Va riendo, barriendo…

0
20
(De una serie de entrevistas a personajes
xalapeños llevada a cabo en 2005)

Su rostro acusa muchos días de sol, su piel morena sirve de fondo para las dos enormes lunas marrón claro que son sus ojos, su ropa es sencilla, pero a pesar de hacer lo que hace la trae limpia. Después del abordaje sorpresivo de que la hice objeto me sonríe nerviosa y accede a darme la entrevista.

Se llama Aracely Hernández Martínez, tiene 24 años, tres hijos, de siete, cuatro y dos años de edad, y todos los días muy temprano sale a limpiar las calles de nuestra ciudad.

Se levanta invariablemente a las cinco de la mañana; el trayecto de su casa, en la colonia Veracruz, hasta el corralón de Limpia Pública en la unidad habitacional Xalapa 2000 así se lo exige, llueva o truene Aracely atraviesa la ciudad de norte a sur todos los días.

A mi pregunta de por qué trabaja barriendo calles y no en otra cosa me contesta, casi sin pensarlo, que le gusta lo que hace. Sin pena y casi con orgullo me empieza a explicar su rutina diaria: del corralón de Xalapa 2000 salen los barrenderos en camionetas que los van situando en las diferentes zonas de operación; a Aracely la encontré en la Avenida Lázaro Cárdenas, cerca del puente del ferrocarril. Ya en su rango de acción se dedican a barrer y levantar toda clase de desechos que la gente arroja indolentemente a la calle.

A ella no le da vergüenza que la gente la vea con cierto aire de desprecio, me dice con una gran convicción que su trabajo es digno, honrado y que le causa una gran satisfacción poder sacar adelante a sus hijos haciéndolo. Casi me atrevo a adivinar que a ella no le gusta el concepto de formar parte de ese montón de gente invisible que trabaja por nosotros sin recibir un adecuado reconocimiento, pues durante nuestra plática y por lo que alcanzo a leer entre líneas me surge una reflexión que traduzco en una pregunta hacia usted querido lector: ¿cuántas veces se puesto a pensar en todas las anónimas personas que le hacen más fácil su vida? Muy pocas, estoy seguro, pues estamos tan acostumbrados a tener agua corriente en casa, energía eléctrica, comunicación telefónica, limpia pública, etc., que nunca reflexionamos que todos esos servicios son realizados por gente sin rostro, sin voz, pero con una gran responsabilidad que muchas veces resulta vital.

Aracely me dice que le dan uniforme para trabajar, botas, guantes y chaleco fluorescente, sin embargo, por su actitud me doy cuenta que no le gusta ponérselos, ni siquiera el chaleco que le puede llegar a salvar la vida pues así es más visible para los automovilistas; filosóficamente me dice: “… si me han de atropellar, lo harán con chaleco o sin él”

Sus respuestas son convincentes, su voz es segura y aunque mis preguntas tendenciosamente buscan que ella me diga si alguna vez su trabajo le ha incomodado, ella permanece firme en su primera afirmación, está contenta con lo que hace, dice que le gusta andar en la calle y que odia estar encerrada entre cuatro paredes. Antes de éste, tuvo otros trabajos, fue cocinera en una cafetería de una escuela, laboró en una pizzería también, pero el encierro y la rutina acabaron por fastidiarla.

Con cierta cautela me refiere que sus condiciones laborales son regulares, gana poco y aunque recibe algunas compensaciones el dinero se niega a cubrir todas las necesidades de ella y de su hijos, vive con su mamá y es ella quien cuida de los pequeños; lo que más le molesta es saber que la diferencia de sexos es factor determinante para hacer un contraste a la hora de cobrar por el mismo trabajo, pues sus compañeros varones ganan mas que ella. Cuando le pregunto qué le gustaría que se hiciera para mejorar esto, me habla de homologar las prestaciones. También me refiere que sería bueno que el Municipio les brindara el servicio de guardería, pues así como ella hay muchas madres solteras que trabajan en la Dirección de Limpia Publica, y que tienen que dejar encargados a su hijos con familiares o, en el peor de los casos, sólos.

Al abordar el tema de sus hijos me habla con una gran ilusión, dice que quisiera lo mejor para ellos, me dice que va a tratar de que estudien, de que lleguen a ser profesionistas y tengan una vida mejor que ella.

Sin que lo espere le pregunto cómo se ve dentro de diez años, se queda pensativa un instante y me contesta que quiere superarse, que quiere ser intendente, o buscar un puesto de inspectora en el gobierno municipal.

Me despido agradeciéndole su espontaneidad, dos de sus compañeras que han estado presentes mientras dura la entrevista y a todo lo que ella ha dicho han asentido con la cabeza, me regalan una sonrisa mientras posan para mi cámara. Nos decimos adiós con un leve movimiento de nuestras manos, y mientras se alejan detrás de su tambo con ruedas lleno de basura, me complazco en ver que a pesar de la rudeza de su trabajo van contentas, levantando un barullo de risas, por lo que deduzco que se sienten bien y no le guardan grandes rencores a la vida.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios y sugerencias: motardxal@gmail.com

Comentarios

comentarios