O mio babbino caro

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O mio babbino caro


Idonia Burkhard era una mujer aria hasta las uñas, hija de padres germano-estadounidenses. Sus abuelos habían salido huyendo de Alemania en 1948. Su abuelo, doctor por la Universidad de Berlín, se opuso valientemente a la aberrante praxis reproductiva del Tercer Reich y se ganó la “cordial” persecución de la Geheime Staatspolizei (Gestapo).

Tenía los ojos azules, hermosas caderas, manos cálidas y, de no ser por ciertos credos radicales, pasaría, en el Saint Joseph Hospital de Los Ángeles, por otra doctora estadounidense más.

Sus padres y sus abuelos habían muerto, los primeros de diabetes, los segundos de nostalgia. Vivía sola y era tan selectivamente sociable como incorruptiblemente profesional. Jamás le vieron salir con afroamericanos, judíos o mexicanos; pero tampoco, nadie la vio negarles una consulta. En esa babel enorme hubiera sido imposible no tratar a uno alguna vez.

Amaba la ópera, pero su melomanía era casi intransigente y prefería piezas de autores alemanes antes que de cualquier otro. Ante la dificultad de encontrar salas con programas puramente tudescos prefería quedarse en casa, los viernes en la noche, para oír las nueve arias de Händel, saborear un dulzón Lorcher Krone y recordar a su abuela, una matrona alta y de senos generosos que presumía de haber vivido en uno de los centros Lebensborn del Fuhrer; que abandonó cuando conoció al abuelo y se dejó persuadir por sus ideas.

—Nunca perviertas nuestra raza, es lo único que nadie te podrá quitar. Le decía, cuando niña, y la sentaba en sus rodillas para cantarle el Horst Wessel Lied, bajito, para que nadie se diera cuenta.
Idonia creció coqueteando con el humanismo de su abuelo —que despotricaba contra la intolerancia cada cinco minutos— y evocando un mundo —de hombres y mujeres perfectos— que no conoció más que por las charlas de su abuela. Sus padres, demasiado ocupados, les confiaron su crianza sin cuestionamientos.

En la escuela y en la universidad pudo proteger el legado de su abuela a pesar de la variedad de pieles, colores de ojos, texturas de pelo y desórdenes de ideas y creencias. En el trabajo lo único que la protegía de la segregación —irónica por ser practicada por los que la repudiaban— era su profesionalismo y su sonrisa de luz.

Pedro Rempel era hijo de inmigrantes mexicanos, trabajaba —aunque nunca la había visto— en el mismo hospital que Idonia. Se tituló como médico gracias a la tozuda voluntad heredada de sus antepasados menonitas. Era alto, tenía los ojos azules —de los “alteños entrones y aguantadores” que describiera Juan Rulfo en alguno de sus cuentos— y la piel morena de su madre, descendiente directa de una emperatriz zapoteca, según una copla que la abuela de su abuela le había cantado —cuando niño— en lengua mixe.

Gustaba de la ópera porque un día su padre, pizcador de algodón, le dijo que eso oía la gente culta. Entendía nada de las piezas alemanas, lo mismo de las italianas, pero prefería estas últimas y, como con los cantos de su tatarabuela, no comprendía las estrofas pero intuía los sentimientos de sus notas. En sus ratos libres era un activista por los derechos humanos y cada cinco minutos despotricaba contra la intolerancia.

Las historias humanas son, contrariamente a lo que muchos piensan, cuentos lacrimosos y cursis de princesas y caballeros andantes, escritos en el papel de la providencia con la tinta de la casualidad. Idonia Burkhard y Pedro Rempel eran, también, vecinos en el mismo edificio y sus ventanas estaban en la misma pared.

Una noche de viernes, mientras María Callas por vanos amores amenazaba con arrojarse al Arno, él, recargado en el antepecho de su ventana, miraba la quietud de la calle. Ella, atraída por el O mio babbino caro, que interrumpió la filigrana vocal de Almira y el vino de sus noches de soledad, asomó a la propia. Ahí se vieron y días después, al encontrarse en uno de los pasillos del hospital, entendieron su destino.

¿Se enamoraron? No lo quise averiguar; la ópera me viene mal y no comulgo con los que caminan por el pentagrama de sus partituras. Prefiero, para escribir historias de amantes, el rasgueo lánguido de un blues rasposo, tocado con el borde filoso de una lágrima adolorida.

Alejandro Hernández y Hernández

 septiembre de 2009. Xalapa Veracruz, México

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