Procrastine para mañana lo que pueda procrastinar hoy

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Y si no pudo leer de “corridito” el título pues procrastínelo también. La procrastinación es el mal de nuestros días, aunque especialmente parece eternamente serlo de nosotros los mexicanos.

Comencemos por definir qué es. “La procrastinación —del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro— o posposición, es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables. Se trata de un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Éste puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. Existen tres tipos de procrastinación: Por evasión, cuando se evita empezar una tarea por miedo al fracaso. Es un problema de autoestima. Por activación, cuando se posterga una tarea hasta que ya no hay más remedio que realizarla. Es un problema contrario al anterior. Por indecisión, típico de las personas indecisas que intentan realizar la tarea pero se pierden en pensar la mejor manera de hacerlo sin llegar a tomar una decisión.” (Fuente: Wilkipedia)

Y en este mundo, parafraseando al poeta, ¿quién que es no es procrastinador? Todos, al menos en algún momento de nuestras vidas, hemos pospuesto algo o dejado para después cosas, incluso de vital importancia, por lo desagradable que nos resulta hacerlas. El estudiante, sus tareas; el burócrata, sus obligaciones; el ama de casa alguna labor del hogar, etcétera; todos hemos caído alguna vez —y unos casi siempre— en el típico “ya mañana lo hago”.

Los procrastinadores, es una verdad innegable, son una lacra a la productividad y al bienestar de que quienes les rodean. Y son tan efectivos procrastinando que yo creo que debe haber por ahí, escondida a los ojos de la gente normal, una academia de la procrastinación. No se entiende de otro modo que haya tantos que el último minuto antes del corte, saturen las filas de las cajas de las compañías de energía eléctrica, de teléfonos, del agua, etcétera. Ni tampoco que en todas las tiendas haya siempre uno que llegue en el último minuto antes del cierre y tenga a los empleados trabajando tiempo extra. Ni que haya tantos estudiantes universitarios que sólo estudien el último día antes del examen, ni tantos remisos en los sorteos del servicio militar, ni tantos señores comprando arbolitos de navidad —y estorbando en las banquetas— los días 23 de diciembre de cada año.

El procrastinador, sin embargo, lejos de parecer un irresponsable navega con bandera de autosuficiente. El perfil de un clásico procrastinador es la excesiva confianza y muestra una falsa sensación de autocontrol y seguridad. De una tarea u obligación con quince días de plazo para su entrega, el procrastinador hace una aventura de nervios que simplifica en: cinco días para planear, cinco días de inactividad, tres días para ir “haciendo ganitas”, un día más de descanso para “entrarle con fe” y un día de febril e ineficiente actividad con resultados catastróficos.

Yo confieso que soy, en materia laboral, un procrastinador precoz. No encuentro otra sensación más vivificante que trabajar bajo presión. De niño esperaba siempre el último minuto para hacer mi tarea; ya desde entonces disfrutaba los nervios y la espontánea creatividad que surge en esos momentos de adrenalina y presión psicológica. Pero claro, mi psicóloga de cabecera —mi madre— tuvo a bien no reconocer mis técnicas autodidácticas y siempre me presionó para hacer que mi vida estudiantil se resumiera en una sola palabra: “matadito”. No sirvió de nada, pues aunque siempre fui el clásico ñoño que trataba de hacer su tarea después de la comida, hoy en día mido mis tiempos de entrega al último minuto, eso sí, jamás después de él. Un procrastinador podrá ser un maniático pero jamás debe ser un irresponsable.

Si usted procrastina —por manía o por placer— mi único consejo es la frase que le da título a la columna de hoy: procrastine para mañana lo que pueda procrastinar hoy.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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