Xalapa, Pizzas y yogurt

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A este pedazo de tierra llegué hace más de diez años, me recibió con brazos abiertos, con sus lagos verdes, con la neblina que roza delicadamente las copas de los árboles, con su brillante idea de pizzas+yogurt, con su gente aún amable pero con inicios del síndrome de ardor de cola. Xalapa le llamaban los xalapeños, aunque fuera Jalapa para el resto del mundo.

Uno de aquellos pioneros de la venta de yogurt en las esquinas me recibió como quien recibe a un sobrino querido. Abrió las puertas de su casa y me acomodó en un pequeño cuarto donde compartía espacio con cajas de vasos desechables. El recuerdo del aroma a fruta fresca aun llena mis narices, el piso siempre pegajoso por las cajas de fruta nunca lo olvidaré, así como tampoco olvidaré dormir arrullado por refrigeradores donde se almacenaba el yogurt recién hecho.

La vida comenzaba entonces muy temprano, a las 5:40am era la primera llamada para levantarse, darse un baño, tomar algo rápido a modo de desayuno y estar a las 6:30 en la puerta, listo para enfrentar otro día.

Las noches terminaban temprano. 9:50pm era la hora límite para llegar a casa, después de eso, ni se te ocurra. Más de una vez me vi en la necesidad de dormir en algún sillón desconocido, perteneciente a algún alma caritativa que apenas me conocía de la escuela.

Yo, con 15 años, un sueño inquebrantable y con mis primeros rasgos de madurez (para todo aquel que tiene 15 años) estaba dispuesto a todo para lograr mis objetivos.
Poco me importó tener por espacio, no tener privacidad o tener que cumplir horarios forzados de salida y llegada.

Pizzas y yogurt.

No sé a quién se le habrá ocurrido tan improbable combinación pero creo que no debemos ser rápidos para juzgar. El concepto es más bien un gusto adquirido. Lo primero que pensé al ver tal combo fue “es la clase de platillo que Joey Tribbiani haría”.
Sin embargo, después de darle algunas oportunidades (porque era lo más barato que se podría encontrar para comer) me di cuenta de su compleja hermosura. Definitivamente es esa clase de gustos que uno extraña al alejarse de Xalapa pero que no quiere probar al regresar.

Por aquel entonces Xalapa no era la “gran metrópoli del progreso” que es hoy, no había llegado el gobernador de los puentes, ni los pasos elevados, ni las salas de conciertos para las orquestas mimadas. Eran tiempos más simples, más sucios pero con el encanto que ya no le veo ahora.

Me enorgullezco al decir que en diez años he podido vivir en al menos 15 diferentes locaciones en contrastantes colonias de Xalapa, y, cada una me ha permitido conocer algunos de los secretos que guarda cada una. El barrio de San Bruno es verdaderamente encantador si se le ve con la mirada correcta. La zona del dique guarda mis más grandes aventuras y travesuras nocturnas. Nunca olvidaré vivir en ese edificio viejo de Brasil, etc.

He intentado alejarme de Xalapa, a veces por reto, a veces por necesidad, a veces por puro ocio pero siempre me encuentro regresando. No pretendo recomendarle vivir en Xalapa a nadie, porque como dice bien el dicho: menos burros… más olotes.

Tampoco quiero hacer un recuento objetivo o negativo, un estudio de por qué vivir o no vivir aquí, sólo quería compartirles un pedacito de mis recuerdos.

Los años nuevos me tienen sin preocupación, así como las navidades, cumpleaños o días de la independencia. Sin embargo, cada año conmemoro a mi manera el poder seguir viviendo en tan maravillosa ciudad.

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