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Quiero dejar el optimismo para gente más joven, para los que no han sufrido las decepciones, los reveses, los que no han olido la podredumbre del amigo, la decadencia del ser humano, el fracaso de nuestros padres.

Quiero dejar el optimismo para aquellos más viejos y más sabios que yo. Para los que han abandonado la esperanza en la humanidad, los que han experimentado la pérdida, el olvido, la humillación, el odio al mundo, todo lo que no se puede expresar con palabras y se traduce en un corazón podrido.

Este es un texto pagado por comentarios omitidos, por sentimientos reprimidos, por venganzas merecidas no cobradas, lleno de malos augurios, de cielos grises, de recuerdos de tiempos mejores, de malas despedidas, de frustraciones, de falsa paz.

Quiero hablar del abismo. Aquello que muchos hemos contemplado, eso que algunos han visto lo suficiente para que los vea de vuelta y cuyo contenido los aterra, no los deja dormir en paz, los persigue a cada paso que dan, cada sombra que los cubre les recuerda el precio de haber visto demasiado.

El mundo cotidiano, la vida diaria, los amores “eternos” no son más que meros distractores de aquello que en verdad importa: el escalofrío que recorre la espalda cada vez que nos vemos al espejo, cada vez que un gato nos mira con detenimiento, cada vez que estamos solos en medio de la noche. Ese terrible miedo primigenio, miedo que deberíamos respetar más, que no deberíamos perder nunca. La conquista del mismo es un engaño. Es una mentira que nos decimos hasta creerla.

Al miedo no le importa, pues nos esperará hasta que seamos viejos y débiles, y será entonces cuando nos cobre la cuenta de tantos años de felicidad.

No hay nada mejor que ver cómo se extingue la vida, cómo es que a esa paz, a esa vida larga y plena la va sustituyendo un sentimiento de desesperación, de asfixia, de horror, de sufrimiento. Al final solo quedan tinieblas. Al final del día no hay nada, nadie. Sólo nosotros y la incesante oscuridad.

Nunca olvido el mundo blanco de Saramago, la suciedad, el caos, el asco en mi garganta, la náusea, el rechazo a mi propia especie. Un libro de tenebras. Con páginas escritas por Reygadas, por Sainte Colombe, por Pärt, Beksinski o tantos otros afortunados seres a los que se les permitió un atisbo a la cruda naturaleza humana, a la tripa de la sociedad.

Escribir esto dista mucho de dar placer, uno no piensa en consentir a la gente, en ensalzarse y llenarse de gloria, esta es la clase de escritos que se deben hacer con sangre, pues cada letra debe doler, cada frase debe pagarse con el sufrimiento propio.

Y si es que una moraleja puede sacarse de aquí, por retorcida que sea, es que nunca hay que esperar que el más callado del grupo diga lo que piensa.

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