Medias negras

0
39
La vi en un paso cebra toreando con el bolso a un autobús,
llevaba medias negras, bufanda a cuadros, minifalda azul.
Joaquín Sabina

Cuando la vi ella se bajaba de la acera sin precaución y toreaba “con el bolso a un autobús” —el que yo manejaba—; ebria de copas, de las que se resisten a disiparse con el sol azul de los amaneceres invernales, no pudo hacerle la manoletina, pero yo sí pude hacerle el quite a su figurita de mariposa nocturna y sólo la empujé levemente con la defensa. Paramos en el hospital los dos. Ella porque de todos modos se golpeó su hermosa cabeza de hidra contra el pavimento, y yo porque una vez que la vi tendida en la calle no quise separarme de sus manos.

— ¡Pero qué susto me has dado! —Le dije cuando despertó, cinco eternas horas después.

— ¿Quién eres tú? —Me preguntó con una voz de vidrio molido, que sonaba a francés mal aprendido, mientras me miraba con sus ojos de prostituta virginal.

No necesité más que eso para saber que en alguna vida anterior también la había atropellado, la había visto tendida en el camino y me había enamorado de sus ojos apenas despertó. Ella no se enamoró de mí, ni antes ni ahora, pero le atraía mi modo de decir su nombre. Después de que pagué la cuenta del hospital nos fuimos a vivir a mi departamento.

Decir que fuimos muy felices sería decir mentiras por ella y creer que la felicidad es un sentimiento que puede durar cuando menos tres semanas seguidas; sin embargo, sí, fuimos muy felices: yo por tenerla y ella mirando cómo era feliz viéndome en sus ojos.

Nunca tuve antes una mujer así, nunca sin haber abierto mi cartera, era rubia, joven —casi ilegal— y cuando me miraba me roía el alma. En los lánguidos momentos de hastío, después de hacer el amor, me contó que había nacido en un puerto de pescadores. Su padre salió un día a pescar y nunca regresó; su madre, cuando ella cumplió doce años, la vendió por mil francos a un capitán francés que tripulaba una barcaza oxidada en la que transportaba inmigrantes coreanos. El galo, después de que la desvirgó en el único hotel de un puerto de traficantes, se emborrachó durante dos semanas seguidas hasta que se ahogó con sus propias execrencias. Ella quedó libre, hermosa y precoz. Cuando se dio cuenta de ello aprendió a venderse para sobrevivir.

Después de tres semanas de desahogos, en las que yo le dije que quería ir a Cancún —y también que tenía algo de dinero ahorrado para el viaje—, y ella me confesó que nunca se había enamorado, le pedí que se casara conmigo. Si algo sincero demostró, hasta ahora lo entiendo, fueron las dos únicas lágrimas mordaces que limpió con coraje apenas hubo dicho que sí.

Renuncié al trabajo, del cual de todos modos me hubieran echado, porque el día del accidente dejé abandonado el autobús con todo y pasajeros para subirme a la ambulancia que la levantó; y empecé a planear un futuro para ella conmigo. En él los dos, cada año, íbamos a tirar un ramo de flores al mar de su pueblo en honor a su padre, ella perdonaba a su anciana madre por su pobreza y su ambición, yo olvidaba su pasado antes que ella y luego vivíamos felices por siempre.

Cuando hicimos planes para irnos de luna de miel abrimos una botella de vino barato y “a la segunda copa, — ¿qué hacemos con la ropa?, —preguntó. Y yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer, del cuello de una nube aquella noche me colgué.”

Esa fue la noche más feliz de mis vidas, de la anterior en que la atropellé y de esta en que la volví a atropellar; después de embriagarnos hicimos el amor —literalmente, lo reinventamos—; luego ella se durmió y yo lloré hasta que me quedé dormido acariciando un tatuaje de sirena en su espalda.

“Estaba solo cuando al día siguiente el sol me desveló, me desperté abrazando la ausencia de su cuerpo en mi colchón. Lo malo no es que huyera con mi cartera y con —lo del viaje a Cancún—,
peor es que se fuera robándome además el corazón.”

Ahora, cuando en las noches me duermo abrazando la bufanda de cuadros que ella olvidó en el buró, sólo de una cosa estoy seguro, soy tan patético que si no hubiera nacido seguramente Joaquín Sabina hubiera escrito mi historia en una servilleta de papel en la barra de algún bar.

 Hernán Dumás, abril de 2010

[embedvideo id=”-XXokjC5Fts” website=”youtube”]

Comentarios

comentarios