Para muestra, un botón

Para muestra, un botón

Por Alejandro Hernández


Muchas veces me he preguntado por qué, habiendo tanta escasez, necesitando tanto de un empleo seguro y teniendo tantos compromisos económicos, la mayoría de los ciudadanos de medio pelo no le ponen la atención necesaria y el debido cuidado a su trabajo. La anterior duda me surge a raíz de algunos encuentros desafortunados con empleadillos de poca monta, que pese a tener esta categoría tienen, también, la enorme responsabilidad de ser la cara de una empresa, aunque desde luego esto ellos, ni el patrón que los contrató, lo saben.

Para efectos meramente demostrativos les contaré una, llamémosle, anécdota mercantil que ilustrará este artículo. Pues bien, sucede que un día, mi mujer, que habiéndose comprado un saco en una tienda departamental, y habiéndosele perdido a éste un botón, me manda, bueno, me pide que cuando vaya al centro le compre el botón faltante. Voy pues a una mercería, que es el lugar donde se venden botones y no mercedes como lo pensaba en mi infancia primera, me meto en una que se encuentra enfrente del mercado Jáuregui, llego a un mostrador lleno de cualquier cantidad de cachivaches y me dirijo a un grupo de empleadas que, animadamente, charlan del novio de una de ellas, que según lo que alcancé a oír se llama Juan y le dicen el Cachuchas, les pido, en el tono de los que mandan a las mercerías a comprar botones a fuerza, uno como el que llevaba de muestra, ellas me miran dubitativamente, examinan cada uno de mis rasgos, que de seguro no tienen nada que ver con la fisonomía de los que todos los días entran en esos establecimientos a comprar botones; una se desprende del grupo, recelosa mira el botón que, enhiesto, le enseño, lo ve con aire experto y me dice en menos de dos segundos, con sapiencia casi supra humana: No joven, de esos no hay…¿Algo más?

La miro entonces casi con antipatía y le digo que me dé unos que se le parezcan, pensando con eficacia que es más fácil cambiar todos los botones del saco ante la imposibilidad de encontrar uno cuyos orígenes se han perdido en la descontinuación del modelo que necesito; la empleada va a donde antes platicaba del Cachuchas y murmura algo con las otras, una de ellas, con una sonrisilla sardónica, le señala una caja llena como de mil quinientos botones, de tamaños, colores, materiales y formas diferentes y veo venir el ofrecimiento más miserable que me hayan hecho en mi vida: Pues mire joven, vea en esta caja si hay alguno que le sirva.

Media hora después, ante la mirada de una señora de edad avanzada, chaparrita, que escogía listones de colores mientras me echaba unas miradas que parecían decirme “tan grandote y tan mandilón”, encuentro un juego de botones que sustituirán a los otros. Aburrido, le digo a la empleada que me cobre; de mala gana me da un trozo de papel de estraza garrapateado con algo que parece decir: Cuatro botones modelo imperial, $8.00. Tenga joven, pague en caja –me dice.  Y me señala una esquina del mismo mostrador que circundada de cristal forma un cubículo y que tiene un letrerito descolorido que dice “Caja”, me paro enfrente y no hay nadie, le digo a la empleada, con toda la boca llena de razón –¡No hay nadie! Entonces, ella misma, que ya no estaba haciendo nada, va y me cobra, me da un ticket, dos pesos de cambio y me dice, señalándome otro extremo del mismo mostrador: Allá le entregan su mercancía, joven.

Casi maravillado de tan portentoso sistema de ventas camino los cuatro pasos que me separan de otro letrerito, igual de descolorido que el anterior, y que dice “Entrega de mercancía”. Ahí, varios minutos después la misma empleada me entrega los imperiales botones envueltos en un original e interesante pedazo de papel periódico y, con la más hipócrita de las sonrisas, me dice: Gracias por su compra, joven. ¡Que poca… manera! ¡Con razón a la ropa moderna nomás le ponen Velcro!

Pero bueno, dejando a un lado que los dichosos botones ni eran del tamaño adecuado y tampoco le gustaron a mi mujer, siempre quedará la reflexión de que eso que me pasó en la mercería es el plato de todos los días en hoteles, restaurantes, aerolíneas, terminales de autobuses, centros turísticos y todo tipo de empresas y dependencias que brindan atención al público, lo cual, desde luego, nos coloca en desventaja ante empresas trasnacionales y países que sí establecen mecanismos de productividad, eficacia y calidad en los servicios que tienen que ver con la atención al cliente. Así mismo, todas las circunstancias anteriormente mencionadas son vicios en las actividades y servicios de uso común, pues se pueden cortar con la misma tijera, mecánicos, carpinteros, fontaneros, etcétera.

Ya después, cuando haya oportunidad, les contaré de la vez que me mandaron a buscar chaquiras ovaladas, lo cual es aún más difícil que comprar botones.

Alejandro Hernández Hernández

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