Xalapa sin paraguas

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Mi ciudad es un lugar en donde llueve a la menor provocación, esto tendría que influir para que uno de los negocios más exitosos que aquí hubiera fuera una paragüería, sin embargo no es así. La gente ya no usa paraguas.

Cuando era un adolescente me dio por imaginarme llegando a la adultez fumando pipa; ni yo mismo sé por qué se me ocurrió semejante cosa, simplemente me imaginaba a mí mismo, ya cuarentón, fumando en algún café; para esto también me imaginaba que leía un libro y que ponía cara de interesante mientras la pipa humeaba del lado derecho de mi boca.

Esta remembranza viene a cuento porque la pipa, como muchas otras cosas, el paraguas por ejemplo, casi ha pasado a la historia sepultada por la modernidad. Hagamos un recuento nostálgico de varios artilugios que, además de elegantes, eran útiles y que han dejado de usarse.

El paraguas. Este artefacto, tan antiguo como la humanidad misma —Adán no sólo llevaba una hoja en “aquellito”, también usaba una muy grande para guarecerse del sol y la lluvia—, tiene una función casi vital en temporada de lluvias, sin embargo, cada vez las vemos menos en las calles. A mí siempre me ha causado curiosidad por qué en una ciudad con tan poca palabra de honor, en cuanto al clima se refiere como lo es Xalapa, el paraguas no es un aparato de uso común. He llegado a pensar, incluso, que este objeto ha ido desapareciendo de la vida cotidiana no por que no sea útil, sino porque como ahora ya hay más gente caminando en las calles —bastante angostas cabe recordar—, el miedo a perder un ojo, o sacárselo a alguien, se ha enquistado en el subconsciente del xalapeño.

El sombrero. Su uso se remonta a tiempos inmemoriales, los griegos, en tiempos del legislador Dracón, lo usaban hasta para ir al teatro. Éste transitó de ser un objeto de utilidad —cubre del sol, de la lluvia, del frio, etcétera— a ser uno de ornato. Las mujeres lo usaron para aumentar su atractivo —tanto como lo es ahora usar una bolsa de diseñador— y para esconder algunos defectos —o la flojera de no querer peinarse—. Hoy ya es raro ver a una dama ataviada con un sombrero que resalte su coquetería y elegancia, si acaso, y desafortunadamente, sólo se le ve a una que otra quinceañera de cursis progenitores. Entre los caballeros, aquí en México, fue un objeto de uso común hasta finales de la década de los cincuentas y ninguno salía a la calle sin él. Hoy el sombrero que todavía mantiene vigencia es el de tipo campirano y algunos con diseños vanguardistas que algunas almas vintage, hipsters les dicen ahora, se empeñan en rescatar.

El bastón. Relacionado más con las personas mayores que con alguien en plenitud de facultades, el bastón es un objeto que, sin embargo, tiene significados bastante aristocráticos. Un bastón significaba alcurnia, buen gusto y sofisticación; en la antigüedad un bastón guardaba una simbología estrecha con un cetro y en la parafernalia militar también tenía una representación de mando y estatus. Hoy el bastón sólo lo usan los ancianos y los ciegos.

Era común que los caballeros del siglo antepasado cargaran un bastón que, además complementar su atuendo, guardaba en su interior una espada delgada con la cual se defendían de ladrones o enemigos; si las cosas siguen como van dentro de poco todo mundo traerá uno para defenderse de asaltantes y malandrines

Como estos objetos que he enumerado hay muchos otros que sucumbieron a la modernidad y a la practicidad de una época en la que todo es “fast track”, “fast food” o “fast fast”. Quizá estas cosas estaban condenadas a desaparecer porque su naturaleza era la elegancia, la hidalguía y el ornato y no la practicidad; tal vez y los que somos un tanto anacrónicos, que fumamos pipa y que damos todavía los buenos días a las personas aunque no las conozcamos, las añoramos no por lo que eran sino por lo que representaban.

Si hoy no se usan paraguas es porque hay chamarras que resisten el agua, zapatos que no se mojan y pantalones repelentes al lodo, sin embargo, eso deja fuera toda posibilidad de que uno pueda, caballerosa y galantemente, ofrecerse a cubrir con su paraguas a alguna dama en apuros.

Las mujeres ya no usan el código secreto del abanico —otro objeto en desuso— y ya no esperan que un hombre se quite el saco y lo ponga encima de un charco para que pasen sin mojarse los pies. Los varones ya no se saludan unos a otros ladeando la cabeza y tocándose el ala del sombrero. Las muchachas de hoy nunca han visto que un jovenzuelo se levante y les ceda el asiento en un camión, los muchachos ya no le abren la puerta del auto a sus novias; los caballeros y las damas, en consecuencia, pasaron a ser especies en peligro de extinción. Toda esta ordinariez empezó, creo, cuando se dejaron de usar paraguas en Xalapa.

Alejandro Hernández y Hernández

Comentarios o sugerencias: motardxal@gmail.com

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