VUDÚ

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Vudú - xalapo.com

Vudú


Ella —sólo después de muchos minutos supe que era ella—, desde la oscuridad parece sonreírme, miro bien y… ¡Me doy cuenta que no tiene labios!

Pedazos de su carne están regados, literalmente, por toda la habitación, sus ropas no la contienen; sus huesos parecen los restos de una carnicería y parecen quebrados a golpes. Sus ojos están abiertos… fijos, sin brillo. Parece que me miran aún pero ya no me ven; o tal vez sí pero viéndome desde otro mundo, desde otra dimensión… como cuando se mira uno al espejo y la imagen lo ve a uno con otra mirada, que se parece pero no es la misma.

En el fondo de ellos, aún en la penumbra, puedo ver el miedo que se quedó impreso en su retina como una fotografía. La última antes de morir.

Su habitación está revuelta, como si hubiera habido una batalla, parece como si alguien la hubiera arrastrado por el suelo y las paredes; y por encima de los muebles. En el piso hay unas invitaciones regadas. Miro todo como se ven las películas de terror en el cine: con esa insana curiosidad que se mezcla con la repugnancia pero que no renuncia a quitar los ojos de la pantalla.

Abajo su madre es atendida por los paramédicos y a lo lejos se oye el ulular de las sirenas, de otras más. Alguien llamó a la policía. Quiero dar media vuelta y huir pero mis pies siguen estáticos al piso, como clavados a él; la sangre en las paredes llegó hasta la puerta y las orillas de los hilillos empiezan a secarse como una costra pardusca.

¡Se aventaba contra la pared! ¡Gritaba como una poseída! ¡Ay mi hija, Dios mío… mi hija! ¡Reventó… después reventó! —Oigo que solloza en hipos aterrorizados su madre en la sala—. Algo frío recorre mi espalda… es mi sudor.

Cuando me llamó para que viniera la oí tan mal que me apresuré lo más que pude; cuando llegué a su casa y la vi tan descompuesta sólo atiné a hacerla a un lado y subí corriendo por las escaleras hasta su habitación.

No pude entrar.

Ahora, me doy cuenta que ha pasado casi una hora desde que estoy enajenado viendo su cuerpo regado por todo el cuarto y empiezo a tomar conciencia de mí. Un policía me habla, no sé qué me está diciendo; un camillero me pregunta si me siento bien. Alguien me jala hacia la sala.

¡Dios! ¡Qué pasó! ¿Qué demonios pasó aquí? —Oigo que me preguntan— yo miro todo sin ver nada en realidad; todo se sucede como en un sueño, sin tiempo y sin lógica.

No lo sé… no lo sé ¡No sé! ¡Creo que yo la maté! —Me escucho a mí mismo decir.

Mientras bajo las escaleras oigo vomitar a alguien que subió a ver lo que había en el cuarto.

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El sábado por la tarde pasé por ella a su casa, su madre me abrió la puerta. Cuando salimos nos despidió agitando la mano en alto; se le notaba feliz de que su hija y yo nos fuéramos a casar.

La tarde era luminosa, las calles parecían recién lavadas. El verano, más húmedo que de costumbre, había llegado cuando la primavera todavía no se alejaba en el calendario. Fuimos al cine y después a merendar a un lugar, pequeño y sencillo, en donde la comida era buena. Al restaurante entró Silvia y se fue a sentar sola a una mesa, hasta el fondo… Como de casualidad.

En un momento dado, y antes de pagar un café que casi no probó, se acercó a saludarnos; llevaba un vestido negro, saco gris oscuro y su mirada tenía una frialdad, usual en ella los últimos días, pero que nunca hasta ahora había sido tan evidente; cruzó algunas palabras con nosotros y se despidió sin quitarle la mirada a ella, que a su vez la veía extrañada. Cuando salió, casi en la puerta, vi que de su mano al desgano colgaba una pequeña muñeca con un vestido de cuadros rojos y azules.

Ella me tomó de la mano como buscando ayuda y me dijo que esa mujer era rara. Asentí como autómata. Silvia era amiga mía, no de ella.

¿Qué llevaba en la mano? —Me preguntó sin que yo le pusiera atención.

¿Que qué llevaba en la mano? —La mire y le dije que no sabía. Yo seguía mirando hacia la puerta distraído; pensé que Silvia regresaría. No sé por qué pensaba en eso.

Es raro, llevaba una tela que se parece a la de un vestido que tengo, el azul con rojo… el de cuadritos, ¿te acuerdas?

Lo recordé enseguida, antes de que ella lo señalara. Le dije que no sabía cuál y no le mencioné que lo que Silvia llevaba en la mano era una muñeca. Cenamos casi en silencio. Cuando salimos estaba lloviendo de nuevo.

La dejé en su casa y no me bajé como siempre; aduje un dolor de cabeza y ella me dijo, con ese mohín tan suyo, que yo era malo y que ahora tendría que terminar sola de cerrar las invitaciones. No sé qué le contesté y nos despedimos.

Anduve dando vueltas en el auto sin saber exactamente qué hacer. La imagen de Silvia seguía fija en mi cerebro. El modo en que la miró cuando se despedía de mí me estremeció. Pensé que después de la última vez que hablamos había quedado todo claro, pero esa expresión que vi en su cara me dio a entender que no era así.

Terminé yendo a su casa. Cuando toqué el timbre me abrió como si me esperara. Me hizo pasar.

Abruptamente, ahí mismo en el recibidor le expliqué, con los modos más amables que pude, lo que ya le había dicho antes. Le dije que yo amaba a mi novia. Igual que ya antes se lo había dicho varias veces, casi una por semana, después de lo del hotel.

Me dijo que pasara y me sentara, obedecí. En la sala había cojines y muchas velas encendidas; me ofreció un trago, le dije que no.

Ella me miraba fijamente. En su mirada había una mezcla de amor, de odio, de desprecio, de rencor… de dolor. Su sombra oscilante, enorme, se enseñoreaba en la habitación sin luces eléctricas encendidas y cubría casi toda la pared.

Sobre el sofá estaba la muñeca que le vi en el restaurante; ella se sentó junto a ella y la tomó en sus manos. Yo estaba en el sillón de enfrente y la miraba mientras le repetía que dejáramos todo por la paz, que convenía que nos siguiéramos viendo como compañeros de trabajo, que lo de aquella noche había sido algo muy bonito pero que no había habido amor y que había sido un impulso que no podía explicar. Le dije que nada ganaba con contarle todo a ella —previendo alguna reacción— que de todos modos eso no iba a hacer que la quisiera y que ya no me importaba si lo hacía.

Yo mentía en esto último, aferrándome a un valor que no sentía.

Silvia me miraba como si no me oyera, jugaba con la muñeca nerviosamente y la estrujaba, la golpeaba casi con suavidad en el sofá, en la mesa, contra el brazo del sillón, la arrastraba untándola sobre los cojines… y se reía con una mueca ambigua. Sentí miedo.

Pasaron minutos eternos en los que hablé, rogué, creo que supliqué sin que ella me respondiera nada; nunca supe de dónde sacó unos alfileres negros y no me di cuenta tampoco cuándo empezó a clavarlos en la muñeca.

Sin contestar a mis ruegos, sonreía, sonreía… sonreía llorando siniestramente.

Llegó un momento en que me levante y le grité que me dejara en paz. Le arrebaté la muñeca y la tiré al suelo, con rabia la pise varias veces hasta que se le salió la borra; hasta que su vestidito de cuadros se desgarró… Hasta que no fue más una muñeca. Hasta que se desbarató, hasta que se volvió un montón de pelusa, de tela azul de cuadritos rojos y alfileres negros.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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