Sucedió en una boda

0
43

Mi ciudad es un lugar en donde la gente que se casa casi siempre hace una fiesta. A veces fiesta grande, en pomadoso salón, con música en vivo y cena de “tres tiempos”; a veces fiesta chica, en casa, con “luz y sonido”, y carnitas y chicharrones para comer; el caso es festejar.

Una boda, ya sea de pobres o de ricos, mantiene una parafernalia muy especial: el vestido de la novia, los padrinos, los invitados, la misa, las tías de la novia que lloran, los amigos del novio, que también lloran por el caído en combate, los preparativos, etcétera.

No faltan, también, los imprevistos, lo que sale mal y, por supuesto, los desaguisados que a veces se dan entre los invitados, los familiares o, en el peor de los casos, hasta entre los mismos novios.

De uno de estos desaguisados es que les hablaré hoy, nomás para cambiar de tema, porque ya los he de tener hasta el gorro de problemas viales, políticos y demás. Lo que les contaré se conoce entre las mujeres viejas de mi familia como: el día en que estos cabrones arrancaron las azaleas, y sucedió así.

Un primo hermano, taxista de profesión, casóse en primeras nupcias con una muchacha, sonrisa grande y ojos pispiretos, que trabajaba en el área administrativa de Tránsito del Estado. La misa fue en la iglesia de La Providencia, el convite en un salón que está en la avenida Villahermosa.

Desde la misa ya se notaba la tensión, pues no contando a los familiares de ambos bandos, digo,  de los novios, los invitados estaban divididos en choferes (de taxi, del Servicio Urbano y de camiones materialistas), por parte del novio, y en agentes de Tránsito del Estado y operadores de grúas de ahí mismo, por parte de la novia. Que dos especies diferentes, pertenecientes a una misma cadena alimenticia, estuvieran juntas en un mismo lugar no podría traer nada bueno.

Hasta que pasó lo de la víbora de la mar y el ramo, las cosas transitaron por un mar de tensa calma, pero al calor de las copas las miradas retadoras de un lado a otro de la pista, que de tal modo se habían dividido los invitados (agentes de Tránsito de un lado y choferes varios del otro), empezaron a menudear. La gota que derramó el vaso fue que cuando los novios pasaron mesa por mesa a dar las gracias por la asistencia y, estando en territorio “tamarindo”, uno de los genízaros viales se acordó de algo que ya no tenía caso sacar a colación: de cuando la novia y él fueron más que amigos. Él le dijo a la novia, llorando y viendo feo al novio, que como él la había amado nadie la amaría nunca. El novio, que bien pudo obviar el comentario de un borracho infeliz, reaccionó cacheteándolo y se armó el San Quintín. Los agentes viales, en un acto de unidad gremial, se abalanzaron sobre el novio y los choferes, atravesando el salón entre los que bailaban Payaso de Rodeo, embistieron a los agresores, y a dos tías de la novia que estaban viendo que no le jalaran el velo ni le pisaran la cola (ya pa’ qué, dijeron al final de la fiesta algunos).

La batalla fue campal y se dio en varios frentes: entre las mesas, debajo de ellas, debajo del templete de los músicos, en el hall y hasta en la calle. Ahí precisamente dos de mis hermanos, tres primos y yo, nos batimos en contra de un grupo de aguerridos tránsitos vestidos de fiesta con trajes mal cortados de Almacenes García.

En un momento dado, y sin saber cómo fregados (iba a poner chingados, pero se veía refeo), nos vimos a mitad del camellón de la avenida rodeados de elementos del orden vial, mismos que amenazaban no sólo con rompernos el chipo, sino también con levantarnos infracciones cada vez que nos vieran en la calle. Al vernos en desventaja numérica empezamos a arrancar azaleas que el Ayuntamiento recién había sembrado en el camellón para, con las varañas de mango y las raíces camotudas a manera de mazos, golpear a los elementos del orden (en ese momento del desorden). Descalabramos a dos y dejamos casi ciegos, por la tierra que se desprendía de nuestras armas, a tres. Hubiéramos ganado fácilmente, pero a lo lejos se empezaron a oír sirenas y, sabiendo que policías y tránsitos, aunque de razas diferentes pertenecen a la misma especie, decidimos abandonar la plaza y fortificarnos en el salón. La batalla ahí ya había terminado, había descalabrados y arañados por doquier y los novios, trompudos según nos dijeron algunos, ya se habían ido de luna de miel.

Los que nos quedamos, gente sin rencores baratos y pertenecientes a ambos bandos, salimos a las siete de la mañana, hora en que se nos acabaron los pomos y los chilaquiles de la torna boda, cubriéndonos con las manos los ojos del sol.

Nomás porque ya no se estila, pero bien se pudieron hacer canciones (un corrido al menos) de la  épica batalla de las azaleas.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios