Las promesas de campaña

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Las promesas de campaña

Cómo vivir en Xalapa. 

Mi ciudad ve, en estos tiempos de turbulencia electoral, cómo los políticos de todos los partidos se desviven en promesas y ofrecimientos. Muchos de ellos imposibles de cumplir.

Las campañas políticas en México, dejando de lado lo que nos cuestan, tienen dos problemas fundamentales: que en ellas los candidatos hacen muchas promesas y que existen muchos ingenuos que se las creen.

Es esto, quizá, un problema inherente a nuestra genética, a nuestros antecedentes culturales, a todos los descolones que hemos padecido históricamente y que nos han convertido en un pueblo esperanzado y hambriento de justicia, o, a todas esas cosas juntas. El caso es que cuando los aztecas fundaron la gran Tenochtitlán lo hicieron ilusionados en una promesa de sus dioses: que vivirían en una ciudad extraordinaria que fundarían en donde encontraran un águila parada en un nopal devorando una serpiente. La promesa, en este caso, sí se cumplió, pero al correr de los años tal promesa, más que una expectativa positiva, ha sido como una broma pesada en la que la tierra prometida no era tierra, era un lago y todo lo que está encima de él se está hundiendo inexorablemente.

Esa misma ironía han tenido otras tantas promesas, hechas por más entes divinos y por otros, pasados de terrenales. “No se entristezca tu corazón ni te llenes de angustia. ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?”, le dijo la virgen de Guadalupe al representante de todos los mexicanos: Juan Diego; y luego dejó que pasaran sobre nosotros siglos de opresión, vejaciones y sufrimiento. Maximiliano prometió un imperio justo y no pudo cumplir lo prometido porque lo fusilaron; Porfirio Díaz prometió un país moderno y acabó creando un feudo particular; los que iniciaron la Revolución y lo derrocaron prometieron igualdad y justicia y no cumplieron porque los mataron; los que los mataron también prometieron cosas parecidas y tampoco, y los que mataron a los que los mataron también lo hicieron y menos cumplieron. El discurrir histórico ha sido, como se ve, un eterno prometer; lo sorprendente no es que alguien nos prometa algo sabiendo que no va a poder cumplirlo, lo extraordinario es que nosotros —el vox populi— les creamos.

Tomemos como ejemplo las campañas políticas que ahora padecemos, perdón, que ahora presenciamos. En ellas, aspirantes a diputados y a gobernador, se desviven prometiendo el oro y el moro a quien quiera oírlos —o se vea acarreado y obligado a hacerlo—. Todos dicen que mejorarán los salarios, que promulgarán, crearán y votarán leyes justas y reivindicadoras para todos, o, quizá más simple, pero más tangible, que pavimentarán una calle, harán un drenaje o construirán un puente. El prometer no empobrece, el dar es lo que aniquila, dice el dicho, y haciendo oídos a él los candidatos de todos los niveles se desviven prometiendo y ofreciendo de todo y para todos. Y ya encarrerado el gato… dicen por ahí, los aspirantes a diputados, cuyo único deber e injerencia será crear leyes y modificar para bien las que ya existen, se ponen a decir que pavimentarán calles, que harán drenajes o que darán seguridad a los que por ellos voten.

Si los ciudadanos fuéramos sensatos y reflexivos enseguida nos daríamos cuenta de que, por mucho que estirara el presupuesto el candidato que ganara, no le alcanzaría para pavimentar todas las calles que anduvo prometiendo que pavimentaría —es decir, todas las que no están pavimentadas en cada una de las colonias que visitó—; así mismo, no podría poner drenaje en todos los lugares en que lo ofreció porque el presupuesto es poco y los pedinches son muchos.

Sensatez y mesura en sus promesas es lo que deben exhibir quienes ahora contienden por algún puesto de elección y, por el otro lado, los ciudadanos tendríamos que empaparnos un poco más en los temas políticos actuales, conocer lo que cada uno de ellos promete y qué tan viable es de llevarse a cabo. Si lo hiciéramos dejaríamos de oír cosas como la siguiente:

—Si votan por mí construiré escuelas, carreteras, parques, industrias, un puente…

—Señor… señor, aquí no hay río…

— ¿Ah no?… entonces, y nomás pa´ que vean qué tal soy de chingón, construiré un río pa´ que pase debajo del puente, y le pondré en la orillita unas piedras boludas y lisitas pa´ que laven las mujeres y no les maltraten los calzones, construiré un…

 

Alejandro Hernández y Hernández

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