San Américo, un culto al ego

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Americo Zuñiga - xalapo.com

San Américo, un culto al ego; Como Vivir en Xalapa

Mi ciudad tiene un santo por antonomasia, un hombre ungido por la iglesia católica y convertido en un ser celestial que se venera en los altares: Rafael Guizar y Valencia. Que si bien no nació aquí, sí vivió parte de su vida en esta ciudad y aquí se encuentra sepultado.

Sin embargo, Xalapa tiene otro “santo”, o al menos eso dicen la camarilla que le rodea y un caricaturista oficialista, el cual ha plasmado esa idea en varias viñetas que se publican en algunos medios impresos y, para que sean vistas por todos los xalapeños, en la publicidad que “adorna” a algunos autobuses del servicio de transporte público de la ciudad; se trata de nuestro alcalde, Américo Zúñiga Martínez.

Porque resulta que un caricaturista tuvo la “puntada” de realizar una ilustración, en donde se ve una pared de la que pende un cuadro con la imagen del alcalde caracterizado como un santo, con túnica, báculo y aureola, y con un letrero que dice: San Américo. Mirando el cuadro están tres personajes, un hombre, una mujer y un niño, los cuales se muestran felices y dicen: ella, “me pavimentó mi calle”; el hombre, “me ayudó a reparar mi casa” y el niño, “me dio juguetes”. Esto como si la obligación de gobernar, de llevar bienestar a los ciudadanos y de utilizar el erario para hacer obra pública, fuera una cuestión de condescendencia misericordiosa, sobrenatural, y que sólo se manifestara luego de rendirle pleitesía y adoración al susodicho.

No imagino a Américo Zúñiga dando instrucciones al caricaturista, diciéndole: mira, quiero que me dibujes como un santo, dadivoso, magnánimo y siendo adorado por unos desarrapados. Digo, todavía le tengo tantita fe. ¿Pero si no fue él mismo quien ordenara representarse de ese modo, quién decidió dibujarlo así, su director de Comunicación Social?, ¿o sería algún otro achichincle con iniciativa?, o quizá el caricaturista, solito y sin que nadie le ayudara, tuvo la “genial” idea de retratarlo, santificado y bienhechor, para justificar el llamado “chayote” que recibe bajo el rubro de “Publicaciones y Folletos”.

Quien quiera que haya sido flaco favor le hicieron a Zúñiga Martínez, pues los ciudadanos xalapeños no somos ningún pueblo prehispánico al que se le pueda engañar con espejitos y representaciones “divinas”, como lo hicieron los españoles durante la Conquista con nuestros antepasados; ni tampoco somos ajenos a lo que cuesta el cultivo de la imagen personal de quien nos gobierna para, todavía, ofender nuestra razón con esa clase de mamotretos visuales.

Si como proclaman los relatores de la grandeza de Américo Zúñiga Martínez, es éste uno de los mejores alcaldes que hemos tenido, deberían dejar que fueran su desempeño y su trabajo quienes hablaran por él, y no insultar la inteligencia de quienes, con tantito criterio propio, podemos ver que los verdaderos problemas de la ciudad siguen a medio resolver o, de plano, sin siquiera tocarse.

Ciertamente este joven político no es un prohombre ni un estadista extraordinario, no al menos ahora, pero sí podría, si dejara a un lado ese culto a la personalidad que parece sobrepasarlo a ratos (los más), ser un buen alcalde, uno que pase a la historia por haber tomado el toro por los cuernos en asuntos como la movilidad urbana, incluyendo enfrentarse al pulpo camionero que hace lo que quiere; o en materia de seguridad, gestionando y exigiendo lo conducente al gobierno del estado; o en frenar los asentamientos irregulares, que han sido una de las principales causas del crecimiento desordenado de la ciudad, o en tantas otras cosas que afectan nuestra calidad de vida.

Los funcionarios del gobierno, en cualquiera de sus niveles, no son santos, son servidores públicos que deben, con responsabilidad y sin egos absurdos, cumplir con las funciones que les son encomendadas. Perciben un salario por ello, y muy jugoso por cierto, así que no nos vengan a vender la idea retrógrada y paternalista de que nos están haciendo un favor o, como aquí parece ser, el milagro de gobernarnos. La verdadera grandeza se manifiesta siempre con humildad.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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