Protestas legítimas, protestas ilegítimas

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Protestas legítimas - xalapo.com

[alert type=alert-red ]We declare our right on this earth… to be a human being, to be respected as a human being, to be given the rights of a human being in this society, on this earth, in this day, which we intend to bring into existence by any means necessary.

[Declaramos nuestro derecho en este mundo… a ser seres humanos, a que se nos respete como seres humanos, a que se nos den los derechos de seres humanos en esta sociedad, en este mundo, en este día, y que obtendremos por cualquier medio necesario.]

Malcolm X[/alert]


El primero de octubre del año pasado una marcha organizada por estudiantes del Instituto Politécnico Nacional desembocó en la Secretaría de Gobernación, donde fueron atendidos por el mismísimo Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación. Allí los protestantes leyeron su pliego petitorio ante el responsable de la política interior del país, quien se comprometió a interceder ante las autoridades pertinentes para lograr el cumplimiento de las demandas estudiantiles. El secretario de Gobernación dijo reconocer «formalmente su movimiento, conocemos las causas por las que están aquí presentes, sabemos de sus inconformidades y queremos atenderlas de inmediato».

Esa declaración hizo algo más que reconocer a los estudiantes organizados del Politécnico y dar la espalda a otros –como los desaparecidos de Iguala o los violentos del 2 de octubre que marcharían un día después–, también dictó la línea que las putillas con hedor a tinta y papel sostuvieron (han sostenido y sostendrán) desde distintos medios de comunicación: cuando una manifestación es legítima, el poder, que es bondadoso y atiende al clamor popular, desciende de los cielos para firmar acuerdos o negociar soluciones; pero que Dios guarde a aquellos que tienen peticiones y medios que desbordan el huacal democrático y recurren a medios ilegítimos, como la violencia (la violencia sobre todo), porque ellos no entrarán al Reino del Acuerdo.

Aunque esta distinción no es nueva ni fue inventada desde el poder, podríamos rastrear su última popularización en México en las pasadas elecciones federales con #YoSoy132, movimiento que se asumía como horizontal, democrático, intelectual, creativo, no violento y que el 1 de diciembre se desmarcó de la violencia iniciada por miembros de las Fuerzas del Orden y, sobre todo, de algunos manifestantes. «La única vía es la paz», dijeron y repitieron una y mil veces más hasta convencerse. La tibieza de esta postura no sorprende cuando emana de alguien que conoce el rostro real de la policía sólo de oídas, pero se ha replicado como un axioma al interior de otros movimientos sociales, incluso algunos de extracción más popular.

Quizá sean el calor del momento y la velocidad con la que los hechos aparecen y se fabrican las razones por las que nos asimos, sin pensarlo dos veces, a certezas que nos parecen justas o bellas u honorables y nos lanzamos a la calle y condenamos a diestra y siniestra a los responsables de nuestra indignación y a todo aquello que vemos como una carga para conseguir nuestros propósitos, como por ejemplo a quienes en una desesperación muy parecida a la nuestra echan mano de medios de protesta distintos a los de nosotros. En la coyuntura no hay mucho tiempo para pensar y la urgencia del llamado a la acción nos invita a tomar el primer estandarte que tenemos a la mano: justicia social, paz, democracia, protesta pacífica, ponis de crines multicolores y arco iris en la tierra del acuerdo social.

«Es que hay momentos para actuar y otros para pensar», sostienen muchas de las mejores mentes de mi generación embotadas por las causas justas y la buena conciencia; lo que olvidan es que la crítica se ejerce siempre en dos direcciones: hacia afuera, apuntando sus baterías a un objeto de estudio o un tema o problema, y hacia adentro, constituyendo y reconstituyendo constantemente su vehículo, motivaciones y programa. Si la crítica no cumple con esto no es crítica lo que se ejerce, sino ideología y adoctrinamiento.

No estoy diciendo que pare la intensidad de la protesta, por los medios que sean, sino que es necesario hacer un análisis de ésta, de ser posible on the go, para saber de qué hablamos cuando hablamos de protesta.

Como el tema es harto amplio, y espero no estar solo en este esfuerzo ocioso, entraré por una grieta pequeña: la discriminación entre lo que es una protesta legítima y una ilegítima desde el punto de vista de aquellos que conforman los leviatanes que en todo el país caminan con paso firme hacia plazas públicas y puntos de interés. Situemos la discusión a partir de algún evento. Pensemos, pues, en aquel día a finales de noviembre en el que las Fuerzas del Orden (sic) detuvieron al más puro estilo levantón a Sandino Bucio, estudiante, activista y poeta comprometido (sic). Para suerte de Sandino hubo testigos y documentación audiovisual de este operativo, la cual se volvió viral en redes sociales: en menos de dos horas ya había estudiantes, personajes políticos y académicos manifestándose en contra de este operativo –tan ilegal como vender crack a niños de kínder– y exigían la liberación inmediata del joven vate. La presión tuvo éxito: unas horas después de su detención, Sandino Bucio sería liberado.

La PGR explicó: al joven Bucio se le detuvo porque, embozado, participó en disturbios lanzando piedras y cócteles molotov durante una marcha; presentaron pruebas en video y fotografía. Los defensores de Sandino saltaron de inmediato: no era posible que la PGR le estuviera fabricando el caso. Las protestas duraron un par de horas, hasta que Sandino Bucio aceptó ser quien aparecía en los videos: sí, es protesta violenta pero es legítima. Entonces terminó la sandinomanía, su recién conseguido séquito se desintegró. ¿Razones? Entre las muchas que se esgrimieron hay tres importantes por ser consideradas evidentemente válidas: a) quienes queremos paz somos más y mejores que los corruptos y violentos; b) la democracia no se construye sobre la violencia; y c) la paz es el único camino (lo dijo ya Gandhi, Dios de la Resistencia Pacífica y Legítima), cosa que se ha demostrado, varias veces, en las «revoluciones de colores» que tanto ha promovido Gene Sharp (Profeta del anterior mentado).

Cuando uno vive lejos de la figura del buenciudadano y sus aspiraciones están más cerca de caminar por la calle sin que el Estado lo asesine, que de encarnar Altos Ideales Democráticos, encuentra, en esta discriminación entre lo que es legítimo y lo que no, algo sospechoso. Uno se pregunta si aquellos que malmiran a los embozados y condenan al que se niega a poner la otra mejilla buscan algo además de restregarle en la cara al mundo su estatura moral. Tal vez son imbéciles: sus argumentos son tan endebles y prefabricados que en un debate –de esos que son tan populares entre la clase privilegiada que cita libros y tratados en bares y cantinas porque son too cool for school (wink wink)– no pueden formular más allá de unas cuantas consignas (clásicas para los nostálgicos, más «creativas» para los hijos de #YoSoy132), además de que no ven aquellos discursos que se colaron en el pacifismo y lo convirtieron en una ideología más que un medio de protesta (no, niños, no es lo mismo).

Para ver esto hay que ser radical entre los radicales, y no me refiero solo a la adopción de los kalashnikov y los molotov, también a la toma de estandartes que vayan a contrapelo de la tibieza de aquellos que marchan y gritan a favor de un cambio que no comprometa los privilegios que les ofrece la estructura social que critican. Por ello no sorprende que quienes hayan defendido estas ideas radicales, en donde la protesta legítima es aquella que se da por cualquier medio necesario, germinen más entre las clases populares y el lumpen que entre la gente bien: sólo aquellos que están en el margen del margen (los socialistas de barricada, los negros del apartheid y el Harlem, los chiapanecos y oaxaqueños desterrados, los trabajadores sobreexplotados o los jóvenes creadores que no alcanzaron beca del Fonca este año, por ejemplo) y viven la opresión en carne viva alcanzan a entender el lacónico significado del fight or fly (lucha o huye).

Con un toque de conspiranoia pero con gran lucidez Malcolm X, líder afroamericano y musulmán de los sesenta (que ni dijo «I have a dream» ni era el de en medio), alcanzó a ver la política conservadora detrás del velo del pacifismo y señaló que, en la lucha por los derechos civiles, los líderes pacifistas, especialmente el hommie Martin (que sí dijo «I have a dream») estaban allí para evitar que estallara una revolución y se diese un cambio radical que comprometiera al sistema político de los Estados Unidos de Norteamérica.

Esa declaración, leída ahora mismo, podría parecer desaforada –sobre todo porque, al final del cuento, Malcolm le bajó dos rayitas a la intensidad de su discurso y empezó a alinearse con el hommie Martin, al que con anterioridad acusaba de títere del sistema–. Pero algo de razón tenía él: el pacifismo como ideología nos convence de funcionar a favor de los oprimidos, aunque en realidad ayuda a reforzar al sistema social que provocó el problema contra el que se protesta. Un ejemplo de esto sería la Primavera Árabe: revoluciones pacíficas que llevaron a grupos reaccionarios al poder. El discurso pacifista, igual que el humanismo, es la puta de las ideologías y sirve por igual para justificar una sentada multitudinaria en el zócalo de la ciudad de México, que bombardear tres o cuatro países enteros para cazar a un hombre o dos. Esto último lo señala Trotsky en un artículo de 1917 titulado «El pacifismo como servidor del imperialismo», publicado en el número cinco de Communist International, English Edition, donde menciona que cada época histórica tiene su propia técnica y forma política y también su propia hipocresía. Huelga señalarlo: la hipocresía de esta época, para Trostky, sería el pacifismo esgrimido, por ejemplo, para intentar solucionar problemas de índole política (o racial o laboral o lo que sea) sin comprometer las condiciones necesarias para la práctica de la libre competencia y el parlamentarismo a la vez que una nación, digamos, Estados Unidos o la Unión Soviética, entran en una carrera armamentística que daría forma a la economía de la guerra que poco a poco, según señalan algunos índices económicos que acabo de inventar para respaldar el futuro distópico de Hideo Kojima, parece ir ganando terreno frente a la economía centrada en el petróleo.

Resumamos, pues, diciendo que la función del pacifismo es permitir al sistema económico y político hacer tiempo para transformar una crisis en una posibilidad de negocio, en una oportunidad política para dar la cara, fingir el diálogo y subir en los índices de popularidad o, en el peor y más común de los casos, planear una estrategia de medios y macana para desarticular un movimiento social, aprovechando el momento en el que sus integrantes pelean por ver quién tiene más derecho al Salón de la Fama de las Buenas Conciencias.

 [una versión preliminar de este texto apareció en el número 4 de la revista Nini]

Josué Castillo

Twitter: @tuvozesuneco

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