Si te encuentro en mi soledad…

¡Qué haré si tienes tus ojos

muertos a las luces claras

y no ha de sentir mi carne

el calor de tus miradas!

                                                                                                              “Alba” Federico García Lorca  


Esta tarde, cuando la desolación y la desesperanza me empezaban a volver de piedra, me salí a caminar sin rumbo y, casi sin quererlo, llegué hasta donde siempre llego cada vez que no sé a dónde ir: al malecón.

Me he quedado parado lo mas cerca posible sobre el borde, con las puntas de los pies en el aire; balanceándome sin miedo al vaivén del viento norte que ha metido a empujones la noche por la boca de la bahía, y ha traído con él, un frío como aliento de moribundo que se mezcla con el vaho húmedo de este mar apestoso.

Me atrae estar parado en el filo del muelle, desde niño me ha gustado; entonces, mientras oía el arrullo de las olas, me figuraba que era un marino arrogante que estaba por empezar una travesía legendaria, y que del otro lado, justamente en las Antípodas, en un muelle de madera, muy cerca del borde también; exactamente donde terminaba mi mar, había una princesa de una patria aborigen esperándome con seguridad. Pues antes le había mandado a decir, en un recado metido en una botella con un corcho, que iría, que seguramente iba a tardar, pero que me aguardara, que al cabo yo llegaría. Nunca partí a ningún lado y por eso nunca hubo nadie esperándome en ninguna parte. Sin embargo, el sentimiento de iniciar un viaje sin destino seguro, ahora es el de un suicida sin vocación.

Las nubes se empiezan a formar como gigantes obscuros, toman formas de algodones de feria de pueblo pobre; deslucidos y grotescos se yerguen en el horizonte que todavía alcanza a pintarse de ocaso. A lo lejos, algunos se llenan de cicatrices de luz que desaparecen en el mismo momento en que nacen y los iluminan por dentro, como si fueran colosales radiografías que sólo sirven para dejar mas expuesta su perturbadora desigualdad.

Sin darme cuenta algunas lagrimas han ido resbalando por mis mejillas, no sé si son mías o son del cielo, pero de todos modos son igual de amargas, inútiles y ácidas.

No hay gente caminando con aire festivo, todos andan de prisa. Encorvados escapan del temporal que sin remordimientos empieza a caer, buscan llegar a sus casas tibias y llenas de amigos; de madres y de hijos; de abuelos y de perros de colas cariñosas.

muelle - xalapo.comSe dispersan dejando para mí este muelle de Caronte, de barcos que no llegan nunca, sin marineros que regresen, sin novias que los esperen ni amantes que aguarden por ellos, sin anclas que se suelten ni velas que se arríen.
Solos nos quedamos el viento, mi desasosiego y mi fracaso; mi calendario de bolsillo donde marqué el estupido día que te fuiste, la noche con su aguacero de caldo frío y yo.

Pude detenerte, supe que si te lo exigía tal vez hubiese logrado que te quedaras; pero ya no tenía caso, la mirada con la que tus ojos me veían ya no era la misma con la que me querías. Que te fueras era lo mas lógico, era tal vez lo único que me quedabas a deber.

En esas lánguidas horas de confesión que siguen después de hacer el amor te lo pedí muchas veces; que no me quisieras como se quiere a un gato, que no te quedaras conmigo por lastima, y espléndida me obedeciste.

De repente, a la luz de los relámpagos lejanos, en la penumbra del trueno, me parece verte. ¡Sí! ¡Eres tú!, caminas hacia mí, tu silueta mueve más las caderas que tú, casi con vulgaridad, seguramente por el viento o por el vestido que se te unta a la piel y no te deja dar los pasos más largos, tus verdaderos pasos. Pero aún así te reconozco.

Te vas acercando al ritmo que los latidos de mi corazón, embravecidos, te marcan, o viceversa, mi corazón pulsa desbocado al tiempo que tú te acercas. Me atraganto con mi propia alma y espero a que estés cerca de mí.

Al pasar a mi lado te miro con más claridad y confirmo que eres tú, pero no exactamente. Eres otra, anodina, mediocre, como un fantasma detrás de este vitral de catedral gótica que forma la lluvia, una corriente falsificación deslavada bajo el agua.

Con rabia me froto las lágrimas con el dorso de la mano, esperando que, al aclararse mis ojos, sí seas realmente tú; de nada me sirve pues otras gotas ocupan el lugar de las anteriores y me ciegan. Mi sentimiento explota y muda en ahogados sollozos de hombre, en soplos callados de bestia enferma.

Tú te das cuenta y tratas de sacarme la vuelta, tal vez no te habías fijado que era yo el que se mecía como vela rota de barco hundido en la orilla del muelle; veo que me reconoces, tratas de huir verdaderamente asustada al tiempo que te llamo con señas desesperadas.

Con movimientos de gato cazador te alcanzo y te tomo de un brazo; una mano-garra te estruja con codicia, te da la vuelta y te deja a merced de la otra garra que ya se abate sobre tu cuello, que ya afianza y aprieta, que ya pide ayuda a la otra mano, sin saber si lo que pide es que te suelte o que te mate de una vez.

Tus ojos que no son los tuyos y que sí son los de otra que me ven como tú, me miran con miedo, con ese pavor que tenían cuando te di el boleto de ida y te pedí que te marcharas, que te fueras si ya no me podías querer como yo quería, y por un momento, fugaz como el rayo de la tormenta, te transfiguran en la verdadera tú.

Al fin, te perdono el dolor, el abandono, el rencor, la soledad y te suelto.

Siento el miedo animal que recorre mi espalda, que me impulsa a huir, paladeo el sabor de la sangre que llena mi boca, que se escurre por mi rostro de agua y que reconozco como mía, aflojo mis mandíbulas trabadas de furia y odio y me doy cuenta que me mordía yo mismo, en el afán de no gritar, de que no me vieras llorar.

Te veo tirada a mis pies, lánguida y fría como el musgo de este viejo muelle; tus rasgos, claramente iluminados por los relámpagos que ahora se han acercado curiosos, se redibujan y te muestran tal cual eres. Con triste alegría veo que no eres tú, que otra vez no eres tú…

 

Alejandro Hernández Hdez.

Octubre 2004


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