Mi breve vida como expedicionario

0
57

Hay quien nace para una cosa y quien nace para otra; la vocación que motiva a ambos es un conocimiento que, si se asume a buena edad, puede marcar el camino por dónde se ha de dirigir y, quizá, traer consigo el éxito y la realización personal. Esto se aplica tanto en el ámbito profesional como en el recreativo. Así como hay quienes descubren desde chavalillos que quieren ser doctores, los hay quienes encuentran un hobby que no abandonarán jamás. Hoy hablaré de esto último en base a una experiencia personal, pero no les contaré para lo que nací sino para lo que no naci.

“¡Yo no nací para ser un pinche excursionista!”: fue una frase que dije cuando tenía doce años y estaba asesando a mitad de una barranca en las faldas del Cofre de Perote, llevaba caminando cuatro horas con una mochila al hombro, siguiendo una sinuosa vereda que alguien había trazado buscando que ésta pasara por los lugares más pedregosos, por donde hubiera más nopales y por donde no hubiera ni un matojo a cuya sombra se pudiera descansar.

Pero empecemos por el principio. Año de 1977, tal y como dice el corrido, presente lo tengo yo. En aquel entonces era un imberbe estudiante de primer grado de secundaria y me quería atragantar de mundo y de aventuras, por lo que cuando alguien me dijo que en la escuela se estaba organizando una excusión de dos días al Cofre de Perote inmediatamente me apunté. Como nunca había hecho algo parecido no tenía ni el calzado ni el equipo necesario; conseguirlos, sin embargo, fue más sencillo que sacarle el permiso a mi madre. Tras horas de ruegos, amenazas y berrinches obtuve, no sólo su consentimiento sino también su cooperación para preparar todo lo que necesitaba para mi épico viaje. Dos días antes —un jueves— de la salida, ya me tenía la mochila perfectamente avituallada. Como siempre había confiado en su previsión y sensatez no la revisé, incluso, no dije nada cuando el mero día de la salida todavía le puso, hasta encima, un bolsa con tortas, quesadillas, tacos y otras provisiones.

Ya con todo listo, el sábado a las seis de la mañana me dirigí, junto con un amigo que había “encampanado”, a la terminal de los AU (Autobuses Unidos) —y “totoleros” por antonomasia—que en aquel entonces estaba en la avenida Revolución. Ahí estaban ya unos treinta impetuosos adolescentes que cursaban dos grados más que nosotros y que, cuando llegamos, se nos quedaron viendo con cara de “¿Y ora estos pinches mocosos ‘caguengues’ qué?”

A las siete con cuarenta y cinco minutos, ya en las afueras de Perote, nos vimos apretándonos las agujetas de las botas, asegurando los cinchos de las mochilas y tiritando como condenados por el frío que hacía. En ese momento empecé a sospechar que algo no iba a salir bien. Mi mochila era como dos veces más grande que las de mis compañeros y yo, que vine a crecer hasta que salí de la prepa, cuando me la eché a la espalda tomé la patética forma de un caracol. Mi madre, precavida como era, había presentido que tal vez nos perderíamos durante tres meses y le había puesto alimento y abrigo suficientes para sobrevivir —yo y cuando menos doce compañeros— durante todo ese tiempo sin pasar ni hambre ni frío.

Los primeros kilómetros fueron un suplicio para mis hombros. Para el segundo descanso ya había regalado ocho tortas de jamón, doce quesadillas, cuatro latas de sardinas, quince bolsitas de Kool-Aid, de sabores varios, un kilo de moritas —dulces muy populares en aquel entonces— y un sartén de hierro colado, que mi madre me había puesto por si teníamos que cocinar un búfalo o algún otro animal igual de grande.

Después de cuatro horas de caminata la peña del Cofre seguía viéndose igual de lejana y yo y mi amigo, el pobre al que había “encampanado”, nos ahogábamos por la altura y la falta de oxigeno en medio de una nopalera. En ese punto y al borde del desfallecimiento fue cuando dije, más bien lo declaré como un principio que regiría toda mi vida futura: “¡Yo no nací para ser un pinche…!” etcétera.

Para cuando logramos llegar mi amigo y yo éramos la viva imagen de “Los sobrevivientes de los Andes” y todos los demás, que ya habían levantado sus casas de campaña, nos recibieron, unos burlándose y otros sorprendidos, con gran bulla porque no creyeron que fuéramos a aguantar.

Algo, sin embargo, valió la pena en ese viaje, jamás he visto un cielo más hermoso y lleno de estrellas como el de esa noche; las constelaciones, las galaxias, las nebulosas y mil estrellas fugaces estaban a una estirada de mano nomás. La grandeza de la Creación, representada en miles de luces, hizo el milagro de que se me olvidaran, el frío, el cansancio y el dolor en los píes.

El domingo en la tarde, cuando llegué a la casa y me preguntaron cómo me había ido, dije: “¡Maravillosamente!” Luego me fui a mi cuarto y eché al cesto de la basura las botas y la mochila y me tumbé a dormir durante 20 horas seguidas

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios