

Con el primer pollo todo salió más o menos bien salvo dos cosas: cuando fuimos a comprar el éter a la droguería el frasco se abrió en el camión y dormimos a la mitad de los pasajeros, y que el pollo se nos despertó a media operación —recuérdese que había poco anestésico— y voló con las tripas de fuera. Murió de un garrotazo que le echó a perder la cabeza y la rabadilla. Compramos otro que se hirvió según las instrucciones del maestro, pero la mamá del que prestó la casa, sin saber que lo que se enfriaba en su olla molera era un experimento científico, le dio la mitad al perro cuando, el anfitrión y el resto del equipo, habíamos salido a hacerle ojitos a una de sus vecinas.

El tercer pollo se preparó en otra casa, pero el gato de una vecina se embuchó un muslo, un ala y el huacal; la madre del compañero responsable —práctica y ahorrativa— los compró, como si fueran refacciones, en una pollería. Cuando armamos los huesos descubrimos que los de repuesto eran de un pollo más pequeño. El esqueleto nos quedó como si el pobre animal hubiera sufrido de poliomielitis. Nos pusieron los cinco puntos de lástima.

Todo esto fue tan sanguinario que comprendí por qué, un alumno haciendo una actividad extraescolar y un mafioso asesinando a un rival, dicen en sus casas cuando salen, “ahora vengo, voy a hacer un trabajo”.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com

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