Por accidente

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El primer día que la vi yo salía de mi casa, rumbo a la parada del camión, cuando un imbécil que tomaba café en un vasito desechable se le ocurrió atravesarse en mi camino. Sobra decir que mi traje, mi portafolio, mi orgullo y mis… bueno, unas partes de mi cuerpo que recibieron más café caliente que las demás, quedaron hechos una miseria.

Tuve que regresar a cambiarme, no sin antes decirle unas cuantas al cafeinómano, y perdí el autobús. En el que subí después iba ella.

Nunca he podido iniciar una plática, de más de tres frases, con nadie que no conozca. Ese día sólo me limité a mirarla de reojo.

Compartimos el asiento hasta que, cerca del centro, se bajó. Creí ver una sonrisa en sus labios pero después inferí que sólo fue cortés. Ella iba en el lado de la ventanilla y su educación no le permitió pasar por encima de mí sin mostrarse un poco amable, con todo y lo desconocido que yo fuera.

Me dispuse a perder mi autobús de siempre sólo por verla y, con el paso de los días —creo que fueron como cinco semanas— logré vencer mi temor y pude intercambiar algunas frases con ella. No muy profundas —el clima, el tráfico, etcétera— pero suficientes para ver su sonrisa —de dientes blanquísimos— y oler su loción de oficinista con pretensiones.

Un día, preso de un impulso desconocido hasta para mí, me bajé en donde ella lo hacía y le pedí acompañarla. No me dijo ni sí ni no y caminamos juntos como tantos otros burócratas lo hacían en ese momento. Fueron las cuatro cuadras más hermosas que hubiera caminado nunca en mi vida. Ni los vendedores de comida, ni los niños que rumbo a la escuela atropelladamente embistieron mi humanidad, ni el ruido de los camiones y ni la basura tirada en la calle lograron romper el encanto. Ese día no llegué al trabajo y me fui a caminar descalzo al parque. Ese día, también, tuve que ir al médico preso de una alergia feroz al ajuate del pasto.

Cuatro meses de caminar esas cuatro cuadras efímeras con ella me bastaron para saber que era gestora en una inmobiliaria, que tenía treinta años y que estaba casada con un abogado que representaba a una firma en la capital. Se veían sólo los fines de semana.

Nunca me preguntó qué hacía y, mucho menos, si estaba casado o no. Discreción femenina pensé optimista y seguí perdiendo mi autobús a diario; y checando tarde mi tarjeta de control.

Un día, desesperado de contenidos deseos y diplomáticas moderaciones, apenas bajando del autobús y puesto un pie en la calle le dije que estaba enamorado de ella.

Le expliqué que me dormía pensando en sus ojos y que me despertaba imaginando sus labios y que me importaba un demonio que estuviera casada. Sólo me faltó decirle que desde que la conocí llevaba descontado casi un cuarto de mi sueldo por tanto retardo, y que gustoso lo perdería completo si ella me daba una oportunidad.

Me miró con unos ojos que sólo había visto, cuando niño, una vez en mi madre —un día que le pedí un helado y ella no traía dinero en su bolso—, y me dijo que una cosa como la que yo le pedía era imposible, que ella quería mucho a su marido y que nunca pensó que yo pudiera confundir sus gentilezas.

Estoico como un faro —sin luz— le dije que me disculpara y todavía, como para cubrir mi dolor, le solté que envidiaba a su marido y que si un día necesitaba algo —lo que fuera, ofrecí ansioso— que me llamara. Ella sonrió ambiguamente y asintió con la cabeza; seguimos caminando.

Ya en la puerta del edificio donde trabajaba, antes de despedirme, me atreví a preguntarle —sin saber para qué— cómo había conocido a su marido.

Por accidente —me dijo— yo perdí el camión un día y en el que subí después iba él.

Hernán Dumás

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