Zodiaco.com

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Juan Pérez, xalapeño por nacimiento, burócrata por necesidad, soltero por estulticia y crédulo por hábito, se levantó ese día como lo hacía siempre: a las carreras porque se quedó dormido. Tomó un café frío con un pan duro mientras se anudaba la corbata y recogía los papeles de su mesa de noche (que era también: mesa de trabajo, lugar para cenar y revistero XXX); cuando acabó se lanzó a la calle en una carrera frenética para alcanzar el “Sumidero-Centro” que lo llevaría a su trabajo. Su vida era una constante y solitaria aventura (o desventura, depende de la perspectiva desde la que se le mirara).

Llegó tarde, por supuesto; checó su tarjeta, fue a la oficina de su jefe, que ya le esperaba para gritonearle la misma cantaleta de siempre, y luego se fue a desparramar a su silla, a ver pasar las horas frente a la computadora hasta que llegara el momento de salir.

Estando en ésas se le acercó Laura (una compañera a la que Juan, si no estuviera convencido de su mala suerte con las mujeres, le hubiera pedido desde hace mucho ser la madre de sus hijos) y le dijo: Caray Juan, ¿no te cansas de ser la burla del departamento?

Él levantó los ojos para mirarla —con la barbilla apoyada en las dos manos y los codos apoyados en la mesa, lo cual le daba un aspecto como de efigie hindú— y le dijo: Es que tengo mala suerte, Laurita, todo me sale mal.

Laura, que era una avezada creyente de las cuestiones astrales y los horóscopos chinos, mayas, occidentales y de la lectura de la huella digital del dedo gordo del píe izquierdo, le dijo: mira, checa esta página. Y le extendió un papelito garabateado en donde se podía leer: Zodiaco.com (con dificultad, porque Laura, gracias a un antepasado con ascendente en Tauro del que ella misma presumía escribía en algo parecido al sanscrito).

Busca tu carta astral, de algo te ha de servir. Le recomendó, y se fue, dejándolo con un brillo extraño en la mirada.

Como no quitó la pose de efigie hindú durante varios minutos, estuvo como poseso por el espíritu de algún santón del Ganges y sólo reaccionó cuando Don Pepito, el intendente, al dar una vuelta forzada por su escritorio, trapeador en hombro, le restregó el jueves completito (que acababa de levantar del piso, convertido en mugre y migajas de galletas) en la cabeza. Juan lo maldijo —en silencio— y se fue a limpiar al baño. Muchas risas lo acompañaron hasta que cerró la puerta.

El resto de ese día Juan se mantuvo pegado a la pantalla de la computadora, no habló con nadie y hasta su jefe se asomó dos veces desde su oficina, incrédulo de que estuviera trabajando tan esforzadamente (por fortuna, la pantalla no era visible desde su punto de observación y nunca supo lo que hacía). Ni siquiera se percató cuando Laura le dijo adiós desde la puerta.

Ya cerca de las diez de la noche, cuando al fin se levantó de la silla, Juan salió de la oficina sobándose las nalgas adormecidas y llevando en su portafolio un fajo de papeles. Ellos contenían su carta astral con todos sus ascendentes, sus descendentes, signos afines, opuestos, neutrales y los conocimientos gnósticos necesarios para saber que Laura —cuya fecha de nacimiento sacó del archivo de nómina— era, según Zodiaco.com, la mujer ideal para él.

Esa noche no durmió, estudió y memorizó las conductas, los gustos y las virtudes de Laura, según lo que decía la descripción de su signo. Analizó, conjeturó y concluyó, cerca de las cuatro de la madrugada, que lo que un Capricornio como él necesitaba era una Virgo como ella.

Al otro día, a pesar de la desvelada se levantó temprano, busco su mejor traje, planchó hasta su trusa (lo que le causo, al final del día, irritación en las ingles), se bañó, afeitó y se vació encima la mitad de la botella de “Aqua Velva” que reservaba para ocasiones especiales (los “Jueves de Banda” y esas cosas). Salió rumbo a la oficina convertido en un nuevo Juan. Juan Reloaded se llamó a sí mismo.

Ya ahí, se prodigó en el trabajo para demostrarle a todo mundo, principalmente a Laura, que sus virtudes “capriconianas” más fuertes (sentido del deber, organización, perseverancia, paciencia y capacidad de expectativa a largo plazo) lo llevarían, tarde o temprano, al triunfo. Lo hizo así muchos días y creyó ver los frutos de su esfuerzo recompensados (aunque no tan pronto como hubiera querido), pues Laura lo miraba con otros ojos, le hablaba más amable y hasta pensó que a veces lo veía con amor.

Sin embargo, después de ocho meses de esfuerzo comenzó a desesperarse, pues si bien su carta astral parecía cierta como la luz del sol, el dicho aquel que dice que (al fin capricornio) la cabra siempre tira al monte, también lo parecía, y varias veces, en las últimas semanas, estuvo a punto de mandar toda su nueva vida al diablo. No lo hubiera pensado si Laura hubiera pasado de sus tibias actitudes a otras, más agresivas.

Y es que si bien ella lo miraba casi con respeto, bateaba con singular maestría sus invitaciones e insinuaciones, cosa que lo tenía desconcertado, pues según las consultas diarias que hacía a Zodiaco.com, ya debería estar rendida de amor en sus brazos desde quién sabe cuándo.

El desencanto llegó cuando Juan, un día que se quedó trabajando hasta tarde, descubrió a Laura y al jefe saliendo, de la oficina de éste, muy abrazaditos y sonrientes. Juan se levantó como impulsado por un resorte (literalmente, porque Don Pepito le había cambiado su silla por una más vieja). Laura y el jefe, sorprendidos porque pensaban que ya no había nadie sólo lo saludaron desde lejos y se fueron igual que como salieron: sonrientes y abrazaditos.

Juan, desesperado, entró a Zodiaco.com, tecleó su número de usuario y su contraseña y revisó, con ansiedad, los datos que había vertido en los formularios del sitio Web. Incrédulo y después de revisar varias veces se dio cuenta de que, ocho meses antes, había puesto mal la fecha de nacimiento de ella y la hora del nacimiento de él. Laura no era una dulce Virgo, sino una desgraciada, volátil, ambigua, banal y camaleónica Géminis. Y él, no era un Capricornio con ascendente en Leo, sino un idiota con una carta astral equivocada.

 

Alejandro Hernández y Hernández

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