Vidas robadas

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Vidas robadas

Nos preguntamos “¿quién me he creído

para ser brillante, espléndido,

talentoso, sensacional?”,

pero en realidad, ¿quiénes nos

hemos creído para no serlo?

Marianne Williamson


Esto que voy a decir es cierto como el catecismo: mi vida y la de cientos de los que me leen es más interesante que la de muchos artistas de la farándula televisiva; y diré otra verdad acerca de este tema: lamentablemente no me explico por qué demonios, nadie compraría una revista donde se publicara lo que cotidianamente hacemos.

Es decir, nosotros, ustedes y yo estimados lectores, todos los días llevamos a cabo hazañas inimaginables —sobrevivir en este país es ya una hazaña véasele por donde se le vea—, cosa que ni la protagonista de la novela de las seis, ni la Legarreta, ni Galilea Montijo, hacen tan decididamente. Un día con otro hacemos cosas glamorosas y fascinantes, como tomarnos un café horrible en un vasito por la calle, y nadie nos saca una fotografía y la publica en ninguna parte, como sucede con Kate Hudson o Anne Hathaway cuando caminan por Nueva York.

Y qué decir de nuestras vidas privadas, por Dios que son más intensas que las de muchos “ricos y famosos” y nadie se ocupa, ¡por un lado qué bueno!, de ponerlas en una revista de esas, de las llamadas “del corazón”. Ahí tienen a mi vecina, sola durante días porque el marido trabaja fuera de la ciudad, recibiendo, un día sí y otro también, visitas de caballeros —unos que ni lo parecen— a deshoras de la noche. Eso sí es interesante, no lo del divorcio de Angelina Jolie y Brad Pitt o los devaneos de cualquiera de esas “actrices” que salen en Sabadazo. Qué es la insulsa vida de Gael García, paseando tranquilamente en un parque a su hijo, comparado con las carreras que yo veo todos los días por mi ventana de madres e hijos tratando de ganarle a la “reja” de la primaria que está enfrente de mi casa ¡Aburrimiento puro!

Stanley Kubrick - xalapo.comQue Luis Miguel tiene un montón de mujeres; eso no es nada, el político más rascuache de los nuestros tiene más, y no lo anda publicando en revistas para que lo podamos leer mientras esperamos a que nos atienda nuestro dentista. A mí me han multado por exceso de velocidad, por estacionarme en lugar prohibido y hasta por mentarle la madre a un agente de Tránsito y ni una nota ha salido de mis hazañas en los periódicos; Paris Hilton se pasa un alto —o le encuentran cocaína en el brasier— y hasta un número especial del Vanidades le dedican ¡Qué injusticia!

Lindsay Lohan o Carmen Campuzano entran y salen de centros de rehabilitación, como si de Spas se tratasen, y son consideradas ejemplo para la juventud por sobreponerse a sus adicciones; al “Bofe” y al “Cachuchas”, tristes teporochines de mi barriada, los encierran en un anexo de Alcohólicos Anónimos y los bañan con agua fría a las seis de la mañana todos los días y nadie siente admiración por ellos.

¿Será acaso que la televisión y el dinero hacen mejores a las personas? No lo sé, pero el caso es que los que aparecen en ella y lo poseen, respectivamente, son la nueva realeza de nuestros días. Todo mundo quiere saber qué desayunan, cómo duermen, qué piensan de los temas del momento y, en el colmo de la idolatría, he conocido personas que están más interesadas en los planes futuros de su estrella favorita que en los de su pareja, familia, amigos, etcétera.

El sino de nuestros días, al parecer, es el vivir vidas ajenas y evadirnos de las nuestras que, aunque más interesantes y menos vacías, parecen resultarnos más aburridas. No por nada el cineasta Stanley Kubrick dijo: “Hay algo en la personalidad humana que se resiente a las cosas claras, e inversamente, algo que atrae a los rompecabezas, a los enigmas, y a las alegorías”. Los famosos, endebles humanos que no lo parecen son, entonces, ese tipo de alegorías que atraen tontamente a tantos y que hacen que muchos anden por ahí viviendo más intensamente las vidas ajenas que la propia.

 

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios: motardxal@gmail.com

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