Que el miedo no le dé miedo

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Mi ciudad ve pasar por sus calles, callejones y avenidas, a un montón de gente con miedo; miedo de quedar atorado en el tráfico, miedo de caerse de sentón en Lucio, miedo de pasar por Elektra y que le den una tarjeta de crédito, muchos miedos y mucha gente, casi uno por cada una de ellas.

El miedo es intrínseco al ser humano y hasta útil en ciertos casos, lo malo es cuando ese miedo se vuelve algo enfermizo. Un buen amigo mío, cierto día que estábamos conversando del difícil arte de hablar en público, me dijo que él tenía un secreto que le permitía hacerlo y vencer el miedo escénico… ético, pirético, “perempempudo” —perdón, me fui con la cacofonía y me acordé de una ronda infantil—. Cuando le pregunté cuál, me dijo que apenas subía a un estrado se imaginaba a todos los presentes en calzones. Esto ponía, en su imaginación, a todos en un estado de indefensión, lo que le permitía hablar y exponer sin ningún problema cualquier cosa y ante cualquier tipo de gente; me dijo, también, que esto mismo hacía cuando tenía que entrevistarse con algún personaje de altos vuelos (o de alto pedorraje, como se dice ahora).

Cuando nos despedimos me fui caminando por la calle cavilando en eso y, sin querer, empecé a ver a todos los que se me atravesaban, caminando en calzones. Fue una de las experiencias más extrañas de mi vida; sobre todo cuando, por una esquina, vi salir a una amiga —famosa porque alguna vez ganó un concurso de belleza que la ha hecho sentir que no la merece nadie— y tuve que cortarle la vuelta; pues pensé que si la veía en calzones después no podría verla a la cara jamás. Hasta el día de hoy, después de ése, cabe decirlo, no he querido abrirle la puerta de mi casa. (Es que me traicionó la curiosidad y a lo lejos, desde atrás de un poste, no pude evitar comprobar lo que siempre sospeché: usa tangas y tiene una simpática celulitis en las corvas).

Pero el miedo no tan sólo se siente por hablar en público, hay muchas cosas que nos provocan miedo. Haciendo una pequeña encuesta entre amigos y familiares he descubierto que hasta el que parece más templado tiene su resquicio de miedo hacia los seres de ultratumba, por ejemplo. Y eso que los mexicanos convivimos culturalmente con la muerte desde siempre —aunque más bien creo que si parecemos tan retadores y poco aprensivos con respecto a ella es nomás por ocultar que, en el fondo, tenemos más miedo del que parece—. Así entonces, los miedos son culturales y generacionales; pues el que me vende el periódico dice que él le teme a La llorona y a los nahuales; la señora de la tienda, dice que a las brujas; y la que vende el pollo asegura que nomás a su marido los sábados que llega ebrio y con el nombre cambiado (se pone bruto, por no decir otra más grande).

A estos miedos, digámosles, culturales —pues en otros países no hay Llorona, ni nahuales— se agregan los temores de “importación”; entre estos encontraremos animosidades hacia los clásicos vampiros, los licántropos, las momias y los fantasmas tipo inglés; a los que últimamente nos han llegado de Japón, que son mujeres con pelos mojados y escurridos que surgen del agua, de las paredes y de los armarios, y a los que inventa el cine, como la niña de las cervicales flexibles, que asustó al mundo con sus gestos siniestros y su vómito de guacamole.

Ahora, volviendo a lo de imaginar gente en calzones y su relación con esto que les platico, ¿qué pasaría si de repente nos imagináramos a un ser fantasmal o sobrenatural sin el cliché que le caracteriza? Pongamos algunos ejemplos.

Esta uno durmiendo tranquilamente, de repente un quejido siniestro nos despierta, al abrir los ojos una figura etérea flota ante ellos; lo usual, en el mundo del lugar común, sería pegar un alarido y sufrir un infarto; en el mundo de los que se quedan en calzones, en cambio, siempre quedará el recurso de jalarle la sábana al fantasma y ver qué hay debajo. Tal vez un esqueleto de risa idiota —los esqueletos siempre se ríen así y no entiendo por qué lo hacen, digo, están muertos, descarnados, no tienen descanso en el más allá, están condenados a penar y todavía se ríen, ¿de qué chingao se ríen?

Si fuese una bruja la aparecida se le podría quitar la escoba a ver qué hace sin ella, o sus uñas largas, o su nariz verrugosa, o imaginarla con una boca de dientes parejitos.

Y así con todos los demás espantajos; Drácula es vampiro, ¿verdad?, pues nomás hay que quitarle los colmillos salivosos (¿nunca se puso, cuando niño, unos de plástico, que aparte de hacerlo babear lo hacían ver bien trompudo?); que si es una momia, pues le jala las vendas y ya estuvo, o se desarma o se le salen las lonjas, pues igual las trae por algún tratamiento reductivo de sales minerales. Por la mano peluda, espanto mexicanísimo del “año de la guayaba”, no hay que preocuparse, muere con la edad —quien entendió, entendió—.

A la niña del “Exorcista” le lava la carita (con agua y con jabón; como a Pin-pon); a la del “Aro” le recomienda “Caprice” con nutrigloss, que además de dejar el pelo brillante y sedoso, le va a quitar ese aspecto “como sin vida” —a su pelo, porque a ella ni cómo ayudarle—; a Jason, nomás lo regaña por andar jugando con herramientas peligrosas; al asesino de “Scream” lo manda a la calle de Clavijero a comprarse un disfraz menos idiota que ese que usa y… bueno, a los demás pues ahí le busca de qué despojarlos para que le den menos miedo.

Si después de hacer esto, le sigue teniendo pánico a seres ultra-dimensionales, encomiéndese al inconmensurable Santo (luchador de la época del cine en blanco y negro); pues ha sido el único héroe capaz de librar al mundo de vampiros que volaban moviendo el cuerpo y no las alas, y de las monstruosas criaturas de rostros inconmovibles que presumían horripilantes cierres en toda su espalda, y que eran más deslucidos que la botarga del Dr. Simi, que ya es decir bastante.

Recuerde: todos podemos ser más valientes que el miedo.

Alejandro Hernández y Hernández

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